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Poética para acosadores, Stanley Elkin (Contra, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

El que avisa no es traidor. En la sección literaria no se cierra por vacaciones, porque tenemos más «cuentistas de tronío» de los que hablar. Y es que la magnífica colección literaria de Contra acaba de recuperar Poética para acosadores, el primer libro de relatos del escritor neoyorquino Stanley Elkin publicado en nuestro país y que, felizmente, viene a sumarse a la muy recomendable novela El condominio, aparecida en 2015 gracias a La Fuga. Un potente concentrado de historias bajo el revelador —y bastante agorero— subtitulo de Nueve cuentos de violencia, locura y soledad. Segunda advertencia.

Publicados originalmente en 1965, los relatos de Poética para acosadores conforman un conjunto de lo más singular situándose, con extremo arrojo por parte de Elkin, en un arriesgado equilibrio narrativo, sin miedo a transitar terrenos más que «pantanosos». Historias con un pie en el transcurso de la acción y otro en la psique, retorcida y turbulenta, de los personajes.  Textos poseedores de un marcado y más que peculiar sentido del humor, de un negro casi vantablack. Cuentos realistas —el propio autor admite esa definición en el prólogo—, pero con una clara vocación de desbordar ese corsé, algo evidente tanto en la fértil prosa —con abundancia de términos yiddish y argot, añadiendo más mérito a la gran labor de David Paradela López en la traducción— como en la habilidad del escritor de Brooklyn para dar rienda suelta a la imaginación —también al sadismo, porque sus protagonistas sufren lo indecible— y, como sucede en un par de los textos aquí incluidos, alejarse explícitamente de ese registro, abrazando la fantasía y el absurdo… de trasfondo existencialista y mirada desencantada al mundo.

Al igual que sucedía en El condominio con el pobre Marshall Preminger y su «cárcel» en forma de urbanización de dudoso lujo, los relatos de Poética para acosadores rezuman derrotas, frustraciones, complejos, temores y renuncias. Pero yo diría que en versión XXL y sin especulación inmobiliaria de por medio, porque no hay un solo personaje —judíos, urbanitas, seriamente dañados— en estos cuentos que no se encuentre a un paso de perder los estribos, si es que no han enloquecido ya. Todos están inmersos en situaciones vitales insostenibles o en quimeras abisales, tan desesperadas que el desenlace —jamás el desarrollo— resulta obvio. Y fatal.  

Esa extrema comezón vital preside los dos formidables relatos encargados de abrir Poética para acosadores. El sobrecogedor «Llorones y kibitzers, kibitzers y llorones», uno de los más redondos del volumen, nos presenta al tendero Jake Greenspahn, devastado por el reciente fallecimiento de su hijo. Incapaz de mantener la compostura en su establecimiento —primer día de regreso tras el deceso—, su creciente irritación ante quienes le rodean se tornará en un ejercicio de vitriólica misantropía, tan reveladora de los «agujeros» permanentes en las vidas de los demás, como del dolor provocado por los actos de quienes se han ido. No le anda a la zaga «Cuidado con Ed Wolfe», en el que el titular, despedido de su trabajo, se sume en una espiral, grotescamente consciente, de aislamiento y abandono que haría orgulloso a Franz Kafka —no será la última vez que el espíritu literario del genio checo sea reivindicado—. Huérfano, solitario, contendiente consigo mismo, lo sentencia Elkin. Brutal.

Tras el algo disperso «Entre los testigos», en mi opinión el menos destacable del lote, pese a que el ambiente y el apellido del protagonista nos retrotraiga a El condominio, Elkin recupera el pulso con un tramo central de cuentos estupendos y desgarradores. Primero tenemos «El invitado», donde el inicialmente inofensivo Bertie, un gorrón lenguaraz que se aprovecha de la amabilidad de unos antiguos conocidos —Preminger, de nuevo— para instalarse en su casa durante las vacaciones de éstos, rápidamente muestra su verdadera condición: la de un hombre condenado, tanto por sus adicciones, como también por sus actos e inacciones abyectas. Le sigue el incómodo «En el callejón», una perturbadora, muy dura, disquisición sobre la muerte, convertido en solemne viaje emocional por las cuitas de un enfermo terminal… en sus últimos días, declarado muerto pero todavía coleando.

Pero no se vayan todavía, que aún hay más. Porque justo cuando uno empieza a vislumbrar un patrón narrativo, Stanley Elkin lo «dinamita» con dos relatos que lo emparentan con el modernismo literario y, como ya anunciábamos, entroncan directamente con el «extrañamiento» de Kafka. Por un lado, tenemos el fascinante a la par que desasosegante, «Sobre un campo, rampante», auténtico «salto al vacío sin paracaídas», una búsqueda delirante, confusa, e inabordable de un linaje, un destino… y una razón de ser. Y, a continuación, «Poética para acosadores», el encuentro, narrado en una primera persona volcánica, virulenta, de un abusón de escuela con su verdadero e imposible némesis.

Aunque con matices, Poética para acosadores se cierra con los relatos más «ligeros» de la colección, en los que el humor, anteriormente atisbado o planteado como espejo del absurdo, asoma con mayor claridad. En «El pobre primo Lesley y los patanes» nos encontramos con una historia de reconstrucciones y reencuentros de una pandilla —o lo que queda de ella— de indeseables, en el que el pasado de gamberrismo y naderías se transforma en un doloroso presente de vacío y aflicción. Y, finalmente, cierra «Perlmutter en el Polo Este», donde el ¿investigador-antropólogo-sociólogo-charlatán? existencialista Morty arriba a Nueva York decidido a encontrar la respuesta/s al sentido de la vida, en un periplo que arranca woodyallenesco pero acaba mucho más próximo al Charlie Kauffman más pesimista. Un buen corolario para estos relatos sobre lo absurdo, lo profundamente humano y lo inquietante. Historias insólitas que sorprenden, aturden… y permanecen en la cabeza del lector.

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