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Preparación para la próxima vida, Atticus Lish (Sexto Piso, 2016)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Continuamos con las «bofetadas de realidad» en la sección literaria de Indienauta. Hoy, de la mano de la siempre fiable Sexto Piso y su flamante novedad Preparación para la próxima vida, sorprendente y laureado debut del norteamericano Atticus Lish —hijo del legendario escritor y editor Gordon Lish, célebre por ser el decisivo editor de Raymond Carver—, obteniendo el prestigioso PEN Faulkner el año pasado tras haber convertido su novela en un imprevisible éxito editorial independiente. Reconocimientos, a mi juicio, más que merecidos. Y es que Lish consigue «la cuadratura del círculo» con su novela: se engarza impecablemente en las coordenadas y la mitología de la literatura norteamericana, pero, al mismo tiempo, logra renovar sobremanera su enfoque y alcance, radiografiando con sobrecogedora precisión la desoladora, y muy actual, situación de la migración ilegal en Estados Unidos.

Preparación para la próxima vida es la historia de Zou Lei y Brad Skinner. Ella es una inmigrante clandestina china —de etnia uigur, musulmana— que ha entrado en Estados Unidos por la frontera mexicana y que malvive en trabajos infames, inhumanos, siempre con la espada de Damocles de la deportación cerniéndose afilada sobre su cabeza, obligada por tanto a «ser invisible». Él es un soldado de la guerra de Irak trastocado para siempre por los horrores, padecidos y provocados, de regreso a suelo norteamericano pero incapacitado, en las antípodas de hecho, para poder hallar un hogar y reintegrarse en la sociedad. Dos personajes que parecen condenados a la implosión y que, sin embargo, van a encontrarse en una Queens, Nueva York, áspera, desangelada y miserable.

«Podían formar un ejército propio, una unidad de dos personas, para librar las difíciles batallas que eran la salud mental de él y la condición de inmigrante de ella».

Lish narra una historia de amor tan improbable como absolutamente creíble. Zou Lei, una creación literaria memorable, es inasequible al desaliento, inquebrantable pese a las dificultades extremas. Una razón para vivir, el último asidero al que agarrarse para un Skinner que flirtea con el suicidio como solución final que derrote a sus demonios. Por su parte, el maltrecho excombatiente ofrece a la joven una necesitada compañía, un apoyo. Alguien con quien ilusionarse y, puede, quizás, sólo un débil quizás, la persona junto a la que normalizar, dar sentido a una existencia insosteniblemente frágil, incierta, y pensar en un futuro. Amor precario, siempre a un paso de la combustión. Amor como postrera esperanza que, al menos, posponga el inevitable hundimiento de dos seres humanos a la deriva. Amor como resistencia a la adversidad.

Pero no quiero llevar a equívocos. Esta no es una historia romántica. No hay lugar para ello. Apoyado en una prosa descarnada, de frase corta que vence por acumulación y aplomo —seguro que «papá Gordon» está muy orgulloso de su hijo— y que, además, logra dotar a la novela de un ritmo muy peculiar —en ese sentido, creo que la labor de traducción de Magdalena Palmer al castellano es brillante—, como si cada vez que el escritor enlaza tres frases estuviera bombeándole sangre a su obra, Lish sostiene a sus personajes en medio de la catástrofe por concretarse con pulso firme. Resistiendo mientras la atmósfera se enturbia, amenazadora y tensa, acechando como ese abyecto criminal —secundario clave— que podría vivir en el piso de arriba. Antidepresivos. Riadas de alcohol. Desmesurado, febril ejercicio físico. Caminatas y carreras interminables, a través de la cuales el autor dota de una inesperada poética a la novela. Una que permite al lector desnudar los paisajes emocionales de una ciudad en ruinas.

Porque el otro personaje central, en mi opinión, es Nueva York. No hay una ciudad más descrita en la literatura —o el cine—, incluidos sus bajos fondos y sus inolvidables perdedores. Pero creo que nunca la había leído tan absolutamente desprovista de glamour. Tan asfixiante y cruel. El orgulloso melting-pot del mal llamado cosmopolitismo enseñando su verdadero rostro, uno que va mucho más allá de la torticera mercadotecnia. El de los guetos putrefactos y violentos, donde se cultivan el racismo y la violencia que emponzoñan el irrespirable aire. El que aplasta a personas airadas, extenuadas, angustiadas, paranoicas. Prestas a acusar al más débil para justificar tanto la falta de esperanza como, sobre todo, su propia mezquindad. La de seres de carne y hueso que deambulan, igual que muertos vivientes, entre trabajos abyectos y cubículos fétidos donde dicen —o intentan— dormir. Acostumbrados a lugares de comida rápida, china o autóctona, que únicamente engaña al estómago por unos instantes. Que se acodan en tugurios que —por fin— nunca solucionan ni consuelan sus derrotas, sólo los enfangan más. Que apenas se entienden, porque no hablan el mismo idioma… y porque así es más fácil tener a un enemigo al que señalar. ¿Verdad, escoria política «de aquí y de allí»?

Quizás Preparación para la próxima vida podría beneficiarse de una extensión algo menor. O puede que, simplemente, servidor haya leído demasiadas veces ya la historia del militar asolado por sus demonios internos, a un paso de la locura. Pero son cuestiones menores, cuando no ridículas, ante un personaje de la envergadura de Zou Lei, verdadera heroína moderna, y una historia con la fuerza narrativa de una apisonadora. El relato de la denodada lucha, perversa, más retorcida y surrealista de lo que Kafka nunca llegó a imaginar, por «conseguir papeles». Papeles que dan derechos —se supone, nunca lo olvidéis, que la única condición para tenerlos, en cualquier lugar de este planeta, es ser humano, algo que incluso los más cafres encorbatados en Bruselas, Washington o Madrid aseguran ser—. Papeles que te convierten en ciudadano del «primer mundo»… un primer mundo que, en estas páginas tan poderosamente reales, bien parece otra jaula, parte de una maquinaria inexorable e indiferente… Mierda, paro ya el discurso. Dejémoslo entonces en que Preparación para la próxima vida es un novelón.

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