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Intrusos, Adrian Tomine (Sapristi, 2016)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

En una feliz coincidencia, en las próximas fechas van a abundar las reseñas de libros de relatos en esta sección. Un alegrón para quienes —como un servidor— defendemos a capa y espada el formato breve frente a la injusta condena, siempre en segundo plano, que suelen sufrir en España. Y de hecho, lo empezamos hoy con Intrusos, el esperadísimo regreso de Adrian Tomine, que nos llega de la mano de Sapristi Cómic. Sí, no me estoy equivocando. En mi opinión, hablar de Tomine es hacerlo no solo de unos de los “grandes” del cómic actual —ahí están Rubia de verano o Sonámbulo para demostrarlo—, sino de uno de los mejores narradores contemporáneos. Un maestro del relato corto con el añadido visual que sigue la estirpe de Raymond Carver, Tobias Wolff o Richard Yates con su extraordinario talento para capturar, desnudar y exponer la vida. En imágenes y palabras.

Intrusos lo componen seis historias, que muestran al artista de Sacramento —afincado en Brooklyn, NY, junto a su esposa y dos hijas, donde ejerce como portadista del New Yorker— jugando con distintos tipos de estructuras de viñeta, voces narrativas e incluso colores. Pero son los temas recurrentes de la soledad, la incomunicación, las decisiones tomadas —y las que se pudieron haber tomado en su lugar—, las relaciones humanas, tanto de pareja como paterno-filiales los que cohesionan el conjunto. Emparentado con Daniel Clowes, Jaime Hernández o la versión menos retorcida y clásica de Chris Ware, Tomine es un estilista del realismo vertido al papel con una pluma y lápiz que más bien parecen escalpelos, con un regusto amargo —que no victimista— ante las decepciones del día a día y la inexplicable soledad del individuo en la era de la hiperconectividad.

Intrusos arranca con Una breve historia del arte conocido como «hortiescultura», la historia más liviana y divertida del lote, centrada en explicarnos cómo el jardinero Harold intenta elevar su trabajo a la categoría de arte al crear una singular y controvertida manera de aunar escultura y jardinería. Estructurada en base a una serie de breves tiras independientes y mezclando color con blanco y negro, vemos como la presunta obra artística de Harold conlleva todo tipo de sinsabores, incomprensión y frustraciones para él y su familia, llevando al lector a la hilaridad… tras la que se esconden reflexiones más peliagudas sobre nuestros anhelos de trascendencia, el ego y nuestra vulnerabilidad a las críticas, nuestros miedos…

Tras ese comienzo más ligero, dos relatos de impacto y creciente crudeza. En primer lugar tenemos Amber Sweet, a todo color y narrada por la sufrida protagonista, una joven con la desgracia de ser idéntica a una actriz porno. Tomine muestra como algo tan azaroso y ajeno a la persona como una semejanza física puede arruinar la existencia de un ser humano —los hombres salen especialmente mal parados aquí— en este mundo digital, en la que la imagen parece haber engullido a la identidad. Y en segundo lugar, Vamos, búhos, una tremenda historia de pareja heterosexual condenada por un pasado marcado por el alcoholismo y, en el caso del hombre, también por un presente caótico y abisal. La sensación de derrota permanente, de cautiva y soterrada amenaza —esos estallidos de violencia verbal—, de desesperada y necesitada unión, realzada por el sobrio uso del color, es sobrecogedora.

A continuación tenemos Traducido del japonés, la historia más breve y seguramente la menos brillante de la colección. Con un tono algo sentimental y afectado, en el que se usan viñetas a modo de fotos fijas, con profusos detalles y a todo color, la narradora, como si fuera una voz «en off» desgrana el viaje de la protagonista de Japón a Estados Unidos junto a su hijo recién nacido. A medida que avanza el relato, nos damos cuenta que en realidad asistimos a un regreso a casa, parece que tras una ruptura, por lo que el texto se convierte en una suerte de íntimo diario que nos ha sido revelado.

Pero tras este impasse, Tomine se saca de la manga la segunda joya de Intrusos y una de — en mi opinión— las cumbres de su carrera hasta la fecha. Bajo el título de Triunfo y tragedia, nos cuenta las vicisitudes de una familia cuya única hija —una nerd de manual— decide probar suerte en el mundo de los monólogos, despertando sentimientos encontrados en sus padres. El sentimiento universal de protección de la hija que anhela subirse a un escenario —o eso cree— donde pueden humillarla frente al deseo, también natural, de apoyarla, se entremezcla con TODO lo que Tomine no dice en sus microviñetas, simplemente, porque no es necesario. A veces lo enseña sutilmente —ese pañuelo en la cabeza, esos platos fregados de espaldas a quien te habla, ese cuadro en la pared… — con resultados devastadores. Humor fuera de foco. Seres humanos fuera de lugar. Emocionante. Absolutamente magistral.

Cierra el libro la historia que le da título, marcada por el blanco y negro y una atmósfera desasosegante, en la que por una casualidad del destino y un silencio desafortunado —otra decisión aparentemente nimia que tiene consecuencias— un tipo se cuela en la que casa en la que vivió en una época anterior, y a partir de ahí se desencadena una pequeña espiral de acciones reprobables, que muestran sin ambages —ni, de nuevo, necesidad de pormenorizar los detalles— que ese hombre esquivo y arisco aún tenía que cerrar la herida abierta de su pasado.

Lo lejos que puede llegar el cómic en las manos y, sobre todo, la mente de autores como Adrian Tomine. Imperdible.

 

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