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Stern, Bruce Jay Friedman (La Fuga, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Sin hacer demasiado ruido, a su ritmo, sin prisa pero sin pausa, la editorial La Fuga está fraguando un estupendo catálogo con un pie firmemente asentado en el humor y el otro en la búsqueda de ese «rescate» o hallazgo literario esperando a ser descubierto o reivindicado. Su última «joyita», aparecida justo cuando el año pasado entraba en su ocaso, se titula Stern, corre a cargo del escritor, periodista y guionista —de teatro y para Hollywood, siendo nominado al Oscar por Splash— neoyorquino Bruce Jay Friedman, y nos propone acompañar a una suerte de hipocondríaco Bartleby moderno en su personal y más que peculiar descenso a los infiernos… imaginados y reales.

Publicada originalmente en 1962 con discreto éxito, Stern es una novela de lo más peculiar. Parece pequeña, modesta, tanto en su enfoque como en el alcance de su trama, el devenir de una vida de lo más mundana, la de un empleado responsable del redactado de etiquetas para todo tipo de productos tras decidir comprarse una casita en las afueras de Nueva York junto a su familia en los años 50. Pero tras ella se esconde un soberbio ejercicio de incisivo análisis social tamizado por un humor negro que, a medida que el libro avanza, adquiere tintes surrealistas y/o grotescos, y que, por fortuna para nosotros, ha caído en las sabias manos de Rubén Martín Giráldez en su traducción al castellano, conservando así todos sus matices. Una «vuelta de tuerca», apacible y ligera primero, angustiada y nebulosa después, finalmente catártica, a la llamada «literatura de los suburbios».

Friedman lo apuesta todo a su personaje central, una creación tan poderosa como sutil. Stern es el retrato del perfecto pusilánime. Un hombre nimio de treinta y pocos años, criado en la ortodoxia judía de la que se ha ido distanciando —y que, sin embargo, nunca desaparece—, afable, experto en esquivar los posibles conflictos, que pareciera conformarse con su existencia, introspectiva pero absolutamente cabal, satisfecho con su familia, su nuevo hogar y su establecido futuro venturoso… sino fuera porque por dentro le carcomen sus constantes miedos y anhelos reprimidos, ya sea a causa de las hirientes «jugarretas», tomaduras de pelo o exclusiones sociales desde su entorno —laboral, familiar, atentos a las descacharrantes apariciones de sus padres, estoy seguro que Woody Allen ha leído a Friedman— o varias amenazas externas, imaginarias en su mayoría. Alguien, en definitiva, que resulta inmediatamente cercano, provocando más de una sonrisa a medida que las extravagantes situaciones se suceden, pero que también escuece, porque, como ese horrible anuncio de electrodomésticos, Stern «tiene un poquito —o un mucho— de mí»… y de ti.   

A través de Stern, Friedman encapsula un socarronamente pérfido relato de la parálisis y la angustia existencial en una época de, en teoría, boyante pujanza de la clase media estadounidense. La mente de nuestro protagonista está constantemente fabulando. Ahora imagina respuestas heroicas con las que desafiar a ese racista vecino que vio a su descocada esposa —a la que también debería meter en vereda, se dice— en una más que comprometida situación; luego se enfrenta a los peligrosos perros de la finca abandonada que debe cruzar para ir al trabajo; más tarde defiende a su ensimismado hijo —un proto-Stern que se asemeja poderosamente al Linus de Snoopy— de los matones que lo acechan, ganándose su admiración; o consigue que su recién adquirida y más bien desastrosa vivienda se convierta en la casa de sus sueños mediante primorosas reformas y labores de jardinería. Pero es incapaz de actuar en la realidad. Hasta que su cuerpo dice basta en forma de una úlcera —memorable la escena en la que el doctor Fabiola se la diagnostica— intestinal.

Obligado a internarse en la Clínica Grove, un decrépito centro de reposo repleto de carácteres «muy perjudicados» e hilarantemente excéntricos, para tratarse de su dolencia, Stern tendrá tiempo para formar parte de una cuadrilla jocosamente lamentable, rememorar episodios de su pasado —que nos sirven para ponernos en antecedentes de esa existencia cohibida, fraudulenta, vivida siempre en tensión— y llegar al límite de su delirante estado. Y será entonces cuando el lector se vea, sorprendido, al conmoverse con ese incierto e intenso desenlace de la novela, empatizando sin ambages con la cruzada quijotesca, esquizofrénica, de este singular urbanita acongojado ante un mundo hostil. La inquietud tras la sonrisa, Stern es una lectura de lo más especial.

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