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Especial Renacimiento de Harlem

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Benditas casualidades editoriales. La publicación este otoño de dos obras claves de la literatura afroamericana de la segunda mitad del siglo pasado, Mumbo Jumbo de Ishmael Reed por parte de La Fuga y El hombre invisible del gran Ralph Ellison gracias a De Bolsillo, era demasiada coincidencia como para dejarla pasar. Pero faltaba «algo más», concretamente el «contexto» para conectar ambos libros. Ese algo era el Renacimiento de Harlem, que con la inestimable colaboración de Ediciones del Oriente y del Mediterráneo y su estupenda colección Biblioteca Afroamericana de Madrid —BAAM— descubrimos por partida doble: con Cuando Harlem estaba de moda, la efervescente y exhaustiva crónica de ese periodo singular, a cargo de David Levering Lewis, junto a su obra más representativa, Caña, de Jean Toomer. Bienvenidos a la «era del jazz».

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Cuando Harlem estaba de moda, David Levering Lewis (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2014)

Juergas sin final, explosión creativa con todo tipo de obras relevantes en el campo de las artes —música, literatura y teatro especialmente—, integración racial…Tras la Primera Guerra Mundial y hasta la Gran Depresión, Estados Unidos vivió una edad de oro de la cultura afroamericana. ¿Su impulsor? Un movimiento, tristemente desconocido en España: el Renacimiento de Harlem. Afortunadamente, la Biblioteca BAAM y nuestro querido Javier Lucini —más que un traductor brillante, un activista cultural de raza— nos acercan la considerada obra de referencia sobre este periodo, el ensayo del historiador —doble Premio Pulitzer— David Levering Lewis.

Publicada originalmente en 1981, Cuando Harlem estaba de moda es exhaustiva y —maldita ignorancia— demanda al lector un conocimiento previo nada baladí sobre personalidades y personajes de la política y la cultura norteamericana —blancos y negros— de las primeras décadas del siglo pasado. Artistas, intelectuales, mecenas, de distintas clases y condiciones, que durante más de una década convivirían en una inusual mezcolanza socio-cultural en la que la cuestión racial pareció —al menos, aparentemente— no importar.

Lewis no tiene miedo en abordar diversos enfoques en las más de 500 páginas del volumen —falta la música, quizás por ser el elemento más célebre y manido o ¿reservado para una segunda parte?—, buscando ofrecer la perspectiva más completa posible del movimiento con una mezcla equilibrada de rigor histórico-analítico y pegada periodística. Por un lado con la esperable profusión de biografías: la de los líderes de la causa afroamericana como Marcus Garvey, W. E. B. Du Bois o Booker T. Washington, junto a los autores que «despegarían» en esos años como Claude McKay, Jean Toomer, Langston HughesAlain Locke, Jesse Fauset o Zora Neale Hurston, sin descuidar a los filántropos que contribuyeron económicamente a esa ebullición constante. Pero, y seguramente ahí reside la refrescante novedad, también con la inclusión de aspectos tan variopintos como la escena de clubes nocturnos y bares, las fiestas en las mansiones de las élites blancas, el rol del sector editorial, el auge de la obras de temática negra en Broadway. Incluso cuestiones demográficas y económicas que explican la cercanía y bienvenida «contaminación» de las dos bohemias, blanca y negra, en Harlem.

Lewis no es ingenuo y considera que el Renacimiento de Harlem tuvo mucho de «fenómeno forzado» y «nacionalismo cultural de salón», orquestado por los líderes nacionales pro-derechos civiles en una instrumentalización de las artes en favor de la política —léase también la economía— y de alcance reducido, cuasi elitista. Sin embargo, y pese al fracaso y consiguiente desencanto del movimiento una vez la crisis económica asoló el país a raíz tras el crack del 29, el historiador también señala que buena parte de sus protagonistas realmente «creyeron que iban a cambiar la sociedad con libros y poesía», mejorando las relaciones raciales en momentos de extremo enfrentamiento. Y, por supuesto, quedan la efervescencia, las obras. Y la leyenda…

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Caña, Jean Toomer (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2014)

Máximo exponente del legado literario del Renacimiento de Harlem, Caña, de Jean Toomer, publicado en 1923, aún sigue sorprendiendo más de nueve décadas después. ¿Ficción breve?, ¿poesía?, ¿vanguardia rural? La obra se resiste a etiquetas e interpretaciones reduccionistas. Es escurridiza, misteriosa y fascinante —hay que alabar el trabajo de traducción de Maribel Cruzado Soria, generosa además al relatarnos la exigencias de adaptar al castellano el texto, nada sencillo, en un más que interesante epílogo—. Una de esas raras ocasiones en que uno puede leer siguiendo el tradicional orden que marcan las páginas, pero también aventurarse de forma «arbitraria» por sus diversos pasajes. Toda una experiencia para el lector… forjada precisamente de la suma de experiencias y sensibilidades de su autor.

