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Especial racismo

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

“Del racismo no estamos curados”. No hace ni un mes de esas palabras, pronunciadas por el mismo Barack Obama tras el asesinato de nueve personas de color en una iglesia de la comunidad negra de Charleston, Carolina del Sur. Es el más reciente y trágico de los brotes de violencia racista en un año especialmente lamentable, con los bochornosos episodios de Ferguson, Missouri y Baltimore, Maryland, retratando también a una parte de la policía norteamericana. ¿Cómo se explica que en pleno siglo XXI aún se produzcan hechos tan abominables? El propio Obama da con la clave. “La discriminación está en casi todas la instituciones de nuestras vidas, proyecta una sombra alargada y sigue formando parte de nuestro ADN, que se transmite […] las sociedades no borran de la noche a la mañana, todo lo que ha ocurrido en los anteriores 200 ó 300 años”. Gracias a la siempre despierta editorial Capitán Swing, ahora tenemos dos textos capitales para entender algo mejor que hay detrás de una de las páginas, todavía abierta, más ignominiosa de la historia del gigante yankee. Y hermano gemelo de otros ejemplos más cercanos a nosotros —¿o cómo tratamos al inmigrante en nuestra hipócrita Unión Europea os parece normal?.

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“Malcolm X: Autobiografía”, Alex Haley (Capitán Swing, 2015)

Y para empezar, una de esas autobiografías con aroma de “catedralicia” en sus más de 500 páginas. La de Malcolm X, junto con Martin Luther King, el líder negro más icónico de la historia, del que ahora se cumplen 50 años de su asesinato, a los 39 años. Tiempo de sobras para una vida tan intensa —también contradictoria— como relevante para sus contemporáneos y generaciones futuras, que el escritor y periodista Alex Haley —que se haría famoso por la novela, luego célebre miniserie Raíces y el personaje de Kunta Kinte— narra con precisión, cediendo todo el protagonismo al personaje y, cuando asoma, los momentos más interesantes del libro, también a la persona.

La infancia y juventud de Malcolm Little no hacían precisamente presagiar su posterior transformación en el beligerante activista político en defensa de los derechos civiles del pueblo negro. Nacido en Omaha pero trasladado rápidamente a Milwaukee y posteriormente a East Lansing, Malcolm y sus hermanos se quedan huérfanos —su padre, atacado por la Legión Negra, una escisión del Ku Klux Klan —todavía activo hoy, para oprobio del país— muere en un sospechoso accidente, y su madre acabaría en una institución psiquiátrica— y, pese a ser un buen estudiante, sus deseos de ir a la universidad fueron sesgados, como tantos otros, por un sistema educativo —sangrante es ese profesor bienintencionado advirtiéndole que ese “no era un objetivo realista para un negro”— segregacionista. Reprimidas sus ansias formativas, sus inicios en el mundo laboral le permitirán conocer a leyendas musicales como Billie Holiday —emocionantes como pocos los pasajes dedicados a Lady Day— pero al mismo tiempo se irá adentrando en una vida criminal, contada con pelos y señales. En Harlem, en el gueto, Malcolm se convierte en Detroit Red, trapicheando con drogas, estafas y robos en domicilios. En 1946, a los 20 años, es detenido por posesión de armas, hurto y allanamiento. Seis años de prisión que cambiarían radicalmente su existencia.

Entre rejas, a través de las lecturas y su conversión al Islam, Malcolm adquiere plena consciencia de su situación y la población de color, saliendo de la cárcel para unirse a la Nación del Islam creada por su “profeta” Elijah Muhammad. “Nace” Malcolm X, quién a una velocidad fulgurante se convertirá en una de las caras más combativas y reconocidas del creciente movimiento. Un agitador político radical —sobre todo en comparación con el otro líder del momento Martin Luther King, proclive al diálogo con los blancos y a la suma de todo tipo de aliados para su causa— e incendiario en sus proclamas, poniéndole en la diana de los medios y los lobbies y grupos político-sociales de las elites que le consideran una amenaza. Persona non grata.

