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Nacer † Crecer † Metallica † Morir (vol. I), Paul Brannigan & Ian Winwood (Malpaso, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

 

Metallica acaban de ser reconocidos con el Premio Polar —considerado el «Nobel de la música»—  tras visitar España con cuatro sold outs —tres en Madrid y uno en Barcelona— en la gira de presentación de Hardwired… to self-destruct, su décimo álbum de estudio y, los de Malpaso, siempre atentos «a lo que se cuece», rematan la jugada sumando más munición metalera a este inicio de 2018 con la publicación del primer volumen de Nacer Crecer Metallica Morir, la biografía en dos tomos —ahí, con la modestia que les caracteriza— de la banda californiana, gestada a cuatro manos por los periodistas musicales británicos Ian Winwood y Paul Brannigan. Esperad riffs de proporciones mastodónticas, egos aún más ciclópeos, tragedias y éxitos rotundos, topicazos rockeros —mucho sexo, algo de droga y toneladas de alcohol— en versión XXXL y una trayectoria, tanto en la carretera como en el local de grabación, siempre de alto octanaje.

Winwood —colaborador de Rolling Stone, The Guardian, Mojo, Kerrang!, NME o la BBC— y Brannigan —pluma en Classic Rock, Rolling Stone, Q y Metal Hammer, además de haber escrito el libro This Is a Call: The Life and Times of Dave Grohl— se muestran en Nacer Crecer Metallica Morir como una dupla autoral de lo más resolutiva y dinámica, capaz de enganchar a cualquier tipo de lector, incluso a los más reacios al heavy metal y Metallica. Y cuando uno dice cualquiera lo está garantizando. Y es que, hablando claro, quien escribe tenía a Metallica como una de sus fobias predilectas en su adolescencia  y juventud…

… Porque ¡Dios, cómo los odiaba! Desde la voz de James Hetfield —cuyo nivel de irritabilidad sólo ha sido igualada por la de Matt Bellamy de Muse— y su machacona forma de acabar cada fraseo, a la ampulosidad megalomaníaca de sus canciones —¿cuántas versiones y secuelas van ya de Nothing else matters?—, a esas letras risibles o esa épica, a mi juicio, tan impostada, me resultaban del todo insufribles. Junto a Mecano, eran el MAL. Y me tocó padecerlos en una época en que el único debate posible en el instituto era discutir cuál era mejor, si Master of Puppets o el dichoso «álbum negro», mientras uno se convertía en una especie de «blando apestado» porque prefería disfrutar del recién descubierto Out of time de R.E.M. Pero entre Some kind of monster, el célebre documental que mostraba las vísceras de un grupo en descomposición y unos seres humanos realmente dañados, la venida del reggaeton, el trap o el hipsterismo —últimamente enamorado, «irónicamente», claro, de OT o la reunión de las Spice Girls— y, en definitiva, la distancia que proporciona el tiempo, las cosas se han puesto en su sitio. No, el trash metal sigue sonando horripilante a mis oídos, pero el estatus, la legión de leales fans y su peso en la historia del rock a Metallica no se les puede discutir. Respeto.

Hetfield, Ulrich, Hammett y Burton en 1984. Foto por “Banger” Bart.

Elaborado a partir de las conversaciones con los propios músicos, así como de aquellos que los han acompañado en algún momento de sus carrera, Nacer Crecer Metallica Morir se circunscribe a los años que van de su nacimiento como banda a la publicación del icónico Metallica, su quinto disco y el que los elevó al estrellato, las ventas masivas y el «Olimpo» del metal. Ese viaje, de principios de los 80 al inicio de la siguiente década, es un recorrido singular, tan intenso como volátil, con episodios verdaderamente dramáticos, en los que una idiosincrasia, también una estructura bastante disfuncional y contradictoria, fue forjándose a «sangre y fuego». Y, pese a que resulta evidente que Winwood y Brannigan son fans del cuarteto —la grandilocuencia habitual de las biografías musicales aquí adquiere tintes Tolkienianos y, por mucho que lo intenten, lo de justificar las letras de Hetfield no cuela—, los autores del libro saben presentar esas encrucijadas y momentos más que bajos con cierta ecuanimidad. Además, siendo sincero, uno siente algo parecido a la envidia al notar el irrefrenable entusiasmo con el que los periodistas narran la evolución de Metallica, tan alejada del habitual cinismo del «mundillo alternativo».

