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Especial periodismo

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

La idea de este especial surgió a finales del año pasado, debido principalmente a la aparición de diversas obras, todas publicadas en el 2015, que prometían ser de lo más interesantes y estimulantes. Pero, sobre todo, nació de la necesidad y la indignación. De la necesidad de mostrar y, de hecho, reivindicar el periodismo de verdad. El que aporta a la sociedad, el que es valioso para el ciudadano, porque nos ayuda a entender el mundo y nos acerca la cultura. Y de la indignación de ver cómo los especímenes rancios —sabéis los nombres— campan a sus anchas, cuando no dirigen, cabeceras como ABC, La Razón, OK Diario, Libertad Digital, El Mundo y muchas más —no todas de extrema derecha, no todas estatales, pero no acabaría nunca—, y pululan por tertulias presuntamente plurales pero vendidas al bochornoso espectáculo de “la mierda vende”. Falacias clamorosas, manipulaciones flagrantes desde las mismas portadas, difamaciones absolutas, machismo rampante —otro día hablamos del aberrante periodismo deportivo—… Un circo vergonzante donde la noticia está en un bebé o una cabalgata y no en los casos de corrupción o los problemas acuciantes del país. Ese es el pan nuestro de cada día en nuestro país en lo referente al periodismo. Algo desolador para quién se ha formado y, modestamente, ejerce como periodista. Y, espero, también para cualquier ciudadano ávido de información y conocimiento y que aún cree en la necesidad esta noble profesión. Por eso, los cuatro libros —se nos ha caído finalmente la Premio Nóbel Svetlana Alexievich, lo seguiremos intentando más adelante— que tenéis a continuación enseñan que otro periodismo también existe. Un periodismo del que aprender y disfrutar.

 

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El hombre que estuvo allí. Lo mejor de George Plimpton (Contra, 2015)
Por fin, y de nuevo gracias a Contra —no es la primera vez, seguro que no será la última—, puedo tachar de la lista de lecturas “pendientes” a George Plimpton, uno de los pocos “grandes” del llamado Nuevo Periodismo norteamericano que me faltaban —Rodolfo Walsh, eres el siguiente—. Aunque el propio Plimpton prefiriese auto-definir su estilo como periodismo participativo, un término que, a tenor de esta suculenta antología de textos, se me antoja muchísimo más precisa. ¿Por qué limitarse tan sólo a observar, si también puedes formar parte del relato? El periodista como narrador en primera persona, siempre activa, formando parte de la historia, viviéndola para contarla a continuación. Ese es Plimpton.

El periodista neoyorquino, editor de la célebre revista literaria The Paris Review, aventurero, actor y “famosete” de la vida cultural en la Gran Manzana se muestra en esta antología en todo su apogeo: locuaz, atrevido, detallista en la palabra pero sin pompa ni afectada grandilocuencia —no miro a nadie—, y competitivo y curioso hasta un extremo pocas veces visto en el periodismo. Un afán que, ante los asombrados y divertidos ojos del lector, lo convertirá en boxeador enfrentándose a Archie Moore, campeón mundial de peso semipesado; en el quarterback de los Detroit Lions; en portero de hockey sobre hielo de los Boston Bruins; o en músico —nunca pensé que el triángulo tuviera tanta responsabilidad y presión— de la Orquesta Filarmónica de Nueva York bajo la batuta de Leonard Bernstein.

Originalmente publicados en revistas como Sports Illustrated, Esquire o Harper’s, entre otras, la cantidad de momentos inolvidables en estos artículos es simplemente abrumadora, ganando por goleada a algún que otro texto más prescindible —la sección Caprichos, con golf y fuegos artificiales es la más floja, en mi opinión—. Y aunque no entienda —no creo que sea capaz de hacerlo nunca— los motivos que llevan a un ser humano a aguantar un partido de béisbol, el cuasi-colapso de Plimpton antes de lanzar frente a los mejores bateadores de la Liga Americana ante los ojos de veinte mil espectadores es absolutamente comprensible. O su miedo atroz a enfrentarse al airado Bernstein tras pifiarla con la cuarta sinfonía de Mahler en uno de los conciertos —sólo por esta gloriosa maravilla merecería la pena leer el libro—. O su singular competición con George Bush padre al juego de las herraduras. O su viaje a Kinshasa para cubrir el legendario Rumble in the Jungle, el combate entre Muhammad Ali y George Foreman de 1974, que le sirve de excusa para a retratar, además de al propio Alí, a las muy singulares figuras de Hunter Thompson, Norman Mailer, también presentes en la expedición. O su fulgurante encuentro con Woody Allen en el mítico restaurante Elaine’s, lugar de reunión por excelencia de la cultura neoyorquina, a costa de hacer feliz a un aspirante a escritor. En todos estos textos, Plimpton logra el pequeño milagro del periodismo más audaz: revelarnos algo, con frecuencia haciéndonos sonreír, del personaje protagonista, o del deporte y sus peculiaridades, gracias a la propia experiencia del llamado “profesional aficionado” y agudísimo observador, siempre dispuesto a ir más allá, a ser parte de la acción…


