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Rayos, Miqui Otero (Blackie Books, 2016)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

No son muchas las novelas que un servidor haya leído sobre su ciudad, Barcelona. Y, a decir verdad y siempre en mi opinión, claro, exceptuando a Marsé y Mendoza —en la siempre, por fortuna, interminable lista de lecturas, quedan «pendientes» Goytisolo, Casavella y Pérez Andújar— no han sido obras demasiado memorables, que digamos. Por eso este Rayos de Miqui Otero, que nos llega de la mano de Blackie Books tras un reguero de excelentes críticas, es una sorprendente y más que agradable novedad. Porque, y que no se me enfade el autor, uno tenía notables reservas previas: ¿me iba a encontrar aquí a la Barcelona hipster? ¿la que mira su móvil en los conciertos cómo si no hubiera mañana? ¿la que se queja a los cuatro vientos por la marca o la momentánea falta de cerveza en un festival de MÚSICA? ¿la que se apunta al genial Primera Persona para contarle —a grito pelado, obvio— al vecino como fueron las vacaciones de Semana Santa porque el escritor en el escenario «se la trae al pairo»? Afortunadamente, no había motivo alguno para la preocupación. Rayos es otra cosa. Varias cosas, de hecho.

Para empezar, Rayos es condenadamente entretenida. Seguimos el devenir de nuestro narrador y protagonista Fidel Centella, una suerte de joven Woody Allen: buen tipo, hipocondríaco, sensible, despistado, algo victimista… y MUY confuso. Un Peter Pan periodista con aspiraciones de escritor que ejerce de becario en el diario La Verdad, epítome perfecto de toda una generación de Peter Pans —la mía— que a veces parece negarse a crecer, demasiado perezosa y asustada para asumir responsabilidades. Pero que también es la ingenua damnificada de un sistema perverso, sustentado por una rueda económica depredadora, las falacias de la publicidad y las promesas de un futuro negado, sustituido por la perenne incertidumbre y frustración. ¿Os suena familiar?

La comezón interna lleva a Fidel a despegarse del cobijo familiar, en parte por hilarante casualidad, en parte por las «obligaciones del guión» mental que nos hacemos con los años, yéndose a compartir piso con sus amigos de toda la vida, los Rayos. Pero la «etapa adulta» que se ha decidido a iniciar conlleva múltiples implicaciones. Implicaciones en forma de una convivencia no tan sencilla, enfermedades familiares que te bloquean, trabajos que penden de un hilo y por los que descubres una cara de la ciudad inmunda, relaciones sentimentales que son y no estás seguro y otras que no pueden ser, pero… El tipo de implicaciones que no desaparecen gracias a la siguiente cerveza. O que no se resuelven por «arte de magia», tras escuchar la canción idónea o enfundarte tu camiseta de la suerte. Que, por cierto, ya no te va.

Otero logra ensamblar semejante rompecabezas con pasmosa naturalidad —apenas me chirría el doble affaire BárbaraDiana, algo inconcluso e injusto con las posibilidades narrativas de las féminas, y el personaje de Justo, que pareciera dar más de sí—. Rayos empieza ligera, desenfadada y fresca, apoyada en una prosa ágil, una pléyade de coloquialismos y el lenguaje propio, exclusivo, de ese cuarteto formado por Fidel, Justo, Lu y Brais, tan diferentes entre ellos —falta la Spice deportista para completar la banda— como aparentemente inseparables en sus farras sin final, absurdas charlas pre o post-resacosas y peripecias diversas en la ciudad condal. Sin embargo, a medida que la novela avanza y las subtramas se entrelazan, el autor impregna la obra de una épica y melancolía soterradas. Es la crónica fragmentada de un personaje que al lector se le antoja tremendamente real —¿cuánto de Otero hay en Centella?—, sincero, brutalmente abierto en canal. Pero también el relato honesto de la emigración de nuestros padres, primero asustados, luego esforzados en salir adelante, y ahora tan en shock como sus vástagos ante una crisis que cercena el futuro inmediato de aquellos por los que lo sacrificaron todo. Sin olvidar la radiografía de una Barcelona que, tras la euforia olímpica, en el nuevo milenio decidió —sin preguntarnos, claro— embarcarse en una transformación salvaje para convertirse en un «parque temático» abierto las 24 horas al turismo, la especulación y los desmanes inmobiliarios.

Pero aún hay más. Me dejaba lo más importante, y también un «aviso a navegantes». En Rayos abundan las descargas eléctricas. No las del título, sino las sacudidas emocionales directas, de la hoja al lector. Chispazos que encapsulan a nuestros padres en una sola conversación —esa jodida página 106— mejor que sesudos e interminables estudios sociológicos. Estallidos en forma de surrealista, entrañable, frágil, visita de la abuela —mierda, esa es tu abuela— a la gran ciudad. Fogonazos trazados en sucintos, trabados diálogos que esconden el iceberg de cosas que no te atreves a decir. Y esa angustia, esa ansiedad por las cosas que no avanzan, las decisiones que no tomas, los caminos que no intentas seguir. Y, sobre todo, la conciencia, contra la que luchas e intentas negar, de que ciertas cosas, que creías eternas, se acaban. Miqui Otero ha puesto palabras a una tormenta eléctrica muy reconocible. Uno puede verse reflejado en estos rayos…

 

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