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Hotel Graybar, Curtis Dawkins (Seix Barral, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

No es la primera vez que «pisamos» la cárcel, literariamente hablando, pero las circunstancias que rodean y circunscriben «a fuego» este Hotel Graybar, que nos llega de la mano de Seix Barral, hacen de esta notable colección de relatos una lectura muy especial. Porque su autor, el norteamericano Curtis Dawkins, cumple cadena perpetua desde 2005 por el asesinato de un hombre al que disparó durante un robo. Así que lo que viene a continuación es técnicamente ficción… pero pocas veces ha estado tan basada en los crudos —muy crudos— hechos reales.  

Nacido y criado en Louisville, Illinois, Dawkins es licenciado en Humanidades y máster en Bellas Artes, llegando a publicar varias historias breves. Casado —con Kim Nutsen, profesora de escritura y también autora— y padre de tres hijos, trabajó de vendedor de coches y algo bastante más enrevesado, envolturas cárnicas de alta tecnología —uno de los relatos versa sobre ello—, pero su adicción a las drogas destrozaría su vida. Radicado en Kalamazoo, Michigan, en Halloween de 2004, Dawkins, armado y bajo los efectos del crack, acabó con la vida de Thomas Bowman mientras intentaba perpetrar un robo. En 2005 fue sentenciado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional, condena que cumple en el Lakeland Correctional Facility de Coldwater. Entre rejas redescubrió la escritura y, el año pasado, publicó Hotel Graybar en Estados Unidos con gran éxito de crítica y también cierta polémica, ya que el Estado de Michigan le reclama el 90% de los 150.000 dólares de anticipo por el libro en compensación por los gastos de su encarcelamiento.

Con la vida carcelaria como temática y el realismo por bandera, las «cartas» en Hotel Graybar están tan marcadas que apenas hay margen para la sorpresa. Sin embargo, los catorce relatos de Curtis Dawkins conectan rápidamente con el lector con su combinación de sobriedad, naturalidad narrativa —que disfrutamos intacta gracias a la imbatible Inga Pellisa en su traducción al castellano— y una desarmante humanidad en la composición de unos personajes que lidian no solo con la aterradora «mochila» que llevan a cuestas, sino también con la demoledora, implacable rutina. El norteamericano no necesita recurrir a la violencia —obviamente presente, aunque más bien latente— o la degradación patibularia para lograr el impacto en sus textos, apostando en cambio por una cotidianidad demoledora. La televisión, los juegos de mesa, o simplemente la conversación, ya sea en forma del penoso recuento de los «caminos» que llevaron a estos hombres a la cárcel o mediante bulos del todo inverosímiles, ocupan un tiempo que nunca avanza lo suficientemente rápido. Opresión, culpa, tedio.  

Más cercana a la mirada, apesadumbrada, reflexiva y lúcida, de En el patio de Malcolm Braly —una de esas joyas sajalinescas siempre a reivindicar— que a la recurrente, adictiva explosividad, del enfant terrible Edward Bunker, Hotel Graybar recupera el enfoque poliédrico para componer un «collage» de lo más diverso y fascinante sobre el ser humano atrapado entre rejas. De ese modo, la variedad de personajes, siempre pivotando alrededor de nuestro narrador-protagonista, así como la potencia de sus historias, contrasta con la parsimonia lacerante de sus quehaceres diarios. Dawkins se muestra no sólo como un escritor ágil y dinámico, sino descollante al lograr casar lo exasperantemente mundano de una existencia enclaustrada con ese realismo subyugador y empático, ese que impele irremisiblemente a seguir leyendo.

Homogéneo y sin altibajos, a excepción de algún flirteo confuso con el realismo mágico o determinada reflexión de manual de autoayuda —por cierto, que este año Mr. Coelho vuelve, «achtung, danger, Vox»—, resulta complicado destacar algún relato por encima de otro. Personajes redondos como Micky y Ray en «El chico que soñaba demasiado», o Mo Depakote, en el de título homónimo, se bastan y sobran para sostener sus respectivos cuentos. Mientras, el desarrollo de relatos construidos a partir de un hecho en apariencia nimio o anecdótico, como las llamadas de teléfono —pura desesperación del recluso— de «Un número humano», se torna en revelación demoledora gracias a su apocalíptico final.

Y luego está «Leche Quemada», encargado de cerrar Hotel Graybar en su momento más memorable, en el que un claro trasunto de Dawkins —el crimen y las circunstancias familiares que se encuentra son similares— regresa a casa tras más de una década en la cárcel. Pero el regreso al hogar conlleva a su vez la amenaza de repetir los mismos problemas de antes de su destierro forzoso. Ese «¿me he ido alguna vez?» que le dice al perro refleja con desoladora franqueza el puro miedo a la libertad y a la incertidumbre del futuro para alguien que se ha visto obligado a vivir en el entorno más previsible que se conoce… Desconozco si Curtis Dawkins tendrá una segunda oportunidad en la vida, pero de la cárcel, al menos, ha surgido un escritor de altura. En estas páginas hay literatura de la que «no se olvida».

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