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Manifiesto redneck, Jim Goad (Dirty Works, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Los escalofriantes relatos de Knockemstiff de Donald Ray Pollock. La edificante —¿demasiado?, es puro «self-made man USA»—, y reveladora peripecia vital de Hillbilly, una elegía rural de J.D. Vance. Las certeras y sentidas Crónicas de la América profunda de Joe Bageant. O la minuciosa y poética mirada de Elogiemos ahora a hombres famosos de James Agee y Walker Evans. Llevamos unos meses —bueno, en realidad años, el tema siempre ha sido debilidad de quien escribe— en los que la población blanca pobre de los Estados Unidos ocupa una notable parte de nuestras lecturas. Hoy «cerramos el círculo» con Manifiesto redneck de Jim Goad, que nos llega de la mano —no podía ser otra, casi podría ser su texto fundacional— de Dirty Works. Un ensayo singular, mordaz y a la yugular, sobre cómo nació, creció y se desarrolló la denominada «Nación de la Basura Blanca»… y por qué le sobran los motivos para estar más que cabreada en estos primeros años del siglo XXI.

James Thaddeus Goad, periodista, actor, editor de la iconoclasta revista ANSWER Me!, y orgulloso redneck de pies a cabeza, es alguien cuyas memorias tienen todas las papeletas para convertirse en un futuro «libro negro», —¿oído cocina?— y un escritor que en Manifiesto redneck intenta lo que puede considerarse una hazaña literaria. Casar humor, cafre, generoso en esputos y espumarajos, con una radiografía bien documentada y fundamentada de las razones del ostracismo, marginación y denigrante vilipendio de la que considera su clase: el blanco pobre. Huelga decir que lo logra, y con creces. Y, además, recuperada veinte años después de su publicación original, su peculiar vitriólica diatriba /sesudo estudio se convierte en un suculento antecedente para empezar a entender por qué hay un nazi presidiendo la Casa Blanca.

En realidad, la tesis de Goad —con la que no podría estar más de acuerdo, dicho sea de paso— es una y muy clara. El problema de Estados Unidos —añadiría que de todo el planeta— es de clase. La clase dirigente, los poderes económicos, la casta, que diría Owen Jones, César Rendueles o Pablo Iglesias, ha aplastado y aplasta a las clase trabajadora, que en Estados Unidos, por supuesto, incluye a la población negra pero, sobre todo, se refiere al blanco pobre que, para más inri, es el grupo social sometido a mayores escarnios públicos, siendo el cabeza de turco ideal al que culpabilizar de todos los males que asolan el país. Vamos, que aunque no esté muy de moda, yo no enterraría a Marx todavía.   

Del origen de sus múltiples, siempre injuriosas, denominaciones —un estudio etimológico tan pormenorizado como deprimente—, pasando por su amargo encasillamiento actual, no sólo como los zafios, analfabetos, «bárbaros de las caravanas» que afean pueblos y ciudades, sino como los principales instigadores del odio que envenena su país, la exposición de Goad no deja títere con cabeza. Bucea en la historia —amparándose sabiamente en el indispensable Howard Zinn— para contarnos cómo el recurrente relato sobre la esclavitud negra ha relegado al olvido la crónica de la servidumbre blanca. Cuestiona, con causticidad e ingentes dosis de mala uva, las decisiones del poder —económicas, militares, socioculturales— que han postergado a la pobreza y, lo que es aún peor, a la falta de esperanza, a los suyos. Y dispara con bala contra medios de comunicación, agentes culturales —el recuento paralelo del retrato del redneck en cine y series no tiene desperdicio— y, muy especialmente, los liberales, por su indeleble contribución en la creación de esa imagen terrorífica, abominable, del «paleto de las colinas».  

Manifiesto redneck no pretende «hacer amigos». Ni por su tono, avinagrado bajo toda esa capa de abrasiva hilaridad. Ni por su contenido, irreverente en grado sumo, versus lo que él considera el discurso establecido y la clase dominante. Hay momentos absolutamente descacharrantes, como el capítulo Rezar duro, dedicado, en apariencia, a diseccionar la religión de los bumpkin. Serpientes, aliens, Elvis, Bigfoots se suceden en una retahíla de absurdos desopilantes… que Goad utiliza para atizar sin piedad a las religiones tradicionales, tan repletas de sinsentidos —la página 211 es memorable— como las astracanadas hillbillies. O cuando nos describe las formas, dementes y furibundas, con las que ajustaría cuentas con los progresistas. Hipsters, mucho ojito con la lectura de este libro. Vais a necesitar mucha comida y bebida «bio» y «detox» para digerirla bien…

Por otro lado, algunas argumentaciones de Manifiesto redneck son bastante discutibles. Y es que en el fondo, uno de los flancos más débiles en las ideas de Goad es que muchas se sustentan en ese bastante simplista discurso del «y tú más», en este caso al nivel víctima —«yo soy un redneck porque el mundo me ha hecho así, porque nadie me ha tratado con amor», dice la canción, ¿no?—, traducible aquí a un «sí sí, los negros sufrieron mucho y todo eso, pero y ¿los blancos qué?» Es decir, que la refutación del alegato preconcebido, necesaria y lúcida, en ningún caso puede anular la de la existencia manifiesta del racismo en su país. O como cuando justifica la bondad de negarse a pagar impuestos, y lo que es peor, no sólo de estar permanentemente armados, sino incluso de las criminales milicias, en base a épocas pretéritas, fundacionales. Apenas hay crítica alguna a los de su condición —engañados, utilizados y humillados, sin duda, pero su contribución a hacer de su país una democracia más social y menos capitalista es más bien escasa—, y tampoco ninguna propuesta constructiva. Para ser un manifiesto, no hay objetivos más allá de «cagarse en todo y en todos»…

Siendo ecuánimes, varias de las críticas anteriores deben situarse en su justo contexto. Goad escribió su Manifiesto redneck antes de Bush II —una secuela aún más tonta— y la venida de Donald Trump —una secuela aún más bochornosa—. En un tiempo en el que, al menos que sepamos, no se produjeron episodios «aislados» —nótese la ironía— como Ferguson o Charlottesville; en el que los supremacistas blancos no tenían cargos Top en la Casa Blanca; cuando Breitbart no existía y la Fox no era la cadena más vista en Estados Unidos. En un período en el que sus «adorados» —ídem de la acotación anterior— demócratas «moverían cielo y tierra» para perder las elecciones. En ese sentido, el texto de Goad debe contemplarse como un valiosísimo precedente de la situación actual, brillante tanto por su denuncia central, la del clasismo y manipulación del blanco obrero en América como motor de la historia de su país, como por el estilo de su prosa, viperino y divertidísimo, extremadamente inusual para un ensayo acerca de temas tan serios y sensibles. Y, al mismo tiempo, por ser una muestra fehaciente de las contradicciones de un país inasible y, por ello, fascinante. Un lugar entre el «aislacionismo libertario» y el «destino manifiesto». Que nos ha dado a Thoreau, pero también a Unabomber. A Pat Buchanan y Martin Luther King. A Woody Guthrie y al Ku Klux Klan. Edgar R. Murrow y William Randolph Hearst. Woodstock y la Patriot Act. Edward Snowden y Dick Cheney —por citar a uno—. Un país, en definitiva, en el que los pobres blancos, machacados y denigrados por el capital y los políticos a su servicio, deciden votar a un millonario incompetente… 

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