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Temporada de huracanes, Fernanda Melchor (Literatura Random House, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Como a buen seguro Trump estará ocupado con su o sus «amiguitos» rusos, no hay riesgo para que hoy pasemos «al otro lado del muro», México, y nos adentremos en este Temporada de huracanes de la joven periodista y maestra veracruzana Fernanda Melchor, que nos llega de la mano de Literatura Random House felizmente empeñada en descubrirnos a los mejores talentos de Latinoamérica. La ranchería de La Matosa, con sus terribles incógnitas, tenebrosas leyendas y horribles evidencias, nos espera.

Autora de la novela Falsa liebre, el libro de crónicas Aquí no es Miami, junto a un buen puñado de relatos y reportajes periodístico-literarios aparecidos en diversas revistas y antologías Vice, Letras Libres, GQ, Replicante, Fernanda Melchor está considerada una de los escritores emergentes de su país. Una reputación perfectamente entendible tras leer, o más bien devorar, Temporada de huracanes, una obra muy ambiciosa formalmente que logra impactar y enganchar al lector con su combinación de prosa torrencial, atmósfera opresiva y violenta barnizada con matices tanto policíacos como esotéricos, junto a un contundente y absolutamente desolador retrato-denuncia social.

Surgida a raíz de una nota roja ese subgénero periodístico que explota el lado más truculento y sensacionalista de los sucesos y desastres naturales, vamos, la Fox de cada día hallada en un periódico local que informaba de la muerte de un zahorí a manos de su amante, Melchor nos traslada al pueblo de La Matosa, en Veracruz, donde el hallazgo del cadáver de la joven mujer a la que conocen como «la Bruja» y cuyo singular «oficio» le viene heredado de su ya fallecida, archiconocida y temida madre en un canal de riego cercano al lugar va a hacer aflorar la cara más espeluznante y sórdida de unos habitantes que se debaten entre la auto-destrucción lenta y desesperada o la aniquilación rápida y brutal.

Pero el asesinato, que en realidad queda resuelto con cierta celeridad, no es el foco de interés de Melchor. Es más bien la argucia argumental, o la excusa, para introducirse en las mentes de los directamente involucrados en él y, de este modo, configurar una especie de A sangre fría pasada por un filtro de turbulencia y desgarro vital que la emparentan mucho más con la visceralidad grotesca del Knockemstiff de Donald Ray Pollock, o la aflicción y el nihilismo extremos de Última salida a Brooklyn de Hubert Selby Jr. o, en una versión más cercana a nuestras latitudes, el Gijón de Pablo Rivero en Érase una vez el fin, que con la obra maestra del periodismo de ficción de Truman Capote. Porque lo relevante para su autora son los personajes y, sobre todo, la propia narración de sus historias, ese «cómo hemos llegado hasta aquí», hasta normalizar el mal más cotidiano y abyecto. Un trayecto complejo e inquietante en el que convergen la sinrazón, el desamparo y la ausencia de futuro junto a las pulsiones más bajas y el recurso, siempre a mano, de ejercer la violencia para soliviantar esa realidad atroz y miserable.

Fernanda Melchor es extremadamente valiente con Temporada de huracanes. No hay un sólo personaje al que «agarrarnos», nadie con el que podamos empatizar y, sin embargo, logra que sintamos algo parecido a la compasión ante las existencias condenadas o a punto de ser «hechas trizas» de apenas críos como Yesenia, Norma o Luismi, quien muy probablemente sea el eje principal de la novela, y a través de los cuales vemos como la escritora norteamericana apuntala una potente radiografía sociocultural: familias desestructuradas, atavismos y supersticiones, delincuencia a la vuelta de la esquina la sombra del narco al acecho, corrupción y/o olvido sistémicos de las autoridades, paro acuciante, denostada educación, machismo rampante, abusador, y escaso valor por la vida especialmente si eres mujer. Tampoco hay tregua narrativa, cada capítulo un caudal incontenible a cargo de un cronista omnímodo, conformado y modulado según las voces que dan rienda suelta a sus cuitas y espantosos demonios interiores, y que se ve reflejado en el papel a través de una sucesión apabullante de palabras, la privilegiada periodista «taquigrafiando» la confesión del protagonista de turno, sin cortapisas, sin puntos y aparte, dotando a su novela de un ritmo inusual, feroz, implacable. Una voz sorprendente, desafiante, para lidiar con el hogar de Mefistóteles en la Tierra que a veces parece La Matosa. El resultado es una letanía inexorable de la miseria humana.

Ciertamente, tanto la peculiar estructura narrativa con su desbocada prosa, como la escabrosidad la cantidad de barbaridades, desdichas y excesos, simplemente aterra y deja a muchos «escritores de lo grotesco» a la altura de «monaguillos de las letras» de ciertos pasajes en Temporada de huracanes pueden echar para atrás a más de uno. Por tanto, se me hace difícil recomendarla a todo el mundo. No obstante, a los que estéis dispuestos a atreveros, enhorabuena. Os vais a encontrar con una novela «distinta» y potentísima, con un pie firmemente instalada en esa más que necesaria literatura que, al mismo tiempo que te atrapa, se erige como un documento de su época, enseñando su cara más dura sin miedos y de forma original. Mientras que, con el otro, recupera a los fantasmas de la Comala del Pedro Páramo de Juan Rulfo, ahora actualizados al siglo XXI y trasladados a un no-lugar cercano a la costa del Golfo de México… espantosamente real. Bravo por Fernanda Melchor.

 

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