 

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De viaje por Europa del Este, Gabriel García Márquez (Random House, 2015)
“La cortina de hierro –el Telón de Acero para nosotros– no es una cortina ni es de hierro. Es una barrera de palo pintada de rojo y blanco como los anuncios de las peluquerías […] Veinticuatro horas diarias de literatura periodística terminan por derrotar el sentido común hasta el extremo de que uno tome las metáforas al pie de la letra”. Así comenzaba Gabriel García Márquez este delicioso librito –apenas 140 páginas, mitad literatura periodística, mitad libro de viajes–, testimonio de su andadura de mes y medio por los países del bloque soviético en 1957, cuando ejercía de periodista afincado en París del diario colombiano El Espectador. Una aventura –cada frontera traspasada tiene ese momento de incertidumbre, de riesgo ante lo que se desconoce– magistralmente narrada y tan o más reveladora que la mejor, más sesuda y documentada investigación sobre el llamado “mundo socialista”.

Así, no estamos ante la “crónica de una muerte anunciada” –perdón– pero el lector asiste a un periplo por Alemania Oriental, Checoslovaquia, Polonia, la URSS y Hungría guiado por el absurdo kafkiano –“Los libros de Franz Kafka no se encuentran en la Unión Soviética. Se dice que es el apóstol de una metafísica perniciosa. Es posible, sin embargo, que hubiera sido el mejor biógrafo de Stalin”, sentencia el Nobel colombiano– de la burocracia, el miedo a la violencia –la URSS había invadido Hungría un año antes, sofocando brutalmente cualquier intento de alzamiento– y unas gentes dispuestas a enfrentar su situación de diferentes maneras. Mientras los polacos urden mil formas de mostrar su orgulloso deseo de independencia, Budapest “sigue siendo una ciudad provisional” donde la rabia puede estallar en cualquier instante y Berlín Oriental se transforma en una plomiza zona fantasma decorada por “el colosal mamarracho de la avenida Stalin […] Una indigestión de todos los estilos que corresponde al criterio arquitectónico de Moscú”, punta de lanza del comunismo frente a Occidente. La única excepción es la hermosa Praga, donde los checoslovacos aún parecen vivir al margen de las imposiciones de Moscú. El lector sabe que no será por mucho tiempo.

El festival al que Márquez asiste en Moscú y del que, de hecho, intenta escapar para poder descubrir la ciudad por sí mismo, los contrasentidos económicos que padece cada vez que hay que cambiar dinero, el peliagudo proceso de desestalinización y un sinfín de breves encuentros y detalles fugaces que al célebre autor no se le escapan… Todo le sirve, como eje principal o como el material “extra” a sus exclusivos hallazgos periodísticos para certificar, con frecuencia recurriendo al humor –necesario para socavar la gravedad de situaciones desesperadas e injustas– un período de nuestra historia reciente tenso, sombrío y confuso. Imprescindible.


 

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Cuarenta y un intentos fallidos, Janet Malcolm (Debate, 2015)
Pasamos al periodismo cultural con esta apabullante colección de ensayos sobre escritores y artistas de la mano de una de sus mentes y plumas más preclaras, la norteamericana, aunque nacida en Praga, Janet Malcolm. Este ingente catálogo de disquisiciones, publicadas originalmente en revistas como el New Yorker o el New York Review of Books, sobre los creadores y sus creaciones –también sus contradicciones, que ocupan tantas o más páginas que sus obras– se abre con la pieza que le da título al libro y, sin duda, la lectura más indispensable de esta recopilación de textos. Exactamente cuarenta y un intentos fallidos de lidiar con la labor encomendada, realizar un perfil del pintor David Salle. La periodista abriéndose en canal, exponiendo su proceso creativo al lector, compartiendo con nosotros sus idas y venidas frente a la hoja –o la pantalla de ordenador–, optando por diversos enfoques que no cristalizan, buscando la frase precisa que haga fluir el análisis y la revelación, que aparece, inmensa en su riqueza, como la suma de las piezas de un puzle que la autora creía irresoluble. Si el libro fueran tan sólo estas cuarenta páginas ya valdría la pena. Absolutamente memorable.