Ya de primeras, el lector puede comprobar que el cliché de la banda gestada en un garaje por un grupo de colegas, una pandilla, no encaja del todo con Metallica. Porque la relación entre sus cabezas visibles, James Hetfield y Lars Ulrich es, cuanto menos, curiosa. El primero, huraño, inseguro y golpeado con dureza tanto por el abandono paterno como por la estupidez provocada por la religión que acabó con su madre —sus creencias le impedían ser tratada— encontró en la música un vehículo para expresarse a la vez que un medio para canalizar su rabia y frustración. Para el segundo, en cambio, ambicioso, expansivo, comunicativo hasta lo cargante, vástago de una estrella del tenis danés, viajado y con recursos, liderar un grupo y encaminarlo hasta lo más alto era algo parecido a un camino natural, factible. Personalidades tan diferentes que su unión —igual que su amistad— parecía condenada de antemano. Y, sin embargo, de esa antitética y volcánica combinación manará el combustible para gestar algunas de las páginas más trascendentales de la historia del heavy metal.  

Marcados por una determinación hercúlea, que podrá contra toda suerte de vientos y mareas, Nacer Crecer Metallica Morir, resulta todo una aventura para el lector. Winwood y Brannigan son brillantes a la hora de exponer cómo el grupo se convirtió en la punta de lanza, la respuesta más contundente y definitiva, contra el «hair metal» y los Bon Jovis de la vida, hablándonos de los grupos con los que compartieron giras, festivales, correrías o enfrentamientos, los discos contra los que competían cada vez que se metían en el estudio, dando un estupendo repaso a la escena metalera por el camino. Poco a poco primero, exponencialmente después, los californianos lograrán congregar a una creciente y fervorosa cohorte de seguidores —lo que decía de la envidia unos párrafos antes, multiplicado aquí por mil—, además de la veneración de medios, convencidos de estar frente a la banda que podría lograrlo… sin venderse ni perder su credibilidad.

La formación con Jason Newsted en la época del “Black Album”.

No obstante, los mejores momentos de Nacer Crecer Metallica Morir son, a mi juicio, aquellos que descolocan sobremanera, que muestran el complejo dimorfismo de Metallica. Como el episodio en el que Hetfield y Ulrich echan al díscolo y algo nocivo Dave Megadeth Mustaine para reemplazarlo, ipso facto, por Kirk Hammett —siempre desplazado a un segundo plano—. O la espeluznante sangre fría mostrada para sobreponerse al accidente que acabó con la vida de su bajista Cliff Burton y, en apenas un mes, reclutar a Jason Newsted, objeto de todas las puyas y menosprecios imaginables por el despótico dueto titular, convertidos, por si existía alguna duda, en los absolutistas líderes de Metallica. O cómo la creciente fama abonaría una desbocada vertiente hedonista —donde Lars Ulrich acaba de caerte como «una patada»— en la banda más seria del planeta, luego empujada sospechosamente a escribir sobre cuestiones actuales y sociales. Y, finalmente, como el grupo anti-comercial por antonomasia aceptará —poniendo sus condiciones— abrir la puerta a la MTV y otros instrumentos mainstream de la industria para reventar todas las expectativas y convertir al heavy metal en una apisonadora superventas a ritmo de Enter Sandman al inicio de los 90. El monstruo Metallica, con al menos dos cabezas, había nacido. Y, con él, un segundo volumen de esta biografía que no podía prometer más… 

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