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Sticky fingers, Joe Hagan (Neo Person, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Proseguimos nuestro «mes periodístico» con Sticky fingers: La vida y la época de Jan Wenner y la revista Rolling Stone, a cargo del periodista Joe Hagan —colaborador del Wall Street Journal, Vanity Fair o New York, entre muchas otras— y que nos llega de la ya imprescindible colección musical de la editorial Neo Person. Una biografía de lo más potente y poliédrica que, a través de la trayectoria del editor de una de las revistas más icónicas, fundamental para entender los cambios socioculturales de los últimos cincuenta años, nos habla de egos, celebrities, adicción a la fama, política y poder, sexo, drogas, contracultura, periodismo… Y algo de rock también, claro.

Sticky fingers es el resultado de horas y horas de entrevistas con el propio Jan Wenner, que facilitó a Hagan acceso ilimitado a su archivo personal, junto a muchas conversaciones con sus allegados, algunos de los miembros del «Olimpo del rock», entre ellos Mick Jagger, Keith Richards, Pete Townshend, Bruce Springsteen, Yoko Ono, Paul McCartney, Elton John, o Billy Joel, y varios referentes del periodismo y/o el mundo del espectáculo, tales como Tom Wolfe, Greil Marcus, Cameron Crowe, Lorne Michaels, David Geffen o Dan Aykroyd. Por tanto, la cantidad y calidad —en el sentido de cercanía con el personaje central o su papel relevante en esta historia— proporciona un nivel asombroso de profundidad a la biografía. Tanto que a uno no le extraña que, pese a ser inicialmente un encargo del propio Wenner, éste acabase desautorizándola. Demasiado íntima, demasiado «espinosa»…  

Exposición de los 50 años de Rolling Stone en el Salón de la Fama del Rock.

Y es que Sticky fingers es una obra de marcadísimos claroscuros, en la que la mitología y la miseria —moral, que no económica— van, con pasmosa frecuencia, de la mano, y en la que Hagan es capaz de perfilar un retrato de un hombre con todas sus luces, sombras y contradicciones, que en el caso de Jan Wenner son abundantes. Y, además, van indisociablemente ligadas a su revista, nacida en el San Francisco de 1967 como el impetuoso sueño de un joven —con la inestimable ayuda del cofundador y figura capital Ralph Gleason— muy peculiar. Marcado por unos padres no solo ausentes, sino reacios a ejercer como tales. Introvertido aunque extremadamente ambicioso. Libidinoso y, sin embargo reprimido —su condición homosexual «mal guardada en el armario» es uno de los ejes del libro—. Ególatra y megalómano. Fulminantemente convertido al «credo» hippie de los tiempos, ferviente creyente de sus transformaciones socioculturales y acelerado adorador de su música. El elemento a través del cual ser el adalid de la revolución, el «megáfono» de la generación que iba a cambiar el mundo…

Gestada como adusta —pura supervivencia económica— revista de crítica musical «seria» en pleno apogeo del rock, el crecimiento de Rolling Stone será tan complejo, siempre pendiente de un hilo, como imparable, con las discográficas acercándose raudas a Wenner y su entusiasta plantilla de «gacetilleros». Pero muy pronto también se revelará como la coartada perfecta para alcanzar los «otros» objetivos de su editor jefe: ser uno de los astros —millonario, a poder ser, claro— de la «constelación rock», un fanboy convertido en el súper colega de las leyendas… y también un «follaestrellas». Y por ahí, mientras el espíritu de los sesenta se iba diluyendo a base de Altamont, Vietnam y la corporatización del rock, también lo haría el análisis profesional  en favor del «famoseo» y los favores, por no hablar de la sucesión de fiestas y encuentros VIP donde se experimentaba con las drogas y el amor más o menos libre, dando rienda suelta a las pulsiones sexuales de los Wenner —el turbulento, dependiente y lujurioso matrimonio de Jann y Jane es otra de las «vigas maestras» del relato de Hagan—. El tópico rocanrolero hecho realidad por su editor-agitador-arribista principal.  