El libro puede estructurarse en tres partes, reflejos emocionales y atmosféricos de una personalidad a vueltas con la identidad —Toomer era mestizo, físicamente blanco y genealógicamente negro, siendo criado en ambos ambientes y reticente a ser clasificado como un escritor negro—. La primera, de gran belleza sensorial en el retrato de climas y paisajes, se centra en la vida afroamericana rural en el sur de los Estados Unidos, ligada a la historia de sus ancestros, esclavos en Georgia, y a la suya propia cuando fue director del Instituto Agrícola e Industrial de Sparta. La segunda, más urbana y de atmósfera taciturna, transcurre entre callejones, bares, jazz y la vida «dispersa» en el norte. Y la tercera, encargada de concluirla, es una pieza en prosa titulada Kabnis —destinada originalmente a ser una obra de teatro— de una intensidad y alcances desbordantes, en la que a través de su frustrado protagonista Ralph Kabnis, Toomer nos introduce en los miedos y la rabia, tanto inducida por el hombre blanco y su rampante racismo, como provocada por la estrechez de miras propia de la víctima dócil, acomodaticia en su resignación, o presta a acudir a la iglesia como falsa cura de sus males. Dualidad racial, simbolismo, realismo psicológico y pesimista, fúnebre mensaje resonante aún en nuestros días. Black Lives Matter mucho antes de la llegada de la FOX o de que el payaso naranja ocupe la Casa Blanca.  

El éxito de Caña, aupado por la crítica y celebrado por el movimiento de Harlem nunca casó con su autor, incómodo en su papel de estrella de las fiestas o portavoz generacional. Toomer entraría en contacto con el gurú espiritual George Gurdjieff, abandonando la escena bohemia en pos de la espiritualidad, y relegando su obra posterior al extenso poema Blue Meridian y sus artículos en revistas cuáqueras. Convirtiendo definitivamente el «enigma Toomer» en mito…  

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El hombre invisible, Ralph Ellison (De Bolsillo, 2016)

En 1952, casi treinta años después de Caña, uno de los imprescindibles de la literatura norteamericana, Ralph Ellison, publicaba la que es considerada su obra maestra —aunque un servidor quizás se decante por sus relatos, imperdibles—, galardonada con el National Book Award, y considerada como una de las novelas claves de la posguerra estadounidense. ¿Por qué? Por su ambición y alcance, tanto en el fondo como en la forma. Duro alegato social envuelto en una densa —por momentos, hasta el exceso— alegoría existencial.  

Narrada en primera y anónima persona, El hombre invisible es una metáfora titánica de un joven de color en busca de su identidad disfrazada bajo una estructura de sombría novela picaresca —un Huckleberry Finn fantasmal y siniestro—. Sí, hay momentos surrealistas, incluso irónicos en las desventuras de nuestro protagonista. De hecho ya desde el mismo inicio al relatarnos sus memorias desde, literalmente, su hoyo bajo tierra donde vive a escondidas mientras roba la electricidad a la compañía Monopolated Light & Power Company y escucha a Louis Armstrongconcretamente, What Did I Do to Be so Black and Blue?—. O cuando entra a trabajar en Pinturas Libertad, donde se produce el Blanco Óptico, el blanco más puro y perfecto… Pero Ellison los utiliza como armas punzantes para reafirmar su tesis: que el negro ¿era? un individuo cuya existencia se prefería ignorar, aislar, negar. En realidad es tan viejo como el mundo. La primera manera de no lidiar con un problema es no admitirlo.  

Ellison, nacido en Oklahoma y que en realidad iba para músico, aterrizaría en Nueva York en 1936, conociendo a Alain Locke Langston Hughes, dos de las principales figuras del Renacimiento de Harlem y, a través de ellos, a otro escritor formidable, Richard Wright, quien lo animaría decisivamente para dar sus primeros pasos en la escritura. Y a quedarse en la ciudad, cuyas calles marcan la novela y donde el jazz es un personaje más. La banda sonora de un escenario que hierve peligrosamente… presagiando la inevitable explosión.