Siendo sincero, la autobiografía entra una fase muy farragosa de leer, pero que demuestra a las claras la confusión de Malcolm. Detrás del polémico orador había un agitador social incomparable pero un pensador bastante discutible. Haley también nos enseña sus disquisiciones y uno no puede dejar de pensar que buena parte de su argumentación parte simplemente del odio y el embotamiento religioso, llegando a ser, por así decirlo, un racista contra todo lo blanco, seguro de que era la encarnación de todo lo diabólico.

Afortunadamente, el último tramo del libro recupera y, de hecho, multiplica su interés e intensidad. Su enfrentamiento con Elijah Muhammad forzó su expulsión de la Nación del Islam —¿y su posterior muerte?—, pero también posibilitó la articulación de un discurso más coherente y cohesivo, alejado del separatismo sin perder su combatividad. Tras su viaje a la Meca y encuentros con múltiples líderes africanos, Malcolm X sería asesinado en medio de un clima de tensión insoportable, pero como un hombre libre con un mensaje rotundo de lucha por la igualdad “no sólo para los negros, sino para todo el mundo”, convirtiéndolo en figura universal.

 

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“Negro como yo”, John H. Griffin (Capitán Swing, 2015)

Amarga, apasionante y aún excepcionalmente reveladora lectura. En 1959, el periodista y escritor John Howard Griffin decidió, mediante un tratamiento médico y la exposición a rayos UVA, transformarse en negro, trasladarse al sur de los Estados Unidos y comprobar de primera mano la realidad de la segregación racial en Norteamérica. El relato de su experiencia es este Negro como yo, que se devora con pasmosa y triste voracidad más de medio siglo después.

Griffin visita Nueva Orleans, Mississippi, Alabama y Georgia como negro y lo que se encuentra es un país partido en dos, donde los blancos someten a los negros para que éstos, sintiéndose inferiores, acatasen normas y costumbres absolutamente penosas y, a los ojos del lector actual, atroces, ridículas: baños públicos separados, asientos en autobuses, bancos en parques y plazas, incluso mirar el cartel de una película con la imagen de una mujer blanca. El periodista no escatima el relato íntimo de su vivencia, haciendo palpables sus miedos ante los posibles choques con el blanco pero, sobre todo, haciéndonos partícipes de su desolación a medida que las miradas, los comentarios y los encuentros desagradables o tensos se convierten en norma.

Y así, Negro como yo nos enseña que el blanco había conseguido, en general, la sumisión del negro. E inocular una serie de burdas patrañas —igual que la FOX, La Razón, Telemadrid, y un largo etc. hacen hoy— que, repetidas hasta la saciedad, crean los estereotipos que sirven de argumentos al racismo. Griffin es preguntado por su apetencia y preferencias sexuales varias veces. Incluso muchas de las personas bienintencionadas con quienes interactúa en su singular periplo no pueden evitar comportarse con ese recalcitrante paternalismo. El pernicioso juego del dominador-dominado en toda su expresión.

El libro además cuenta con tres jugosos corolarios. En Las secuelas, Griffin narra las consecuencias para su vida privada y pública tras concluir su experiencia, con sus conciudadanos mostrándole tanto su apoyo como el repudio y las amenazas, un microcosmos de un país partido entre la deleznable tradición y la superación de la misma. Luego en Epílogo, 1976, el autor sitúa el valor de su obra en un contexto diferente, finales de los 70, cuando la lucha por la igualdad de derechos se encontraba ya en otra fase. Hora de ceder el paso: el tiempo de los “blancos buenos”, derrotados en su lucha contra el racismo, se había acabado, siendo reemplazado por el poder negro, el propio colectivo organizándose y reivindicando sus derechos. Finalmente, en Más allá de la otredad, escrito en 1976, Griffin acaba con la idea de las dicotomías Nosotros-y-Ellos de un plumazo. “Solo hay un Nosotros universal, una sola familia humana unida por la capacidad de sentir compasión y de exigir justicia igual para todos”. 26 años después, y sigue más válido que nunca. Lecciones para derrotar, de una vez por todas, a esa lacra vergonzante llamada racismo.

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