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Kes, Barry Hines (Impedimenta, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

El cine de Ken Loach es parte destacada de la «educación sentimental» de un servidor. Así que cuando la indispensable Impedimenta anunció la publicación de Kes, novela de Barry Hines considerada todo un clásico del realismo literario británico y que el director de Warwickshire trasladó a la pantalla en 1969 —una de sus primerísimas películas—, esta pasó a ser lectura obligada. Billy Casper y su halcón, de nuevo…

Kes, en buena parte propulsada por la icónica adaptación cinematográfica, es la novela más famosa del escritor y guionista de radio, televisión y cine —de hecho, co-escribió el guión con el que su texto se trasladó a la pantalla grande, siendo la primera de sus colaboraciones con Loach—Barry Hines, fallecido el año pasado. Originalmente publicada en 1968, estamos ante una historia sencillísima «en la superficie»: la miserable vida del adolescente Billy Casper discurre entre un presente deprimente de pobreza, familia ausente —literalmente y de facto—, bullying escolar y un futuro desolador e inevitable de trabajo degradante e inhumano, más que posiblemente en la mina, igual que su hermano Jud. Hasta que se topa con un cernícalo, un ave a la que entrenará y rápidamente será la razón de su existencia. Su esperanza.

La aparente simpleza de la trama de Kes pronto revela su demoledora profundidad. El retrato social de Hines es durísimo. No estamos leyendo únicamente sobre el devenir de Billy, sino el de toda la juventud suburbial del sur de Yorkshire. Es el verdadero no future, que no necesita de ropajes en tiendas cool del West End, ni de extravagantes productores-agentes supuestamente subversivos. Es el aplastamiento de generaciones y generaciones a través de un sistema educativo entendido como almacén de bestias, depósito infinito de inminente mano de obra barata, sumisa y alienada. Es la presencia siempre cercana de la violencia, ya sea del profesor, hermano o compañero, como desahogo de las asfixiantes frustraciones, forma cazurra de lidiar con el interminable, tedioso, tiempo —pronto vendrán el alcohol, la televisión, o las drogas—, o contundente recurso para detener cualquier conato de insurrección. En definitiva, auténtica «carne de cañón»…

… Y, sin embargo, «respira». Una vez Billy descubra y comience a adiestrar al halcón, el muchacho tendrá algo a lo que «agarrarse». Los fragmentos en los que Hines se recrea en esa especie de simbiosis entre nuestro protagonista y Kes, reverencial, sincera, también desesperada —la conmovedora dependencia del crío respecto al animal es evidente—, son tan hermosos literariamente como claves para entender el «tuétano» del libro. En cada esplendoroso vuelo del ave salvaje, feroz, es Billy también quien vuela. Es él quien se aleja de toda esa angustia e injusticia que le rodea, también de las poco aconsejables pandillas con las que anteriormente perdía el tiempo. A través del noble Kes, de esos instantes sublimes, Billy es libre.          

A medida que avanza la novela, el contraste entre el abismo cotidiano y las brechas de promesa, de ilusión, incluso sus sueños, se hacen cada vez mayores. Profesores amargados y coléricos, caso del señor Gryce o el señor Sugden, iracundo profesor de educación física —profesión que ejerció Hines, quien estuvo muy cerca de dedicarse al fútbol profesional—, que no duda en dar rienda suelta a su rabia consecuencia de una derrota en el partidillo de balompié organizado durante su clase, chocan con el genuino interés del señor Farthing —maestro que es la excepción a la regla en el instituto—, en estimular a los alumnos, motivarlos, corolado en esas emocionantes páginas que van de la 85 a la 97, pura «magia» literaria —y que a uno le hacen rememorar películas con la educación como tema y que le llegaron muy dentro, como El club de los poetas muertos, Hoy empieza todo o Ser y tener—, en las que Billy, con una elocuencia e intensidad inesperada, narra al resto de la clase como es cuidar y entrenar a Kes. Es el ansia, el anhelo del joven por llegar pronto a casa para dar de comer al ave en oposición a la entrevista funcionarial, cuasi desalmada, con el representante de empleo juvenil. O, finalmente, es el orgullo de Billy cuando le enseña a Kes al profesor Farthing versus la explosión de ira de Jud, que desencadenará el final de la novela. Dos mundos antagónicos, condenados a la colisión.

Incluso si el lector no ha visto la película, puede anticipar que la lucha, terriblemente desigual, sólo puede decantarse hacia un lado. Pero aún siendo conocido, cuando el desenlace llega, simplemente te destroza. De hecho, el final de la novela es aún más pesadillesco que la adaptación de Loach. Aunque uno quiere pensar —dejad que me engañe, al menos— que Hines dejó un resquicio al lector para la duda digamos optimista, para la especulación positiva. Una en la que el frágil, algo escuchimizado, posiblemente no demasiado brillante y absolutamente inolvidable Billy nunca volverá a ser el mismo. Una en donde, y gracias a Kes, ha crecido y visto que su vida podría tener otra dirección. Paro antes de que se me agüe la vista otra vez. Por si no ha quedado claro, lectura indispensable. Y luego ved la película también…

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