Porque Ellison no quiere hacer de su novela una mera denuncia de la exclusión racial en una sola dirección. El hombre invisible va más allá, y nos habla —cayendo en la introspección y el discurso en determinados fragmentos demasiado farragosos— de la alienación en una sociedad cada vez más compleja y cínica, donde el individuo es constantemente engullido, sometido por el colectivo —esa simbólica maleta que el joven lleva consigo, receptáculo de las identidades que nos son determinadas— cuando éste osa no comulgar con sus directrices. También entre los propios afroamericanos. Ese es el choque que nos propone Ellison al «politizar» a nuestro protagonista, que entrará a formar parte de La Hermandad, trasunto de la NAACP, la Asociación para el Avance de la Gente de Color, donde conocerá y lidiará con secundarios que encarnan a los distintos exponentes del liderazgo negro —de nuevo Marcus Garvey, Du Bois y Booker Washington, para salir trasquilado y presenciar los terribles disturbios de Harlem de 1943, punto de no retorno real en la toma de conciencia del colectivo afroamericano. Lectura exigente, pero tan relevante y pertinente hoy como entonces.     

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Mumbo Jumbo, Ishmael Reed (La Fuga, 2016)

Y acabamos con la «ida de olla» más genial que servidor haya leído en bastante tiempo. Una sátira elástica, feroz, infinita. Una carcajada que resuena, atronadora, mucho después de haber acabado el libro. También una obra no del todo abordable, kamikaze, insólita. Un delirio de 250 páginas que parece una «caja de pandora» literaria: política, historia, novela negra, vudú, racismo, reivindicación de derechos, y toneladas de música y baile. Todo ello en la época del Renacimiento Harlem… versión carnaval disparatado.

Aparecida en 1972, Mumbo Jumbo es el caos hecho novela —qué afortunados somos que la traducción haya recaído en Inga Pellisa, menuda labor— y no son pocos los momentos en que, como lector, te sientes desbordado pensando que Ishmael Reed ha perdido la cabeza y el relato se le va a escapar de las manos en cualquier instante. Hasta que te das cuenta que el surrealista periplo del doctor hudú PaPa LaBas, creador de la Katedral de Nueva York que da título al libro, es secundario. Que su enfrentamiento a la hilarante y poderosa Orden del Cardo y a los Templarios es tan solo un alocado ardid. Mumbo Jumbo es puro ragtime, jazz libre, calenturiento, lúbrico, contagioso. Una especie de virus llamado Jes Grew que unos quieren expandir y otros, presas del pánico, atajar de cualquier manera. Porque detrás del baile compulsivo y la música carniforme hay mucho más. El movimiento al son del ritmo impredecible y bullicioso es la revolución del pueblo afroamericano.

Reed sabe de lo que habla, ya que además de escritor y ensayista, también es pianista de jazz y letrista de artistas como Macy Gray o Bobby Womack. Y su golpe maestro es usar la música como punta de lanza, su Caballo de Troya tras el que ocultar el mensaje. Reírse de los convencionalismos, saboteando los parámetros tradicionales de la novela para anunciar que «esa enfermedad» va a extenderse entre los blancos. Una suerte de advenimiento cultural en tromba en el que, por primera vez en la historia de los Estados Unidos, la comunidad negra marca el paso. Así, no es para nada casual el contexto elegido, el apogeo de los felices años veinte y el movimiento harlemita durante la escandalosa, breve y cruelmente ridiculizada presidencia de Warren G. Harding. Reed está amplificando y revisitando el relato del país.

Y sí, la astracanada tiene un final. La eclosión un repliegue — ¿esperado?, el crack del 29 acecha a la vuelta de la esquina—. Pero el «Despertar Negro», aunque fallido, permanecerá en las obras, las canciones, los bares, las memorias dispuestas a dar conferencias sobre la época. El Jes Grew se mantendrá agazapado, a la espera de una nueva oportunidad, que como afirma LaBas —¿o es el propio Reed desde los 70?—, «En los 20 sabían. Y los 20 habían vuelto. Mejores. El tiempo es un péndulo. No un río. Lo que se siembra, se cosecha, más bien», estaba pronta a venir. Quien sabe —ojala—, quizás la «tercera venida» está cerca… 

Lo dicho. Benditas casualidades editoriales que nos permiten descubrir universos histórico-literarios tan apasionantes. Ojala volvamos a Harlem muy pronto…

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