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Los enamorados, Alfred Hayes (La Bestia Equilátera, 2011)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Qué curioso y, con demasiada frecuencia, caprichoso e injusto es el arte. Pasa con la música, el cine y, como en el caso que nos ocupa, la literatura. Un montón de obras se producen año tras año, sin descanso… y sin demasiado criterio. Inmundas porquerías copan las listas de ventas y se convierten en fenómenos comerciales —sólo comerciales— mientras que libros mucho más sustanciosos y perdurables quedan en el más absoluto olvido. ¿Es lo que el público prefiere o es lo único por lo que se prefiere apostar? Hasta que alguien arriesga y apuesta por publicar calidad. El ejemplo de hoy es palmario. Os presento Los enamorados.

¿Novedad? Técnicamente no. Publicada originalmente en 1953, la obra literaria de Alfred Hayes —nacido en Reino Unido pero criado en Estados Unidos— parecía condenada al ostracismo, aunque el autor sí obtuviera reconocimiento como guionista de Hollywood, colaborando con mitos como —ahí es nada— Roberto Rossellini, Vittorio de Sica, Fritz Lang o Nicholas Ray. Pero hace apenas unos años The New York Review of Books reivindicó su nombre como uno de los mejores escritores de su generación. De nuevo el buen ojo de la editorial argentina La Bestia Equilátera completó el rescate con la publicación, por primera vez al castellano, de Los enamorados en 2011. Y cerrando el círculo, tras tres ediciones —quizá el público sí está dispuesto a leer buena literatura, si se le proporcionan buenas obras— la novela nos ha llegado finalmente aquí. Sé muy bienvenida.

Y es que Los enamorados es una rareza estilística y formal para explicarnos la historia más vieja del mundo. El amor y, sobre todo, el desamor, el sufrimiento y los mind games, que diría John Lennon, que éste provoca. Una historia mínima que se inicia en un bar —seguramente lo más flojo del libro, es un pretexto poco consistente y actualmente demasiado manido—, un flashback en que nuestro destrozado protagonista explica su relato sentimental a una desconocida. Un fracaso tras un fracaso tras un fracaso… y vuelta a empezar.

Porque el relato, condensado en 140 páginas, tiene mucho de cinematográfico pero muy poco de comedia romántica con final feliz made in Hollywood. Hayes nos introduce en una relación sentimental en donde los componentes de la pareja no tienen ni nombre. Él es un aspirante a escritor bastante indolente y pagado de sí mismo. Ella una hermosa mujer divorciada con una hija de 5 años y sueños pospuestos, frustrados. Él, afligido perdedor, define con demoledora precisión qué buscaba con la relación: “un idilio muy conveniente, fijo en invariable, una secuencia de placeres que no alteraría seriamente mi vida […]. y me liberaría de la presión de la soledad”. Los jóvenes corazones desolados, que diría el inigualable Richard Yates.

La relación entre ambos es gris. No hay dramas ni situaciones tremebundas, sino una realidad desapegada y exasperante. El lector asiste, cuál voyeur invitado a una domesticidad inmisericorde, a dos seres capaces de hacer anodinos los afectos y sentimientos que se profesan. Hayes expone todo al lector, como si fuera un forense y pudiera diseccionar las cabezas de hombre y mujer y, aunque el prisma es obviamente subjetivo -menudas peroratas tiene nuestro insufrible hombre consigo mismo-, es difícil no reconocer(se) en alguna de las situaciones descritas.

Y entonces surge el detonante. Primero con otro recurso algo discutible -el daño que a veces hace el cine, es clavadito a Una proposición indecente-. Pero rápidamente, superado el escollo argumental, después se revela como tremebunda y dolorosamente real crónica de la ruptura. Y la miseria humana.

Sin hacer demasiado spoiler, la aparición de Howard y la construcción del triángulo amoroso no es un recurso de Hayes para hacer avanzar la novela. Sino el resorte para hacer papilla a su anónimo dúo protagonista. Sin perder nunca el tono y la modélica contención de la obra, Los enamorados se transforma entonces en un fresco terrible sobre las aspiraciones, el rencor, la satisfacción en hacer daño al otro, la autocompasión, el pragmatismo más aterrador, la mentira. ¿Hasta dónde se puede llegar por amor? Hasta convertirte en un monstruo. Habrá que seguir bien atentos a los, esperemos, próximos rescates de la obra de Alfred Hayes.

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