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Isla Crimea, Vasili Aksiónov (Automática, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Automática lo ha vuelto a hacer. Hace algo más de un año publicaban Oso vs. tiburón, una de las obras más inclasificables, atrevidas y proféticas leídas por un servidor en bastante tiempo. Pues ahora «redoblan la apuesta» con este Isla Crimea de Vasili Aksiónov, una ucronía satírico-política sobre la extinta URSS, la sinrazón de ideologías y sistemas políticos en manos de ególatras o inhumanas maquinarias funcionariales, tan disparatada como sorprendentemente visionaria —ya se sabe, Putin supera cualquier ficción—. Y que, además, en esta época de «peligrosísimos» y «decisivos» lazos amarillos —nótese la ironía— que nos ha tocado vivir se disfruta como un «bofetón literario» ante la enésima tardor calenta que se nos avecina. Porque algunos libros, muy especiales, sirven de espejos donde mirarse… Otra cosa es que nos guste la imagen que éstos nos devuelven.

Nacido en Kazán en 1932, Vasili Aksiónov sufrió la brutal represión del régimen estalinista en sus propias carnes, ya que con tan solo cinco años vio cómo sus padres —Pável Aksiónov y la periodista y escritora Eugenia Ginzburg—, acusados de formar parte de un grupo trotskista contrarrevolucionario, fueron detenidos y sentenciados a quince y diez años de trabajos forzados, mientras él era enviado a un orfanato en Kostromá. Y aunque su tío Andreyán Aksiónov lo llevó a vivir con su familia paterna, no sería hasta 1948 cuando el entonces adolescente Vasili pudo reunirse finalmente con su madre en Kolimá. Completados los estudios de medicina en Leningrado, Aksiónov ejercería la profesión durante tres años, hasta que en 1960 inició su andadura como prolífico escritor profesional —literatura, teatro, memorias y guiones cinematográficos—, mientras entraba en contacto con los movimientos contraculturales soviéticos y se convertía en colaborador habitual de la revista literaria Yúnost Juventud—. Al éxito de su producción en los sesenta le seguiría una década de «dificultades» con el régimen, tras sus pasos debido a su ideología proestadounidense-liberal y su vinculación a la revista independiente Metropol, censurándole la publicación de sus novelas La quemadura e Isla Crimea. Emigrado en 1980 a EE.UU. —no recuperaría la ciudadanía soviética hasta 1990—, donde ejerció de profesor de literatura rusa, allí publicaría sus obras más celebradas, entre las que destaca su Saga moscovita, escrita entre 1989 y 1993, o Volterianos y volterianas —Premio Booker Ruso en 2004—. Murió en Moscú en 2009.

Escrita en 1979, Isla Crimea nos sitúa en esa península del Mar Negro, una región sempiternamente convulsa, transformada para la ocasión en una isla que, más de medio siglo después de la Revolución de Octubre, es una suerte de hipercapitalista, ultraliberal y libidinosa excepción a la austera y planificada Madre Rusia, con quien mantiene una confusa relación político-jurídica a la que la intelligentsia y las élites del lugar quieren poner remedio. Así, la Crimea ficticia —pero no tanto— pergeñada por Aksiónov es un polvorín de grupúsculos, organizaciones e individuos de postín maquinando su siguiente movimiento, ya sea la independencia, la unión o el puro caos —siempre hay espacio para la extrema derecha, ¿verdad Pablo y Albert?— de cara a la cercana y decisiva contienda electoral a celebrarse en la región. Una de esas celebridades locales es nuestro protagonista principal, Andréi Arsénievich Lúchnikov, el opulento y mujeriego editor del Courier, el periódico más relevante e influyente de la zona, enfrascado en liderar una cruzada de rimbombante nombre: el «Destino Común», la reunificación con el coloso… y sus «pies de barro».

Bajo la apariencia de un thriller político repleto de rocambolescas idas y venidas, conversaciones con segundas, terceras y cuartas lecturas, y más conspiraciones que en los últimos comités federales del PSOE, Isla Crimea se desarrolla con pasmosa celeridad pese a sus quinientas páginas, gracias a una trama surreal generosa en monomanías, y una pléyade de personajes, vinculados de distintas maneras —familiares, sentimentales, acólitos y enemigos— a Lúchnikov y a la consecución de su quimérica meta, que se suceden en sus cuitas y subtemas ante los ojos del descolocado lector. Rusos blancos, tártaros, iakis, otomanos, militares de rancio abolengo, músicos antisistema, burócratas abnegados, jóvenes de la —presunta— «izquierda caviar», mujeres como Tatiana Lúnina, en apariencia «florero» que resultan el epicentro de la novela, Junts per alguna cosa —perdón, se me han colado—, insidiosos y amarillistas canales de televisión, rudos ex atletas reconvertidos en oficinistas en loor de la gloria de la Unión de Repúblicas Socialistas, el KGB, bon vivants yankis, más espías que turistas en Las Ramblas… Aksiónov tiene para todos en su pantagruélica ópera bufa. George Orwell, John Le Carré y, de capitán de navío, Groucho Marx, están al mando de esta particular «nave de los locos»…

El riesgo asumido por el autor es supremo, con la amenaza de la dispersión planeando y el peligro que la astracanada engulla a la novela en no pocos momentos —esa carrera sacada de Los Autos Locos, por ejemplo—. Sin embargo, el enrevesado periplo propuesto funciona a la perfección como corrosivo viaje sin retorno hacia el absurdo. Uno en el que las kafkianas agencias de espionaje soviéticas no resultan más grotescas que la desmesurada ambición, ofuscada por los delirios de grandeza disfrazados de idealismo de nuestro personaje central, a veces transmutado en una caricatura de James Bond —como si el agente 007 no fuera per se una caricatura— versión del Este, otras como el autoproclamado estadista de talla mundial incapaz de ver más allá de su megalomaníaca y destructiva lucidez conceptual. La denuncia contra el comunismo es palmaria en Isla Crimea —brutal, demoledor el artículo de opinión de Lúchnikov-Aksiónov en ocasión del centésimo aniversario de Iósif Stalin—… pero su némesis capitalista sale igualmente mal parada con su recalcitrante cinismo y su materialista borrachera de naderías.

Insisto, no es una novela sencilla en su desarrollo, y el lector debe, en ocasiones, poner algo de su parte para no «perder comba» en la intrincada sucesión de encuentros y acontecimientos —en ese sentido, chapeau el epílogo que nos ofrece Automática, en el que la traductora Yulia Dobrovolskaia responde a las preguntas de José Mª Aznar Auzmendi, desgranando las múltiples capas del libro cual «desmontadora» de matrioskas—. La recompensa que aguarda a la perseverancia es magnífica, con una profunda, acerada reflexión, sobre la historia reciente de Rusia y «sus ex», acerca del individuo y el colectivo, y sobre el sentimiento, la pasión y, en definitiva, la vida, frente a las ideas o el estatus —Tatiana versus Lúchnikov, amantes destinados a destruirse—, filtrándose a través de un dislate político de proporciones colosales. Y rematado por un desenlace soberbio, grave y ominoso, tristemente visionario pese al matiz final de esperanza —los soldados del helicóptero—, y sensiblemente punzante cuando uno rememora infaustos «barcos de Piolines». Lo terrible y lo ridículo. Aún a riesgo de equivocarme, diría que ni Viktor Yanukóvich ni Vladimir Putin leyeron Isla Crimea en 2014. No nos vendría mal hacerlo a nosotros ahora. Quizás aprenderíamos algo mientras nos reímos.

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