Jann Wenner, Mick Jagger y el presidente de Atlantic Records, Ahmet Ertegun. Foto: AP Photo/Julie Jacobson

Las contradicciones mencionadas serán más evidentes que nunca en los convulsos años setenta, la década que, sin duda, depara los momentos más estimulantes de Sticky fingers. El anquilosamiento del rock, la pérdida de prestigio de una cabecera obsesionada por el morbo y las estrecheces y amenazas económicas —la más curiosa a causa de la disputa del nombre con sus «Satánicas Majestades», sus dueños primigenios— serán combatidas con un «batallón de contramedidas». El traumático traslado a Nueva York, la entrada de temas de actualidad y/o buscadamente polémicos —liberación sexual, feminismo, consumo de drogas— con los que posicionarse como la publicación más contestataria de la época, siempre dentro de su voluntad abiertamente mainstream, junto a la cobertura política —propulsando a un nuevo nivel el ego de Wenner— y la incorporación de firmas ilustres destinadas a transformar dramáticamente la imagen, y las ventas, de Rolling Stone. Las fotografías de las celebridades de Anne Leibovitz, el espaldarazo al «nuevo periodismo» con las entregas de lo que posteriormente serían Elegidos para la gloria y La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe y, sobre todo, las «crónicas gonzo» de La campaña del 72 y Miedo y asco en Las Vegas de Hunter S. Thompson, su reportero más célebre, personaje central para entender el renacer de la publicación —pese a que Hagan no le caiga especialmente bien— harían de Jann Wenner y su revista la referencia cultural-mediática de la época. Lo había logrado.

Desgraciadamente, los ochenta y las décadas sucesivas reflejarán el paso definitivo de Rolling Stone a formar parte del establishment, del convencionalismo y el corporativismo y, anunciando claramente la posterior decadencia e irrelevancia en la que lleva sumida desde hace tiempo. La explotación del Hollywood más comercial, el «enjabonamiento» de los presidentes norteamericanos —a la vez que Wenner flirteaba con una carrera política—, con un ligero escoramiento hacia el ala demócrata, su apropiación y comportamiento seudodictatorial con el Salón de la Fama del Rock, el seguidismo a los fenómenos musicales masivos surgidos vía MTV —repudiada inicialmente, pero rápidamente convertida en aliada—, mientras se denostaba a otros fenómenos alternativos como el hip-hop, o se ninguneaba la venida de la era digital que iba a poner «patas arriba» tanto la industria musical como el periodismo escrito… Si a eso le añadimos graves errores empresariales, un cambio radical en la vida personal de Wenner, lidiando con sus adicciones, haciendo pública su homosexualidad y poniendo fin a su matrimonio con Jane, junto a una sensación creciente de hastío por la que antes había sido la «niña de sus ojos», el final del «William Randolph Hearst del rock» estaba cerca —en 2017 Wenner vendió sus acciones de Rolling Stone—. Pero menudo viaje había sido.

El gabinete político de Rolling Stone en acción: los periodistas William Greider y PJ O’Rourke más Jann Wenner y Hunter S. Thompson con Bill Clinton. Foto: Mark Seliger

Aunque la prosa de Hagan no es particularmente memorable, y algunos tenemos un límite de tolerancia a tanta página dedicada al famoseo estéril o la pueril ostentación, lo que provoca una suerte de repetición algo farragosa para un volumen tan extenso —cercano a las setecientas páginas— Sticky fingers resulta una lectura sumamente atractiva al mostrar un fresco abrumador tanto de una figura poliédrica, difícil de admirar, pero determinante, como de los últimos cincuenta años del mundo de la música popular, el periodismo y la propia historia de Estados Unidos, a la vez que plantea un sinfín de disyuntivas apasionantes. ¿Música o negocio? ¿Cultura o dinero y poder? ¿Morbo o información? ¿Ha sucumbido el periodismo a la adicción a la fama? ¿Hay vuelta atrás? ¿Cuál es el papel de una revista musical y sus críticos? ¿Tienen sentido hoy? No hay muchas biografías que puedan presumir de tratar tamaña cantidad de temas y sugerir tantos debates, plenamente relevantes hoy en día. 

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