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No se desvanece, Jim Dodge (Alpha Decay, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

A veces los libros, siempre sabios, aparecen cuando más se les necesitan. Justo cuando estamos asistiendo atónitos al comienzo del desastre con los primeros y lamentables pasos de la «era Trump», llega Alpha Decay y publica este No se desvanece del californiano Jim Dodge. Una novela que parece decirte «sí, la hemos cagado, bigly, como nunca, y el panorama inmediato pinta aterrador, pero hey, aún somos nosotros, no nos enterréis todavía, esto somos nosotros». «Esto» son cuatrocientas páginas de literatura contagiosa, eléctrica, vital. Música, viaje, mito. De vuelta a la carretera.

Autor de tan solo tres novelas, Jop, No se desvanece y Stone Junction, más una antología de poemas y relatos, Rain on the River, Jim Dodge es un personaje bastante peculiar, crecido en una base aérea, pasando muchos años en una comuna en Sonoma, y que actualmente vive en un rancho aislado cerca de Arcata, California. Ha sido recolector de manzanas, instalador de moquetas, profesor, jugador profesional, pastor de ovejas, leñador o, su profesión más reciente, restaurador medioambiental. ¡Ah! Y es uno de los autores de cabecera de Thomas Pynchon que dijo de él que «leerle es como sumergirse en una fiesta donde se celebra sin pausa cada línea». Y si lo dice Pynchon…¿cómo vamos a dudarlo? Dodge hace magia en prosa.

No se desvanece es la historia de George «el Fantasma» Gastin, un personaje tan carismático como imposible, narrando a todo el que quiera —o necesite— oír la alucinante aventura en la que se embarcó cuando apenas era un veinteañero. Una aventura loca, algo peligrosa, bastante desesperada, muy surrealista y poderosamente vitalista. Ubicado en el San Francisco de finales de los cincuenta —el arco narrativo se desplazará hasta finales de los sesenta—, rebosante de jazz y Beatniks, Gastin trabaja en un garaje y se saca un generoso sobresueldo destrozando coches por encargo para que sus clientes se embolsen el seguro. Pero tras unas cuantas decepciones personales y la acuciante, insoslayable —y generacional— sensación de estar varado en su vida, transformará su siguiente «pedido especial» en la ocasión idónea para dar un giro radical a su existencia. Porque nuestro protagonista debe hacer picadillo un precioso e inmaculado Cadillac Eldorado blanco, un obsequio no entregado de una ardiente, pudiente y obsesiva fan al mismísimo Big Bopper, uno de los tres músicos, junto a Buddy Holly y Ritchie Valens, fallecido en el legendario accidente aéreo conocido universalmente como «el día que la música murió». ¿Una señal? ¿Una llamada? Gastin decide llevarse el coche hasta la tumba del Bopper y quemarlo allí. Un regalo con una historia detrás y otra por escribirse.

De San Francisco a Texas y más allá, Jim Dodge nos invita a contar las páginas en millas por hora con una prosa siempre apasionada, ágil, vigorosa y febril. Un auténtico festín para el lector, «regado» por el triunvirato que conforman la música —rock fundacional, blues y jazz para ponerle banda sonora a las interminables autopistas y carreteras secundarias que cartografían el otro mapa de Estados Unidos—, las drogas —algo de LSD y speed para conducir como si no hubiera mañana, porque quizás no lo haya— y los personajes más estrambóticos, ahora luminosos y descacharrantes —por favor Jim Dodge, escribe un spin-off sobre «Arrebatos» Johnson—, otrora cuasi siniestros y/o simplemente delirantes —Philip «mejor vendedor del mundo» Lewis Kerr—, que jamás se hayan recogido en una autopista o, directamente, hayan desfilado por una road novel.  

Mientras uno disfruta de No se desvanece es inevitable que le vengan a la cabeza dos obras maestras de la literatura como son Miedo y Asco en Las Vegas de Hunter S. Thompson y En la carretera de Jack Kerouac. Es lógico. Comparten gasolina, estupefacientes, locura —bendita locura— y experiencias adrenalínicas larger than life. También los desvaríos y las alucinaciones pergeñadas por el Doctor Gonzo junto al romanticismo redentor y las ansias reveladoras del más célebre vagabundo del dharma. Ciertamente, el hecho de transitar terrenos literarios archiconocidos puede restarle impacto o sorpresa al lector. Pero la novela de Dodge recorre su propio camino, en parte gracias a la efervescente voz narrativa, híbrido entre el fabulador tradicional y el bufón trasnochado, atolondrado. Y en parte porque la variopinta fauna que comparece en la obra y lidera Gastin, pese a sus meteduras de pata, sinrazones e incapacidades manifiestas, rebosa tanta desorientación como humanidad —mención especial a personajes como Mira Whitman o Donna Walsh—, y bondad.  

Es posible que a Dodge la historia se le vaya algo de las manos en el tramo final del libro, donde el dislate, en mi opinión, se enmaraña —la respuesta, amigos míos, probablemente no esté en el viento, pero seguro que no está en las anfetas— y alarga en exceso. Pero poco importa. La electricidad de su prosa, el juego entre excentricidades, fantasía y realidad que maridan una improbable y, sin embargo, fascinante crónica de su tiempo, el sincero homenaje a una época, a los Beats, a la carretera, al poder y el valor de la música, no tienen precio. No se desvanece es una locura grandiosa. Una celebración de la vida a ritmo de rock’n’roll. Y un tremendo recordatorio de que, por ominoso que sea el desastre provocado, mientras existan libros como este el mito de Estados Unidos tampoco se desvanecerá.

 

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