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El show de Albert Monteys, Albert Monteys (¡Caramba!, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Aún no habíamos contado con el cómic en este arranque de 2018, pero hoy ponemos remedio a ese «debe» de la mano de ¡Caramba!, sello de Astiberri, y El show de Albert Monteys, recopilación de la serie completa protagonizada por el propio autor —además del «actor principal», su guionista y dibujante— barcelonés y que fuera publicada por entregas en la tristemente extinta revista digital Orgullo y Satisfacción entre 2014 y 2017. Un hilarante relato autobiográfico, entre la hipocondría y el auto-flagelo, que también contiene más de una —o diecisiete— pinceladas sobre los males que aquejan a nuestra sociedad digitaloprocastinadora —toma ya—.

Uno de los humoristas gráficos más reconocidos del panorama estatal, Albert Monteys empezó a hacer «ruído» en la década de los 90 —justo después de la glaciación, vamos—, como parte de La Peñya —el cuarteto formado en la carrera de Bellas Artes junto a Alex Fito, Ismael Ferrer y José Miguel Álvarez— y los ocho números de Mondo Lirondo. Ya en solitario, le seguiría Calavera lunar y una longeva carrera en El Jueves, siendo el autor de dos de sus series más exitosas, Tato y ¡Para ti, que eres joven!, esta última junto a Manel Fontdevila. El sonado punto final en 2014 —los albores de la «Ley mordaza», amigos— de su relación con la mítica revista sería también el punto de partida del que surgiera Orgullo y Satisfacción, así como proyectos digitales como el que lo ocupa actualmente, ¡Universo!

Presentada en una estupenda edición de tapa dura, El show de Albert Monteys es una jocosa sucesión de historietas, pelín cafres y sumamente ágiles, donde devoramos las peripecias, cuitas y angustias del insigne dibujante, siempre presto a exponerse y vituperarse con saña, a la vez que lidia con los tiempos en los que le ha tocado vivir. Además de una familia convertida, junto al divertido lector, en la observadora y sufridora —su pareja Mamen tiene más paciencia que Job— testigo de los quehaceres, obsesiones y, sobre todo, miserias, de este inseguro de manual —Woody Allen estaría orgulloso—, por estas azuladas páginas desfilan los combates —perdidos, claro— contra la obesidad, el sedentarismo y la vagancia, la adicción a Internet, especialmente Twitter, o el lenguaje en la era de Whatsapp —descacharrante—, así como los «aires de grandeza» y los crueles «baños de realidad» concentrados en sesiones de firmas en ferias en ninguna parte o frente a la página en blanco de un tipo embarcado en la empresa de sobrevivir en un mundo que no parece andar sobrado de sentido… haciendo cómics.

Porque a través de estas tiras cómicas, el lector también se ve, de una u otra forma, reflejado, señalado, ya sea en sus comportamientos, adicciones —atracones seriéfilos, postureo hipster, nostalgia bulímica, ¿os suena?—, fracasos y ridículas desventuras de la «vida en red» —social, por supuesto—. El caricaturesco espejo deformado de una realidad que, mediante el humor, se revela absurda, desconcertante y muy pero que muy reconocible. Y que, a excepción de un par de episodios dedicados al atentado de Barcelona y los hechos —fueron hechos, no lo olvidemos— del pasado 1 de octubre en Cataluña, en manos de Monteys resulta tronchante. La carcajada está asegurada en El show de Albert Monteys.

 

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