Publicidad

Esto no es América, Jordi Puntí (Anagrama, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Relatos elaborados en «casa», publicados por la siempre fiable mano de Anagrama —ídem para la edición en catalán, a cargo de Empúries— y Jordi Puntí, una de las voces más reputadas de la forma breve en nuestro panorama narrativo. Eso es lo que nos vamos a encontrar bajo el muy musical título de Esto no es América —Bowie meeting Pat Metheny—, regreso al cuento del filólogo, editor, traductor —nombres como Daniel Pennac, Amélie Nothomb o Paul Auster— y autor de Manlleu. Nueve relatos sobre, como dirían mis adorados The National, «la insignificante vida de los adultos».

Ganador del Premi de la Crítica Serra d’Or por las historias de Piel de armadi­llo, y el Premi Llibreter, entre otros, con su única novela hasta la fecha, Maletas perdi­das, en Esto no es América Jordi Puntí reúne un puñado de relatos que aparecieron, originalmente como encargos, en diversas publicaciones durante los últimos 17 años, pero que han sido reescritos por Puntí para la ocasión con la intención, ciertamente lograda, de dotar de cohesión al libro. Emparentados con las historias de Quim Monzó o Sergi Pàmies, aunque con una idiosincrasia y un ritmo, minucioso, propios, en estos cuentos, generosos en su banda sonora —Beatles, Steely Dan, The Cure, por citar algunos—y su recreación de Barcelona, Puntí nos habla sobre fracasos, sentimentales sobre todo, ausencias, reencuentros peliagudos, frustraciones, y sus consecuencias, evidentes o calladas, sobre las personas, muy de «carne y hueso», varadas en existencias de lo más mundanas y con, cómo cantaría Joni Mitchell, «una ansia viajera», aunque esta no sea del todo real o nunca llegue a producirse. Vamos a repasarlos.

Esto no es América arranca con Vertical, con diferencia el relato más flojo del volumen, sentimentaloide y poco memorable periplo físico-emocional sobre la pérdida y el recuerdo de la persona amada a través de las calles de Barcelona. Afortunadamente, el traspiés inicial se olvida rápidamente gracias al siguiente cuento, Intermitente, uno de los más logrados, en el que los recorridos de nuestro misterioso autoestopista, siempre armado con un MacGuffin inquietante en forma de maletín, nos ofrecen una suerte de fresco humano de lo más estimulante.

El nivel no decae a medida que nos acercamos al epicentro de Esto no es América. Riñón, texto originalmente escrito para la 20ª edición del libro de la Marató, alberga auténtica mala leche en su interior. Rencor y heridas familiares imposibles de sanar, expuestas cuando el hermano errante, distanciado tiempo ha, vuelve a ser contactado epistolarmente por el otro, necesitado de un trasplante urgente. Tampoco le anda a la zaga Premio de consolación, a ritmo de Orange Juice —¿cuántos cuentos pueden decir lo mismo?— en el que la música de la mítica banda de Edwyn Collins se convierte en el nexo entre dos desconocidos en un parque y, de forma rocambolesca-obsesiva —romanticismo a lo Woody Allen en la era del Ipod—, el aliciente de nuestro protagonista para ponerse en contacto, desesperadamente, con la que debería ser la «mujer de sus sueños»…

Más liviano y algo previsible La madre de mi mejor amigo, coquetea con el erotismo, armando una historia que podría ser el germen de una película de Bigas Luna en la que un hombre sumido en una existencia de lo más rutinaria vuelve a obcecarse con su objeto de deseo adolescente, la madre de su, entonces, mejor amigo. Mucho más satisfactorio resulta, en cambio, Siete días en el Barco del Amor, un crucero en solitario —resultado de un abandono sentimental— a bordo del Wonderful Sirena, donde convive lo extravagante —no es Foster Wallace en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, pero, literariamente al menos, que miedo dan este tipo de viajes—, con escarceos amorosos poco edificantes y personajes inolvidables como ese crooner cuya auto-impuesta reclusión a bordo del navío oculta una historia dentro de la historia…

En el tramo final de Esto no es América encontramos varios relatos donde Puntí «apuesta» fuerte, arriesgando con la forma, proponiendo ingeniosas maneras de abordar cuentos que, en cuanto al fondo, prosiguen con la misma línea temática anterior. En La materia, otro de los cuentos más sutilmente turbadores del libro, en el que destaca el contraste entre el fondo de zozobra emocional con la forma narrativa extremadamente desapasionada, un vagabundo se convierte en el elemento disruptor de la frágil y gris rutina de una familia. En El milagro de los panes y los peces, mediante una especie de semi-biografía, conocemos la más que singular existencia de Miquel «Mike» Franquesa, compuesta por amoríos peligrosos, y una vida dedicada al juego, con estancia reveladora en Las Vegas incluida. Y, finalmente, tenemos La paciencia, en el que Puntí juega con el lector al estilo de Borges o Queneau, para convertirse en personaje de su propio relato. En definitiva, exceptuando un par de textos menores, Esto no es América es un «cajón de sastre» de lo más interesante.

To Top