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El eterno intermedio de Billy Lynn, Ben Fountain (Contra, 2016)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Algo agazapada —injustamente— entre el alud de novedades de final de 2016, nuestra querida editorial Contra publicó no hace ni un par de meses El eterno intermedio de Billy Lynn, una de las joyas literarias de la pasada temporada. Porque el celebrado debut literario de Ben Fountain —ganador del National Books Critics Circle Award y el Los Angeles Times Book Prize, además de quedar finalista del National Book Award—, además a punto de llegar a los cines de la mano de Ang Lee —aunque el tráiler es sencillamente horrible—, no es sólo una novela entretenidísima, actual y vibrante. También es un espejo, capaz de hacerte reír, pero a la vez devolverte una imagen diáfana nada halagüeña. El reflejo transparente de una sociedad sumida en el desconcierto y el trauma. ¿Os acordáis de Bush II, aquella lamentable secuela? Pues bienvenidos a «su América», la que ha engendrado una nueva saga, que se estrena la próxima semana, mucho peor…   

El eterno intermedio de Billy Lynn nos presenta a los ocho supervivientes del escuadrón Bravo, héroes vía redes sociales —su hazaña en Al-Ansakar se hizo viral en YouTube— de la guerra de Iraq, de regreso a casa antes de volver al combate, en el último y surrealista tramo de su Tour de la Victoria, algo tan americano como lo que ellos llaman fútbol, las cheerleaders, el cine, el himno y las banderitas, el pop que puedes «mascar y escupir» … y el capitalismo, por supuesto.

A través de su protagonista y responsable del peculiar título de la obra, apenas un crío convertido en la figura más famosa del grupo al liderar la gesta militar, el lector vive, con hilaridad, pero también pasmosa verosimilitud, como un muchacho de diecinueve años y sus compañeros «son engullidos» por un mundo tan o casi más absurdo que el de la propia contienda. «Una rueda» de proporciones grotescas, tamaño Texas Stadium donde sucede buena parte de la trama, de absurdo, patriotismo y parafernalia. Y donde los desbordados soldados son las cobayas que la «hacen girar».

Como si estuviéramos ante una revisión mordaz de Banderas de nuestros padres en la era del selfie, Ben Fountain monta una sátira tan desopilante como repleta de «mala uva». Porque detrás de cada instante que provoca la carcajada hay una estocada, profunda, hasta el tuétano, al sueño americano. A ese «nacionalismo de palomitas», que necesita filmarse, envasarse y venderse para tener verdadero valor. A ese patriotismo que agita banderitas como si «no hubiera mañana», reza fervorosamente y gasta fortunas en fuegos artificiales para ocultar miedos, paranoias y, lo que es todavía peor, la falta de esperanza y oportunidades de sus jóvenes, enrolados en guerras remotas y completamente ajenas ante la deprimente perspectiva de crecer en su país. A, en definitiva, ese peculiar way of life en el que la Fox, el agente de Hilary Swank, las Destiny’s Child o el presidente de los Dallas Cowboys se erigen en garantes de las virtudes y principios de un país que prefiere continuar con la «venda en los ojos» y repetir aborregadamente «¡U.S.A., U.S.A.!» ante el menor atisbo de duda sobre las motivaciones de sus acciones en Oriente Medio. ¿Profético? No. Real. La realidad hace tiempo que ha superado a la ficción…

Resulta sorprendente la habilidad de Fountain para añadir constantemente munición a la novela sin hacerla descarrilar ni perder el siempre enérgico ritmo. Como bien resume la más que elogiosa pero acertada cita de Theo Thait de The Guardian que la editorial usa en la faja que acompaña al libro, en la genial coctelera que es El eterno intermedio de Billy Lynn se encuentran bien presentes los espíritus de Apocalypse Now, La chaqueta metálica, Tom Wolfe y Delillo. Dispuestos a convivir junto al deporte, la música pop y su erótica mercadeable, los flashbacks bélicos, secundarios con enjundia —Dime y la hermana de Billy, Kathryn—, el previsible y sin embargo demoledor momentáneo retorno al hogar y un sinfín de momentos memorables y reveladores en forma de diálogos efervescentes o situaciones a cuál más rocambolesca…

Y luego están esos instantes de reflexión imposible, fulgores de una mente abrumada, en los que nuestro protagonista —creación mayúscula, inocente, voluble, sobreexcitado, exhausto— atisba algo de lucidez antes que el vodevil de su inesperada vida pública prosiga, ya sea frente a un puñado de ejecutivos negociando el margen de beneficios de la futura película basada en su proeza bélica, millonarios o «humildes americanos» esperando que les regalen los oídos con un discurso resumible en «somos los buenos y vamos ganando», o ante el culo de Beyoncé en el descanso del partido en el que es la comparsa, perdón, invitado estrella. Una tragedia de dimensiones orwellianas disfrazada en una astracanada literaria fascinante. Me falta Yossarian, claro, y algo más de vitriolo, pero puede que Ben Fountain haya escrito la Trampa 22 de nuestro tiempo. Así de buena es El eterno intermedio de Billy Lynn

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