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Las chicas, Emma Cline (Anagrama, 2016)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Hoy en Indienauta nos sumamos a uno de los fenómenos literarios del año —en Estados Unidos, y va por buen camino en España—. Y es que, de la mano de Anagrama, traigo Las chicas, novela de debut de la todavía veinteañera Emma Cline, escritora californiana convertida en todo un hype. Mareantes cifras en la adquisición de sus derechos, tanto del propio libro como de su futura adaptación al cine. Vertiginosa traducción a nada menos que 35 idiomas —aquí se encarga Inga Pellisa, dos palabras que impresas en un libro equivalen a «traducción impecable» y, lo que más me alucina, lecturas harto recomendables—. Unánimes parabienes de la crítica, incluyendo multitud de autores y personalidades de renombre —Jennifer Egan, Richard Ford o Lena Dunham, por citar algunos—. ¿A qué se debe tanto revuelo? No es fácil de explicar…

Porque Las chicas no incluye varitas mágicas. Ni recetas de cocina. Ni biografías de «presuntos famosos». Ni remedos más o menos chuscos de historias que Hitchcock ya contó en su momento. Ni, entrando en terrenos «patrios», tampoco habla de catedrales en ciudades entregadas a los turistas o de fantasmas —apolíticos, claro— de la Guerra Civil Española. Para nada. Partiendo de una época, el final de los sesenta en California, el recurrente Verano del Amor, tan sobreexplotado que pronto tendrá su propia cerveza y festival indie de rigor, y apropiándose libérrimamente de la figura de Charles Manson, su comuna y sus horrendos crímenes, Emma Cline cambia radicalmente el foco de la historia —en sentido literal y figurado— para ofrecernos un inesperado «soplo de aire fresco» literario. Una mirada incisiva, fascinante y perturbadora de la adolescencia. Una «vuelta de tuerca» a las llamadas novelas de formación que se desarrolla implacable entre padres que nunca deberían haberlo sido, misticismo barato, feminidad en ebullición y confusión, soledad y mugre, mucha mugre. Umm… si le añadiéramos las redes sociales y los dichosos selfies, la novela podría perfectamente titularse Las chicas 2.0.

La novela es el relato de Evie Boyd, la madura narradora protagonista de Cline, desde un presente sin rumbo, gris plomo, completamente atascado, que la invita constantemente a rememorar con primoroso detalle esos meses que marcaron para siempre su existencia. La experiencia vivida a los 14 años, cuando sus vacaciones estivales, que transitaban entre los aún soterrados «choques de incomunicación» con su madre ausente en busca de nuevo marido, anodinos días con su amiga Connie y un incipiente despertar sexual, sufrirán todo un «cataclismo» al conocer a Suzanne y sus peculiares compañeras. El fortuito encuentro con la joven de 19 años —trasunto de Susan Sexy Sadie Atkins—, libre, osada, sensual e inabarcable, rápidamente se transforma en obsesión. Una fijación que la hará entrar a formar parte del grupo-comuna-secta. Una más del séquito de Russell —Manson, aquí retratado de un plumazo como un manipulador pasivo/agresivo e, intuimos fácilmente, auténtico depredador sexual—, en ese rancho de apariencia deplorable pero que la joven Evie abraza como el acogedor hogar de su nueva familia —insisto, la real es prácticamente inexistente—. Y también con el desespero de quien necesita sentir afecto, permanente atención y deseo.

Uno anticipa la «espiral hacia el desastre». Sin embargo, la sorpresa es que, las drogas, el sexo, los delitos y traiciones, los escasos estallidos de violencia que presenciamos y, finalmente, los abominables crímenes —la revisión ficcional de los asesinatos Tate-LaBianca que conmocionaron a todo un país— son el contexto, no el fondo de Las chicas. Como decía al principio, lo que a Cline le interesa es bucear, sin miedos, sin límites, y con una prosa abrumadora —no confundir con recargada, para nada—, plagada de hallazgos en forma de frases memorables y hermosamente certeras, en la psique y las emociones de una adolescente abducida por un microcosmos nuevo, diferente, misterioso y, ¿por qué no?, peligroso. Infinitamente más seductor y atractivo que la opresiva realidad que le aguarda en casa, en definitiva. Creando su propio mito mediante la vivencia, íntima, sobrecogedora y no del todo comprensible, ni a los 14 años ni en plena mediana edad. No todo iba a ser Woodstock…

¿Es Evie completamente inocente de sus actos? ¿Es sólo una joven inconsciente? ¿Está manipulada? ¿De verdad no se da cuenta de lo que pasa? ¿O es su ambivalencia deliberada? En mi opinión, la respuesta a todas esas preguntas es afirmativa. Y eso provoca en el lector momentos de auténtico y profundo desasosiego —desasosiego nivel Tenemos que hablar de Kevin de Lionel Shriver o Martha Marcy May Marlene si hablamos de cine—… pero no solo con nuestra púber protagonista. El malestar se acrecienta asimismo al pensar que la narradora del libro es una persona ya adulta y que, pese a la distancia del tiempo, la atracción sigue ahí, imposible de borrar. O al leer la inquietante escena en la que Sasha es «cosificada» por su novio y amigo de éste —sus interlocutores, la excusa narrativa de Cline para hacer hablar al personaje central—, una sutil y, no obstante, demoledora manera de señalarnos que la Evie núbil sigue evidente, desgraciadamente, presente en nuestros días. Bravo por los autores que, como Cline, se atreven a crear personajes tan poliédricos como redondos y creíbles. Y es que los seres humanos tendemos, por mucho que la Fox, Hollywood o Spotify se empeñen en homogeneizarnos, a ser complejos y contradictorios. Vulnerables, impulsivos, gregarios, egocéntricos, valientes, dependientes, melodramáticos… todo al mismo tiempo, como Evie. Por una vez, hype más que justificado. Gran debut de Emma Cline.

 

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