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Tour vértigo, Carolina Velasco (Libros Walden, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Libros Walden nos propone una lectura musical de lo más interesante. Se trata de Tour vértigo,  de la periodista y bloguera Carolina Velasco, un libro oral —versión ampliada del original, publicado solo digitalmente en 2012— en el que una pléyade de grupos y artistas indies —¿aún puede usarse esa palabra?— de muy distinta índole nos desgranan los entresijos del negocio desde dentro, derribando mitos, romanticismos y leyendas, para hablarnos en cambio de rutinas, soledades, frustraciones, dudas, miedos y anhelos. Adiós, glamurosos tópicos del rock and roll. Hola realidad diaria del músico.     

El malogrado Alan Vega, Animal Collective, Deerhof, Handsome Furs, Astrud, Xiu Xiu, Cosey Fanni Tutti, Danielle de Picciotto, Darren Hayman, Delorean, el gran Ian MacKaye, La Bien Querida, la mitad de Los Planetas, Los Punsetes, ZA!, Micah P. Hinson, Surfer Blood, Tomasa del Real, Wire, The Ex, The Wave Pictures, Oneida, Uke, Wolf Eyes, El Guincho, Zola Jesus…. y un largo etcétera. El «reparto» reunido en Tour vértigo es apabullante, además de heterogéneo en lo que respecta a procedencias, estilos, idiosincrasias y notoriedades, lo que beneficia sobremanera el alcance y profundidad del libro. De hecho, resulta sorprendente dicho calado de la obra teniendo en cuenta su brevedad. En apenas 150 páginas que hacen pleno honor a su título —brindado por Angus Andrew de Liars—, Carolina Velasco ha sido capaz de introducirse en una forma de vida bastante peculiar… y de la que en contadas ocasiones conocemos su «cara oculta».

Podríamos decir que Tour vértigo se estructura en cuatro grandes bloques, a su vez divididos en diversos capítulos. El primero de ellos está dedicado a la composición/grabación, obligado punto de partida para poner en marcha «la rueda» del ciclo vital del músico, y para una buena parte de las voces consultadas, eje primordial de su labor. ¿Cómo nace una canción? ¿Qué sucede en el estudio? Por supuesto, no hay visitas grandilocuentes de la musa, revelaciones épicas, recetas mágicas o fórmulas infalibles —para eso, leed La fábrica de canciones, pero aquí no hablamos de producción, sino de creación—. La cuestión tiene más que ver con la paciencia, el conocimiento de uno mismo —la disyuntiva principal de los entrevistados se da entre quienes prefieren el aislamiento o el método colaborativo para componer— y la constancia. La palabra trabajo «asoma», y aunque es extraordinariamente placentero para algunos, la impresión mayoritaria es la de un reto extremadamente complejo y tortuoso, afrontado con múltiples incertidumbres, responsabilidades y recursos —muy— limitados.

Igualmente jugosa resulta la siguiente sección, centrada en la relación con los medios, especialmente prensa, con peliagudos episodios para desgranar que les supone realizar entrevistas y cómo les afectan las críticas. Para los plumillas, hay motivos para la esperanza. No, realmente no nos odian —¡a más de uno incluso le gusta tratar con la prensa!—. Simplemente, están hartos de lugares comunes, clichés, preguntas repetidas hasta la saciedad, o periodistas rellenando espacios que no se han tomado la más mínima molestia en saber quién es su interlocutor —lo normal, vamos—. Y, mal que les pese, leen lo que escribimos —también buscan su nombre en Google, lo que es mucho más jodido—. Otra cosa es que hayan aprendido, con mayor o menor fortuna, a no hacerse «mala sangre» ante una crítica.  

En tercer lugar tenemos la vida en la carretera y la vuelta a casa, otro de los pilares fundamentales para alimentar el tópico de sexo, drogas y rock ‘n’ roll, y uno de los que Tour vértigo se encarga de desmontar con más ahínco. Y es que, ¿dónde reside el atractivo de horas y horas de furgoneta, jornadas maratonianas, horarios cambiados, vidas de hotel —o suelos—? Afortunadamente hay cero victimismos, porque, pese a las penurias y exigencia física y mental, existe una respuesta tan clara como unívoca: el hecho de tocar y conectar con su público. Y esa «electricidad», agotadora y abrumadora, que generan las giras, provoca la ambivalencia con la que la mayor parte de estos músicos regresan a casa. Contentos por volver a sus hogares y descansar, sin embargo, con frecuencia incapaces de hacerlo. Esa comezón interna que «les pide más» no se ha ido…    

Cierra Tour vértigo un capítulo —el menos sustancioso y en el que algún texto ha quedado sin pulir— dedicado a las redes sociales y su impacto en los quehaceres de los artistas. Es fácil constatar la «brecha generacional» entre los entrevistados más veteranos y aquellos músicos, los más jóvenes, que no han conocido una industria musical pre-digital, por lo que el debate está servido y queda necesariamente abierto. Entre la obligación asumida a regañadientes o la herramienta básica de comunicación y difusión de la música se enclavan múltiples y variopintas actitudes respecto a su gestión, con la dicotomía entre popularidad y privacidad, así como su valor real, siempre presentes. Porque, en el fondo, tanto este último episodio como los anteriores de Tour vértigo, nos permiten conocer de primera mano, en sus propias palabras e ideas, los entresijos de una profesión ciertamente distinta, única. Pero realizada por personas tan de carne y hueso, con el mismo tipo de problemas y cuitas, como tú y yo.

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