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Víctima de mi hechizo: Memorias de Nina Simone, Eunice K. Waymon (Libros del Kultrum, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Tras debutar por todo lo alto con el desbordante Lester Bangs, la segunda propuesta de Libros del Kultrum es Víctima de mi hechizo, nada menos que la autobiografía de la pianista, cantante y compositora Eunice Kathleen Waymon, eterna y universalmente conocida como Nina Simone (1933-2003). La historia de un icono indiscutible de la música americana —su hiperbólico sobrenombre de «Suma Sacerdotisa del Soul» no deja lugar a dudas—, narrada por ella misma en colaboración con el cineasta Stephen Cleary. Y uno de los relatos en primera persona más crudamente honestos que uno recuerda dentro del género de las memorias musicales.

Publicada originalmente en 1991 —¿cómo diablos ha tardado tanto en traducirse al castellano?—, Víctima de mi hechizo es una autobiografía relativamente breve —apenas 250 páginas— pero tremendamente poderosa. Porque las esperables vivencias musicales, los complicados comienzos, la evolución como artista, la fama, las agotadoras giras, los tortuosos discos y las canciones fundamentales, así como los entresijos desagradables relativos a la industria, se entremezclan con un intensísimo y desnudo prisma personal, siempre decisivamente marcado por el contexto histórico-político-social de unos Estados Unidos en plena ebullición.

Reveladoras tanto de una personalidad apabullante y rebelde como de una vida tortuosa e indómita, casi condenada a la frustración y la infelicidad permanentes, Víctima de mi hechizo se inicia con la infancia de Eunice en Tryon, Carolina del Norte, marcada por la Gran Depresión, la religión y la enfermedad. Resultan apasionantes sus complejas relaciones con sus padres, ella una estricta pastora metodista, él una persona bondadosa y risueña —en principio—, también reverendo, con mil ocupaciones distintas, que queda bajo su responsabilidad cuando con apenas cuatro años estuvo éste a punto de morir. Pero la música pronto se abrirá paso…

Niña prodigio al piano que, pese a las evidentes dificultades económicas, va quemando etapas a toda celeridad, Eunice pronto topará con escollos aún más difíciles de superar, los relativos al color de su piel —que le impidió acceder al Conservatorio de Filadelfia—, dándose dolorosa y definitivamente cuenta que solo con sus aptitudes no bastaría. Asimismo, el lector rápidamente comprueba como los ambiciosos anhelos artísticos de la joven Waymon —ser la primera gran concertista negra de música clásica— se confunden con unos irrefrenables deseos, contra viento y marea, de independencia. Una voluntad inquebrantable de labrarse su propio camino que se traducirá primero en la pura supervivencia a base de dar clases de piano, para luego tocar en todo tipo de locales de Atlantic City, en los que su talento e inclasificable estilo se iría convirtiendo en toda una sensación local. La forja de una iconoclasta. Nacía Nina Simone.

Resulta sorprendente ver como la diva no tiene reparos, desde sus mismos comienzos, de situarse en medio de la contradicción ante los ojos del lector. Desengañada por tener que abandonar la «música elevada» —la clásica— para ganarse la vida. Abiertamente despreciativa del público de aquellos antros que, no obstante, iban a brindarle su oportunidad en la industria. Reacia a formar parte de las escenas folk o jazz, ya no digamos de tener que lidiar con agentes y contratos discográficos. O profundamente decepcionada por ver que su primer éxito fuese una versión de «I Loves You, Porgy». Y, sin embargo, a su pesar, tuvo que aceptar o transigir con todo. El estrellato nacional e internacional aguardaba. También las insatisfacciones, reveses personales y la imperante necesidad de comprometerse…

Porque Víctima de mi hechizo también es un absorbente retrato de la lucha por los Derechos Civiles vista desde una perspectiva personal, una causa en la que Nina Simone pasó de introducirse tímidamente a convertirse en una comprometida —e incómoda— activista, además de creadora de algunos de sus himnos más célebres, como «Young, Gifted and Black» o la tremenda «Mississippi Goddam». A través de su decidida participación en el Movimiento, Nina Simone nos habla de su relación con figuras clave como Langston Hughes o el inmenso James Baldwin —pronto en esta sección literariaStokely Carmichael o Miriam Makeba, o asistimos a los acontecimientos claves de los sesenta y setenta, como la celebérrima marcha de Selma, los asesinatos de Edgar Mevers, Martin Luther King y Malcolm X. Tampoco nos escatima su radicalización ideológica, alineándose claramente con los Panteras Negras. E, igualmente, no esconde su decepción ante la deriva y posterior desdibujamiento del Movimiento. Un decaimiento que irá en paralelo a su propia caída, sucumbiendo ante la presión de un ritmo de giras extenuante y una vida personal que entró «en barrena».

Y es que la faceta «íntima» de Nina Simone, también desgranada sin tapujos, e indisociable de los brutales altibajos que su carrera iba a padecer —el riesgo de la desaparición y el olvido — desde mediados de los setenta, es un elemento esencial para obtener la «imagen completa» de este Víctima de mi hechizo. De nuevo la discordancia entre el hieratismo, incluso la soberbia en el escenario, o esa dureza, hasta la intransigencia extrema con los suyos —condenando al padre—, tornándose en fragilidad y dependencia en sus relaciones de pareja. Sus matrimonios fallidos, especialmente con su mánager y esposo Andy Stroud. Sus complicados affaires en Liberia, Barbados, Suiza, París, embrollados entre exilios aparentemente voluntarios, serias complicaciones económicas, problemas de salud… Un más que peligroso «caldo de cultivo» para el desastre.

Como es sabido, afortunadamente habría una segunda oportunidad para Nina Simone en los ochenta, algo que nuestra narradora se apresura a contar en un comprimido último tramo del libro, en el que parece querer decir al lector que logró hacer las paces —más o menos— con sus demonios y —literalmente— fantasmas. Pero, al menos en mi opinión, no lo consigue. Toda la autobiografía está teñida de un tono apesadumbrado, aciago. A uno le queda la sensación de que el hechizo en realidad pudo ser una maldición y que la arriesgada traducción —a cargo de Eduardo Hojman— del título original, «I put a spell on you», es mucho más reveladora que la traslación de la mítica canción al castellano. En cualquier caso, eso no desmerece un ápice estas memorias. Más bien al contrario, convierte a Víctima de mi hechizo en una rara avis dentro de un género en el que el «maquillaje» suele ser la norma. Una lectura absorbente, claroscura, genuina. Igual que su autora.       

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