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Manual para mujeres de la limpieza, Lucia Berlin (Alfaguara, 2016)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

«No me importa contarle a la gente cosas terribles si puedo hacerlas divertidas».
Lucia Berlin

No suele ser precisamente la norma, pero algunos hypes literarios —también los hay, no son solo cosa de Pitchfork— están más que justificados. Es el caso de la antología de relatos Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin, que nos llega de la mano de Alfaguara tras su publicación en Estados Unidos el año pasado, convirtiéndose en un inesperado fenómeno editorial al colarse en las listas tanto de los mejores libros como de los más vendidos de 2015. Fallecida en 2004 a los 68 años, este descubrimiento póstumo —sus setenta y siete cuentos aparecieron, sin pena ni gloria, repartidos en seis libros entre finales de los 70 y principios de los 90— ahora se torna en una suerte de reivindicación para una autora formidable y muy especial. Aunque tarde, bienvenida sea la justicia literaria.

Y es que Lucia Berlin, nacida en Alaska pero auténtica nómada en su tremendo periplo vital —sustancia primaria, eje fundamental de sus variadisimos cuentos—, es una narradora «mágica». En sus historias «pasa de todo», con frecuencia al mismo tiempo, lo que con frecuencia provoca en el lector una sensación de caos, la sospecha de que la escritora está a un paso de perder el hilo del relato. Pero, en la mayoría de las casos, sus pequeñas «excursiones» y sempiterna verborrea no hace más que apuntalar el realismo de una existencia compleja, agitada y plena, a la vez que nos despista antes de alumbrarnos con ese instante en que una pluma privilegiada se transforma en algo más preciso, más revelador, que la más perfecta fotografía, cámara o radiografía. Son relatos llenos de vida. Mejor dicho, son luminosos pedazos de una vida con forma de relatos.

Idaho, Arizona, Texas, padres ausentes —en combate o por la botella—, colegio de monjas, Santiago de Chile, matrimonios fallidos, crianza de cuatro hijos sola, California, Nueva York, México, alcoholismo —al que pudo derrotar—, Colorado, graves enfermedades crónicas —escoliosis desde los diez años— y una pléyade de trabajos, a cuál más variopinto —señora de la limpieza, profesora, telefonista, auxiliar de enfermería, administrativa— para sobrevivir y sacar a su familia adelante mientras la escritura se abría paso… Una vida intensa y rica reflejada en historias por donde también «se cuelan» cuestiones como la clase social, la política, el racismo, el rol de la mujer en la sociedad, el papel de la familia, la sexualidad, el paso del tiempo… Torbellinos emocionales comprimidos en una decena de páginas, incluso menos.

Como bien señala Lydia Davis —otra escritora ilustre— en el más que recomendable prólogo, con los textos de Lucia Berlin «nunca sabemos muy bien que viene a continuación. Nada es previsible. Y aún así todo es sumamente natural, verosímil, fiel a nuestras expectativas psicológicas y emocionales». El equilibrio entre su sentido del humor y lo implacable de lo que nos cuenta es fascinante. El drama y la tragedia están bien presentes: muertes, derrotas, decepciones inmensas, decisiones terroríficas, demoledores errores y pasos en falso. Pero Berlin huye del fatalismo y siempre logra transmitir al lector que hay «un capítulo más». Que siempre hay algo más que decir. Las abundantes e inevitables comparaciones con el genial Raymond Carver —aunque es cierto que la escritora admiraba al de Oregon, ¿hay algún escritor/a de relatos que no haya sido comparado con él?— tienen sentido en lo que se refiere al estilo: frase corta, precisión, desapego. Pero nada tiene que ver con la empatía, curiosidad, ansia por observar y establecer vínculos entre seres humanos con la que Berlin insufla a sus historias. No, Berlin recuerda poderosamente a Grace Paley, otra autora imprescindible y con frecuencia injustamente soslayada. Ambas consiguen contagiar una inexplicable alegría de vivir al leerlas.

La antología, traducida con maestría por Eugenia Vázquez Nacarino, comprende más de cuarenta relatos, por lo que se hace imposible enumerarlos todos. Yo recomiendo degustarlos poco a poco, saborearlos —también para no perderse con tantos acontecimientos, información y cambios—. Y dejarse sorprender, por ejemplo, con el lapidario y sin embargo cómico final de Doctor H. A. Moynihan; maravillarse con el cuento que da título a esta colección y Apuntes de la sala de urgencias, 1977, ejemplos pasmosos de su talento para encapsular mil y una historias en unas pocas páginas; asombrarse con su habilidad para hablar de temas tan peliagudos como el aborto, el cáncer o la adicción en Dentelladas de tigre, Penas o Carmen; disfrutar de la aventura y sensualidad de Toda luna, todo año; enternecerse inmediatamente con los ancianos Anna y Sam de Amigos; soliviantarse con la mezquindad racista y clasista de Querida Conchi y la agudísima reflexión sobre las diferencias causadas por el origen social y geográfico de Buenos y malos —mi elección si tuviera que quedarme con un sólo relato—, en el que Berlin nos regala un personaje absolutamente memorable en la comprometida políticamente y desubicada profesora norteamericana… En definitiva, un auténtico mundo por descubrir. No os perdáis a Lucia Berlin.

 

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