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Te potaría encima, Andrew Matheson (Contra, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

¿Os acordáis de los Hollywood Brats? Yo tampoco, la verdad. La banda británica, activa apenas durante cuatro años —de 1971 a 1975— fue uno de tantos, tantísimos conjuntos en la historia de la música que estuvieron muy cerca de «lograrlo»… pero se perdieron en el intento, quedando relegados al más absoluto olvido. Sin embargo, además de un disco ahora considerado de culto en ciertos y muy reducidos lares, los Brats sí dejaron un legado para la posteridad. El de su fracaso, narrado con descacharrante socarronería por su líder Andrew Matheson en este Te potaría encima, rescatado por el proverbial «ojo avizor» de nuestros amigos de Contra.

Algo así como un cruce entre la versión Union Jack de los New York Dolls y los Stooges con, por supuesto, sobredosis de «morritos» Stonianos, los Hollywood Brats —fugazmente The Queen, nombre abandonado tras un encontronazo con Freddie Mercury— nacieron de la tenacidad/obsesión de un joven de dieciocho años llamado Andrew Matheson que, en julio de 1971, aterrizó en Londres desde Canadá con la única idea de propinarle una descarga eléctrica a las deplorables listas de éxitos de la época —entonces no había reggaeton, pero sí rock progresivo, ugh— y formar LA BANDA de ROCK definitiva. Tras un tortuoso e hilarante  proceso de reclutamiento, en el que de paso el lenguaraz frontman nos expone sus fundamentadas teorías sobre procedencias, poses, vestimentas y looks del perfecto rockero —glam, glam, glam—, los Brats se convierten en una realidad de melenas, ingentes dosis de carmín, plataformas y sucios riffs de guitarra… esperando ser descubierta.   

Lo que viene a continuación en Te potaría encima es el «ciclo vital» habitual de toda nueva banda en busca de contrato discográfico y fama, transformado en un periplo impredecible y caótico por obra y gracia de este quinteto de tardoalescendentes —pasar de los veinte equivalía a ser un vejestorio— con ganas de comerse el mundo y tendencia a ser engullido por éste. Decenas de conciertos en algunos de los antros más desaconsejables de Reino Unido —también alguno de los más míticos—, centenares de situaciones surrealistas —que incluyen a Cliff Richard— y/o muy peliagudas —he leído muchas biografías musicales, pero no recuerdo a ningún grupo que haya estado tan cerca de la indigencia, la cárcel, la muerte, o las tres cosas a la vez en tantas ocasiones—, miles de horas de ensayos en condiciones deplorables armados con equipos tan precarios que pueden fulminarte, literalmente, en cualquier momento, y millones de pintas y otras bebidas espirituosas —entre otras sustancias— marcarán una trayectoria tan disparatada como divertida para el lector.

 Como si estuviéramos ante un Behind the music para underdogs, donde el desenlace no es la redención y el éxito prototípicos sino el batacazo, en Te potaría encima hay un momento, entre el verano de 1973 hasta bien entrado 1974 en que parecía que los Hollywood Brats iban a «conseguirlo». Fichados por la impetuosa y muy heterodoxa —luego sabremos el porqué de dicho calificativo—, discográfica Worldwide Artists —con Black Sabbath, Yes y Stray, con quienes saldrán de calamitosa gira— y coordinados por Ken Mewis, un mánager tan peculiar y pendenciero como ellos, merecedor de una biografía propia, nuestro combo pasará a conocer el lado glamuroso del artista. Dinero para gastar —cantidades modestas, en realidad, pero pequeñas fortunas para quienes hasta entonces malvivían como okupas en cuchitriles exterminando ratas a diario—, presupuesto para un equipo decente y nuevas, fardonas vestimentas, viajes en limusina, vacaciones en barco, y la «joya de la corona»: grabar en los mismísimos Olympic Studios, entre las mismas paredes en las que leyendas como Hendrix, Led Zeppelin, los Yardbirds, los Who o los Stones crearon algunas de sus obras. Las «puertas del Olimpo» finalmente abiertas. Sólo había que hacer un disco…   

… Y eso hicieron, pero nadie lo quiso —cinco demoledoras páginas de rechazos, nada menos—. ¿Adelantado a su tiempo? ¿Demasiado sucio y crudo? A su manera, ligera e insolente, en Te potaría encima Matheson también nos está hablando de los entresijos, veleidades y absurdidades del circuito y la industria musical británica de su época, en la que el grupo, tan volátil y juerguista como insobornable respecto a su afilado sonido, lo tenía harto complicado para triunfar sin capitular ante ésta. Sin embargo, al final queda la sensación que con los Hollywood Brats se produjo una confabulación de astros en forma de mala suerte, haber nacido a destiempo —un par de años más tarde y su proto-punk hubiera encajado como un guante en Reino Unido— y autosabotajes de toda índole, la mayoría etílicos, pero también mafiosos, cortesía de su propio sello discográfico. La lección es que siempre hay que leer la letra, grande, mediana y pequeña, de los contratos, amig@s.

Matheson transmite sin ambages la frustración del fracaso, aunque con la sabiduría y capacidad para encajar el golpe que proporciona el tiempo, rápidamente se centra en desgranar los últimos capítulos de los técnicamente extintos Hollywood Brats. En ese episodio final y el epílogo de Te potaría encima se conjugan, al más puro estilo Brat, la excentricidad de colocar el álbum —rebautizado para la ocasión— a una filial noruega de Mercury Records una vez el grupo ya se había disuelto, obteniendo ventas ínfimas —Cherry Red lo reeditó como se merecía en 1980—, junto a encuentros bastante delirantes con lo que serían los gérmenes de los Clash y los Sex Pistols —sólo nos faltaba Malcom McLaren en un libro tan delirante, ya estamos todos—. Lo que pudo haber sido y lo que en realidad fue, explicado de forma efervescente…

Porque la prosa de Matheson, ágil, viperina y desenfadada, pura literatura pop «sin adulterar» y con más flema británica que Ray Davies, repleta de dobles sentidos —meritoria la traducción de Federico Corriente, generoso en las necesarias notas al pie— es el instrumento principal para hacer de Te potaría encima un artefacto literario contagioso. Gracias a ese arrollador dinamismo narrativo, unido a la empatía cuasi automática que al lector le generan el catálogo interminable de desastres de esta panda de pirados, algo cafres, cierto, pero entrañables perdedores, estas memorias se disfrutan como uno de esos discos que quizás no copen las listas más selectas de «imprescindibles», ni probablemente sea considerado «rompedor» u original pero, en cambio, siempre apetece escuchar. «I know, it’s only Rock’N’Roll, but I like it, I like it, yes I do»

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