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Vista final, Charles Burns (Reservoir Books, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Hoy, cómic de «altura y pedigrí» con Vista final, la que está llamada a ser la obra cumbre del laureadísimo autor norteamericano Charles Burns que publica Reservoir Books. La edición integral de la conocida como «trilogía de Nitnit», formada por Tóxico, La colmena y Cráneo de azúcar. Un trabajo en el que el horror, el misterio de tintes tanto surrealistas como grotescos, con formato de pesadilla, y el drama psicológico realista y violento se fusionan en un volumen inquietante y turbador.

Nacido en Washington D.C. en 1955, Charles Burns comenzó a «hacer ruido» en la legendaria revista alternativa Raw —cuyos editores eran Françoise Mouly y el genial Art Spiegelman— en la década de los ochenta. Polifacético, la carrera del dibujante actualmente afincado en Philadelphia incluye portadas de discos para Sub Pop, Iggy Pop, Moderat o Fever Ray, y para revistas como el New Yorker o Time, además de trabajos en publicidad, escenografía teatral y animación. Pero fue su novela gráfica Agujero negro, compilada en 2005 tras diez años de «gestación», la que convirtió a Burns en un referente del género, recibiendo los premios más prestigiosos del «planeta cómic» —Eisner, Harvey, Ignatz, Fauve d’Or—, a la vez que le abría las puertas a reputadas galerías de arte en Estados Unidos y Francia. Vista final reúne los cómics Tóxico, La colmena y Cráneo de azúcar, aparecidos originalmente en 2010, 2012 y 2014. La alucinada y terrible historia de Doug, Johnny23 o Nitnit. Las diferentes caras de la misma tragedia.

Pese a que Burns concebió su proyecto como un trío de obras individuales, es innegable que Vista final posee una cohesión narrativa leída como unidad. De hecho, a un servidor le resultaría bastante inconcebible y deslavazado el desasosiego y extrañeza de esta «troika comiquera» leídas independientemente. El relato no estaría completo. Las tres partes se necesitan como David Lynch los comentarios del director en su cine. Sobre «la superficie», el cómic nos cuenta la dura situación de Doug en distintas etapas de su vida, como si fueran capas superpuestas o «la teoría de los universos paralelos» desarrollándose en viñetas. Por un lado, un joven con inquietudes artísticas —osadas performances de márchamo punk y transgresora fotografía—, embarcado en una ilusionante a la par que muy compleja —y que el lector sabe condenada—, relación junto a la también iconoclasta artista Sarah… y el trauma que ella lleva a cuestas. Por el otro, tenemos a nuestro protagonista en una devastadoramente solitaria y amarga mediana edad, a la que se añaden las revelaciones acerca de su fallecido padre. Y, en medio de ambas, una tercera en forma de mundo espeluznante, un espantoso delirio recurrente que parece surgido de una mente seriamente dañada por años de consumo de drogas.   

Viñetas extraídas del cómic Vista Final publicado por Reservoir Books.

Charles Burns expone sus influencias sin disimulo alguno en Vista final, pero llevándolas a un retorcido extremo en el que Hergé y William Burroughs parecen hermanos siameses. No es exactamente sorprendente para quienes Tintín y su falta de rasgos siempre ha resultado algo siniestra, pero las criaturas monstruosas y las situaciones atroces —colmenas abominables, comidas repugnantes—, convierten la odisea del álter ego de Doug, Johnny23/Nitnit —leed este último nombre al revés— en el reverso desagradable de las aventuras del «pelopincho belga»… siendo en realidad la representación psicológica y deforme de fatalidades, errores, miedos y daños ya irreparables.  

Y es que tras la desbordante, cuidadisima imaginería visual a todo color, la tensión narrativa, la sensación de amenaza permanente y la enrevesada imbricación de las tres historias, Burns nos está hablando del remordimiento, la culpa y el peso de la cobardía o la indecisión en el pasado. La conclusión es cruel —no es baladí que el protagonista sea un aspirante a artista, en principio alguien sensible—, honesta y angustiosa, con el historietista arriesgándolo todo con un personaje central con el que no resulta fácil empatizar. En definitiva, Vista final es un salto sin red, extravagante, embrollada, maníaca y demoledora. ¿Para todos lo paladares? Difícil de aseverar. Pero para quienes huyáis de las obras más cómodas y digeribles y, en cambio, busquéis las emociones fuertes, aquí tenéis una propuesta arrolladora.   

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