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Memorial Device, David Keenan (Sexto Piso, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

«Vi tantas lunas muertas dando vueltas alrededor de una estrella.
Que te den, dije.
Yo soy la puta estrella.
Quedé enganchada a la escena musical.
La escena del arte estaba colapsada.
La de la moda era banal.
La de los libros transcurría a puerta cerrada.»

Y así durante casi 300 sorprendentes y fulgurantes páginas. Porque Memorial Device, el debut en la ficción del poeta, crítico y periodista musical —Wire— escocés David Keenan —además de haber sido dueño del sello underground Volcanic Tongue y miembro del grupo Taurpis Tula— que nos trae Sexto Piso es, al mismo tiempo, cautivadora novela generacional, «artefacto literario» de primera magnitud y singular, también desconcertante, homenaje-retrato del postpunk a través de la ficticia escena musical en la pequeña ciudad de Airdrie y sus localidades vecinas de North Lanarkshire, así como de su banda más icónica, los Memorial Device.

Construida como si estuviéramos frente la gestación de un documental musical o uno de esos libros orales estilo Pequeño circo, Por favor, mátame o Todo el mundo adora nuestra ciudad, Memorial Device. Una alucinada historia oral de la escena postpunk en Airdrie, Coathbridge, y alrededores (1978-1986) —el impagable subtitulo se las trae, ¿verdad?— reúne los encuentros y entrevistas del cronista-editor Ross Raymond con aquellos quienes fueron parte del movimiento y tuvieron contacto con el grupo titular, mejor dicho leyenda local, alrededor del cual podemos decir que éste se articuló. Un conjunto inasible, un misterio irresoluble, con un aura de «malditismo» e insobornable idiosincrasia artística. Un epítome fugaz e imposible de un estilo musical, una estética y actitud absolutamente reconocible para cualquier amante del género. Tinieblas, también sueños, cielos plomizos, inquietud sónica y emocional, febril visceralidad. Imposible no pensar que Airdrie podría ser Macclesfield y Lucas Black, frontman de la banda, un trasunto del malogrado Ian Curtis

Pero no estamos ante una recreación literaria de la historia de los mancunianos en versión escocesa. Ni por asomo. Primero, porque la estructura coral de Memorial Device resulta en un planteamiento tan arriesgado como fascinante. Uno que permite a Keenan explorar distintos registros narrativos —que aquí disfrutamos gracias a la traducción de Juan Sebastián Cárdenas—, y crear una pléyade de voces y personajes de lo más peculiar que, sin embargo, posee un tono y una unidad extrañamente cohesiva —quizá incluso demasiado similar en el primer tramo del libro— durante toda la novela. Y, segundo, y sobre todo, porque la música se convierte, a medida que avanzamos en la lectura, casi en una excusa para hablar sobre la juventud de la época, rabiosa y doliente, aspirante a la profundidad y a la tragedia —no es baladí la inflexión mordaz que Keenan introduce en las cuitas existenciales de estos proto-hipsters y sus ínfulas existencialistas—, abocada sin embargo a una muy real desorientación, rayana en la locura y a una más que creíble, demoledora, tristeza.

Sexo, muerte, enfermedad, dramas y relaciones que implosionan, drogas, delirantes performances, viajes —París y Palestina, ¿romance y pesadilla?—, música tan oscuramente seductora como incomprensible, etéreas disquisiciones sobre la condición humana cercanas a la pura alucinación… Memorial Device es el relato multiforme, a ratos demente, pero siempre apasionado e intenso, de un momento, un lugar y unos seres, extravagantes, inquietos y rebeldes, dispuestos a intentar transformar su comezón interna en algo plausible e… ¿ilusionante mientras durase? Al ser una «reconstrucción» de un período pasado, los personajes se debaten entre la nostalgia, el dolor ante el recuerdo íntimo y pesaroso o el puro distanciamiento, a veces incluso irónico —todos necesitamos protegernos de nuestra memoria—, que procura el tiempo, hasta el punto que el libro podría funcionar como una colección de relatos bajo la coartada de una generación marcada, también derrotada, por una determinada explosión musical. Ese proceso alquímico por el que la vida real se transforma en arte. Y viceversa.

Y ese es, en mi opinión, uno de los mayores «hechizos» que provoca la lectura de esta novela. El no poder «atraparla», racionalizarla si se quiere, en su totalidad. Su estructura «documental», poliédrica, hipnotiza y descoloca a distintos niveles. Versiones, miradas y enfoques distintos acerca de la misma historia. Experiencias muy diversas sobre los mismos hechos —aquí con forma de sonidos, canciones, discos, conciertos, personas y lugares comunes… por favor, nos os saltéis el apéndice—. Un retrato de unos años y un lugar muy concretos que, por fuerza de sus actores principales, se desdibuja y desborda los límites de esa Airdrie turbadora y en ruinas. Y que, cualquiera que haya alucinado con los aullidos de Siouxsie Sioux alguna vez, podrá establecer una  asociación inmediatamente con el magnetismo del personaje, tan capital como escurridizo, de Mary Hanna. O que, todo aquél que escuche Atmosphere con la solemnidad y reverencia que merece, reconocerá ese mismo misterio en la forma en que la música de los Memorial Device, surgida de algún lugar muy profundo y sombrío de un ser humano sufriendo, nos es presentada en estas páginas. Si hubieran existido, Memorial Device hubieran sido una banda increíble porque, desde luego, tienen una biografía memorable.    

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