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Músicas contra el poder, Valentín Ladrero (La Oveja Roja, 2016)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Hoy traigo a Indienauta un LIBRAZO, en mayúsculas, indispensable para todo aquél que le interese la música y su relación, dispar, compleja, cambiante, con la política. Me refiero a Músicas contra el poder. Canción popular y política en el siglo XX de Valentín Ladrero, publicado por La Oveja Roja —por fin, había ganas de tenerlos por aquí— a finales del año pasado y que «rescatamos» ahora con todos los honores, porque estamos ante una obra que no podía dejarse pasar, bajo ningún concepto. ¡Ah! Un aviso previo. Hipsters, «cuñaos» y radioformuleros. Esto no va con vosotros, lo siento. Aquí hay que «mojarse».

La bastante enigmática biografía del madrileño Ladrero, periodista, sociólogo, parte de la industria musical durante década y media —habla de redención y desintoxicación, por lo que podemos vislumbrar que la cosa no acabó demasiado bien—, y actualmente activista en el movimiento ecologista y autor de varios libros de inequívoco compromiso social, apenas hace presagiar lo que se le viene encima al lector de Músicas contra el poder. Una especie de enciclopedia —infinitamente más entretenida, huelga decir— de todos —o prácticamente— los movimientos musicales y/o artistas que tuvieron/han tenido/tienen «algo que decirle» al pasado siglo XX. O, si queréis verlo desde otra perspectiva, una historia alternativa de la pasada centuria… a partir de su banda sonora.  

Hermano del colosal 33 revoluciones por minuto de Dorian Lynskey que aquí nos llegó en 2015 de la sabia mano de Malpaso —otra lectura absolutamente obligatoria—, Ladrero no se arruga ante la que es una empresa incluso más titánica que la del autor británico, ya que logra superar el tan habitual canon occidental-anglosajón para ofrecernos un mapa musicopolítico del mundo que, a excepción de Asia y países del Este —y, a bote pronto, pequeñas grandes hazañas como la Singing Revolution en Estonia y, en menor medida, Lituania— resulta de lo más completo y estimulante.

Porque Músicas contra el poder tiene de todo. Empezando con «Mamá África», indiscutible origen, para trazar esa línea firme pero difuminada por la era digital que va del blues al hip hop. Saltando a las «melodías de la contienda», de la Guerra Civil a los campos de concentración. Buceando sin miedo por la canción popular, dando entrada al flamenco, el tango, la chanson, la rumba, los narcocorridos, el tropicalismo, la nueva canción —leer sobre Víctor Jara y Violeta Parra «desde la cabeza» pero sin renunciar a la emoción siempre tocará la fibra sensible de este servidor—, trova cubana… Pasando por el poder del baile y sus crónicas en clave migratoria y racial, entre la subcultura y la revolución. Regresando a EE.UU para lidiar tanto con la América de la contracultura como con la redneck. Lidiando con la rabia punk, las tribus urbanas obreras, el ambiguo post-punk o la efervescencia hardcore. Adentrándose en la discoteca y la androginia para hablar de sexualidad y género. Volviendo a África vía Jamaica. E intentando dirimir si existe un «sonido antiglobalización» o, si por el contrario, la única revuelta es tecnológica y… ¿cibercapitalista? Lo dicho, de todo.

Pero Ladrero no quiere hacer una cronología de estilos. Ni mucho menos. Lo que pretende en Músicas contra el poder es mostrar qué músicas estuvieron en esos momentos fundamentales, de transformación crucial a nivel político-social, y cuáles eran sus intenciones, su papel: la resistencia, la revuelta, el desahogo bilioso, el escapismo hedonista y, por desgracia, también el puro servilismo al sistema, al poder. ¿Confrontación versus estética? ¿Ideología versus arte y creatividad? ¿Denuncia versus vanguardia? ¿La música es generadora de las transformaciones o tan sólo fagocitadora de la realidad social? Las dicotomías y, por supuesto, las contradicciones están ahí, siempre presentes, y Ladrero tampoco rehúye su análisis, dotando a su obra de una dimensión sociológica novedosa en este tipo de libros.

Músicas contra el poder es una lectura densa —no tanto por rebasar holgadamente las 600 páginas, sino por lo ambicioso de su contenido— y, como es inevitable, los capítulos pueden resultar algo farragosos o, muy al contrario, demasiado cortos, dependiendo de nuestros intereses. Por eso, recomiendo ir degustándolo por capítulos, con calma, yendo a recordar o a descubrir por primera vez esas canciones, artistas y formaciones que menciona. Introduciéndose en este pantagruélico fresco musical con los oídos al mismo tiempo que con la vista. Investigando por uno mismo que hubo, hay y —esperemos— haya detrás de cualquiera que se suba a un escenario con otros propósitos más allá de entretenerte. ¿La música no tiene valor como actor político, como agente de cambio o, al menos como elemento de concienciación social? Quizás no estés escuchando bien. Quizás deberías cambiar de «frecuencia»… Aquí tienes una tonelada de ellas.

 

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