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“Jugador”, Alexander Baron (La Bestia Equilátera, 2012)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Llegamos tarde a esta cita, pero llegamos. Menudo descubrimiento es este Jugador, nuestra primera lectura en Indienauta cortesía de La Bestia Equilátera. Menudo hallazgo este Alexander Baron, escritor que consigue ser al mismo tiempo sinuoso y diáfano, preciso como un neurocirujano en la mesa de operaciones e insondable como todo aquel que se adentra, con sabiduría y honestidad, en las complejidades de los deseos y adicciones humanas.

Publicada originalmente en 1969 y traducida por primera vez al castellano, Jugador es un viaje a los infiernos cotidianos de las vidas en los bajos fondos —el único “pero” que le pondría a la novela es la traducción de su título, ya que el original, Lowlife sería algo así como Bajos Fondos o Escoria— pero contado con sencillez, sin aspavientos, sin épica o envanecimiento alguno. Baron es un soberbio narrador, y su relato es de una solidez apabullante, por lo que no necesita artimañas o trucos “de guión” —además de novelista, Baron fue guionista de cine y televisión—.

No hay un héroe en Jugador, ni tampoco un personaje glamuroso al estilo de los anti-héroes que abundan en las películas con temática de jugadores. En cambio, tenemos a un protagonista, Harryboy Boas, cuya existencia transcurre entre el canódromo donde dilapida sus escasos y oscilantes recursos y los libros que devora en su deprimente pensión del East End londinense. Boas no busca compasión ni tampoco expiar sus pecados al relatarnos —en primera persona— su historia. Su adicción es la que es, y no se fustiga por ella. Su día a día, sorprendentemente rutinario y metódico, transcurre entre las apariencias de sus ostentosos trajes, sus opíparas comidas y su exigua economía. Sus aficiones nocturnas más allás de las carreras “también” están bien definidas. A excepción de las humillantes visitas a su piadosa hermana y su opulento esposo en busca de dinero, se podría decir que Boas está conforme con su vida.

Y, sin embargo, la vida va a irrumpir en sus “dudosos” quehaceres lo quiera o no. A la pensión de Harry llega una joven familia, los Deaner: Evelyn, una mujer frustrada por llegar a un hogar tan humilde, en las antípodas de sus desmedidas aspiraciones sociales, y abducida por su casa y su hijo; Vic, su marido sumiso y embotado entre su mundo de estudios y trabajo y el pequeño; y Gregory, que pese a no tener ni cinco años ya es todo un tirano succionador de sangre, sudor y atención. El insistente crío logrará que Harry pase casi a formar parte de la familia.

Con este planteamiento, quizá estéis pensando en una novela edulcorada con final feliz, apología de la familia y sus virtudes para llevar por el buen camino al “hombre descarriado”. No os confundáis, no es el caso. Hay un niño de por medio, sí, pero sin llegar a su demoledora truculencia, está más cerca de la brutal Tenemos que hablar de Kevin de Lionel Shriver. Hay un matrimonio, pero lo que hace Jugador es profundizar en los oscuros recovecos de la dependencia y dominación del estamento familiar.

En particular, la ambivalencia de la relación entre Harry y el pequeño Gregory, y la del crío con sus padres, se convierte en el eje de la novela. ¿La infancia es desamparo y aprendizaje o simplemente agotadora, narcisista avaricia? Baron retrata con concisión y sabia premura la profunda confusión en la que se hayan sus personajes principales. El choque entre la “vida que podría ser” y la cruel realidad. ¿Harryboas ha encontrado en los Deaner el detonante para dar un giro de 360º a su existencia? ¿O es solo un engaño? Y es que hay un momento en que eso es precisamente lo que el autor parece decir “todos nos engañamos”. Todos nos buscamos nuestro engaño. Y la única receta es afrontarlo. En Jugador la solución, claro está, tiene que venir por el dinero, que nuestro protagonista solo sabe obtener de una forma. La espiral amenazadora está ahí, aguardando atenta su momento. Porque en realidad, si se consigue salir del hoyo… será solo para volverse a engañar. Los jugadores, también llamados seres humanos, no tenemos arreglo. Excelente lectura.

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