Pero hay más. Como el demoledor diálogo que certifica el desliz del fotógrafo Thomas Struth ante Malcolm –no diré más, sería maravilloso ver cómo despedazaría Malcolm a nuestro registrador de la propiedad más conocido, sí, ese, el de “¿y la europea?”–. O su zambullida en la prosa, calificada por Malcolm como profundamente pesimista y misógina, de Edith Wharton. O la conflictiva relación de la familia Salinger, llena de tejemanejes y feas rencillas, vista a través de la familia Glass, creación literaria que para nuestra ensayista es a la vez un fascinante trasunto de la propia parentela del inmortal pero esquivo escritor. O el retrato de otra camarógrafa universal, Diane Arbus, en el que pesa tanto su legado material como el papel de su hijo controlando con mano de hierro todo lo que tiene que ver con el legado de su madre.

Es cierto que varios ensayos se hacen muy cuesta arriba, siendo harto farragosos para el lector, particularmente las dos “visitas” al círculo de Bloomsbury, en los que la ensayista, da rienda suelta a sus obsesiones personales y no tanto –en mi opinión– a los aspectos que pueden resultar interesantes para el lector. Otros, quizás, pueden resultarnos demasiado lejanos –William/Allen Shawn y Joseph Mitchell no creo que sean muy conocidos aquí–. Pero son peajes pequeños, que sin duda vale la pena pagar, para toparse con piezas catedralicias, en los que la escritura brillante y la prosa exuberante están al servicio de una mente especialmente lúcida y valiente. Muy atentos a Janet Malcolm.


 

reportero
Reportero, David Remnick (Debate, 2015)
El señor Remnick es periodista, escritor y, desde 1998, el director del New Yorker. Y en este inmenso Reportero, una recopilación de sus mejores artículos, en realidad perfiles humanos logra varios pequeños –o grandes, depende de cómo se mire– milagros periodísticos. A saber, pergeñar el mejor retrato que servidor haya leído sobre Bruce Springsteen, más allá de los tópicos del working class hero; humanizar a un personaje como Benjamin Netanyahu, otrora un “bicho maligno” de manual para un servidor; ahondar como pocos han logrado en las profundidades de Don DeLillo, uno de los autores más crípticos de los últimos tiempos –Pynchon y Salinger comen aparte, claro–; desmenuzar a Tony Blair y Vladimir Putin –atención al increíblemente confuso ser que resulta el de Edimburgo–; o arrojar más luz sobre Al Gore tras el robo de las elecciones de Florida –nunca lo olvidéis– que cualquier otro análisis jamás realizado sobre el “putsch” del Tribunal Supremo en el año 2000.

Los perfiles de Remnick son minuciosos, extensos, sin miedo a desmoralizar al lector con lo que a éste pudiera parecerle una trivialidad o una anécdota sin importancia. En sus manos, nada es baladí, todo se sedimenta y contribuye a conformar una sólida impresión sobre las personalidades a las que el periodista se ha ido acercando a lo largo de su dilatada carrera. Es fácil ver la cantidad de horas de trabajo en cada artículo, la parte dedicada a la investigación, al cotejo y verificación de datos, así como la paciencia para observar a conciencia al protagonista del texto, a esperar el instante crucial de la conversación y saber reconocerlo. Remnick define sus artículos como “ficción real” y la autodefinición es perfecta: el norteamericano construye un relato y nos lo narra, con pulcritud y precisión, pero también con una prosa viva y translúcida, que deja “fantasmas” por descubrir al lector. Por así decirlo, Remnick traslada al papel una apasionante ficción pero, que a diferencia de ésta, se erige a través de su aguda visión e interacción con varias figuras públicas de indiscutible relevancia internacional, a la que añade el suculento análisis de la más que compleja realidad. ¿El resultado? Reportajes extraordinarios, en los que los datos, los hechos y la historia son indisociables de las personas. En definitiva, periodismo de altura.

En definitiva, otro periodismo es posible. Y necesario. Y los lectores, que también somos ciudadanos con responsabilidades, debemos ser capaces de exigirlo, reconocerlo y valorarlo. Y, como en estos cuatros casos, leerlo.

 

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