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Especial Nell Leyshon

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Que aparezca, digamos «de la nada», un fenómeno editorial —pequeño o no tan pequeño, depende de cómo se mire y en qué «liga creamos jugar»— como el protagonizado en nuestro país por la novelista y dramaturga británica Nell Leyshon y la fenomenal editorial Sexto Piso con Del color de la leche es más que una agradable sorpresa. Es la prueba evidente que hay «vida inteligente» más allá del bestseller coyuntural, y que siempre hay lectores dispuestos a descubrir y disfrutar de los buenos libros. Y en Indienauta, aprovechando la publicación de su novela más reciente, El show de Gary, no queríamos dejar de descubrir por qué la autora de Glastonbury ha logrado conectar con el público a semejante nivel.

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El show de Gary, Nell Leyshon (Sexto Piso, 2016)

Empezamos con Gary y la historia de su vida…una vida contada por él mismo, en lo que podríamos calificar como unas memorias fragmentadas y sesgadas, pero que en realidad se aproxima más a un monólogo de casi 300 páginas que no decae ni por un instante. Nuestro protagonista nos hace «entrar y salir» del relato de su pasado caprichosamente, a su entera voluntad, haciéndose notar desde el presente narrativo —con frecuencia, los primeros párrafos de los capítulos son impactantes soliloquios en los que Gary nos habla directamente a nosotros, recurso que también encontraremos en Del color de la leche—, eliminando la distancia con el lector, casi convirtiéndonos en los inesperados compañeros de barra de bar dispuestos a escuchar una buena historia. Una buena y dura historia.

Y es que Gary es un ladrón. Carterista profesional, saqueador recurrente en tiendas, allanador de moradas ocasional, así como también notable experto en otras ramas delictivas. Pero también un joven casi condenado de antemano: por una infancia desdichada, salpicada por la falta de futuro familiar —como siempre, gracias Margaret, impecable labor destruyendo un país—, con una madre frustrada, presta a volcar sus miserias en la botella y, sobre todo, por un padre indeseable, violento y pendenciero… y que hace bueno el dicho «de tal palo, tal astilla», siendo el acicate perfecto para convertir a su vástago en un ratero, así como en un kamikaze emocional. Carne de cañón, destinado a dar con sus huesos en la cárcel, acabar tirado en una cuneta o en un sofá destartalado con una aguja clavada en el brazo.

Sin embargo, con El show de Gary Nell Leyshon no está interesada en desarrollar ante nuestros ojos un pormenorizado y sórdido «camino a la perdición» —los «años chungos», en sus propias palabras—. Tampoco en transitar la manida senda del «descenso a los infiernos» y la milagrosa redención posterior del héroe. Sino crear un personaje lo más humano, poderoso y absorbente posible: complejo, inteligente y, no obstante, con importantes carencias, rudo y obstinado, a veces ambiguo y contradictorio, vulnerable, desbocado y desesperado. Un protagonista de carne y hueso y una voz narrativa impresionante, ahora cínico mordaz, a ratos hosco y resabiado, pero siempre de una intensidad aturdidora.

De este modo, cada revés, cada golpe —y hay muchos, en su mayoría terribles, en la existencia de Gary— no está impregnado de dramatismo o victimismo en busca de la empatía del lector, sino de una «mirada atrás sin ira», un recuento íntimo, doloroso sin duda —no se escatiman detalles, que más bien parecen precipicios—, donde el estabilizado presente de Gary, provisto de un socarrón sentido común y un aplomo desarmante, es la consecuencia de las decisiones, tanto las buenas como las lamentables, de nuestro singular protagonista. En definitiva, vivir para contarlo… y seguir viviendo.

El show de Gary es una creación literaria fascinante, donde el único pero sea, quizás, una cierta aceleración en el tramo final de la novela, un salto temporal que nos recorta parte del tránsito del Gary del pasado al actual. Aunque claro, uno tiene que atenerse a las reglas del juego —a fin de cuentas son sus memorias y bien que se encarga de dejarlo claro— y esas son las que dicta el propio Gary, dueño y señor de su biografía, y lo que es más importante, dueño y señor, tras levantarse y volverse a caer, levantarse y volverse a caer, de su propia vida. Memorable personaje. «Pasen y vean». Vale mucho la pena presenciar su show.


 

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Del color de la leche, Nell Leyshon (Sexto Piso, 2013)

De personaje inolvidable a personaje inolvidable. Libro del año por el Gremio de Libreros de Madrid en 2014, ocho ediciones… y todo gracias a Mary, alguien que en principio situaríamos en las antípodas de Gary y con quien, en cambio, comparte todo un mundo en común. El de la marginalidad, la violencia, el de la imposición-determinación social, la falta de futuro… y el de la rebelión, la lucha, con sus peculiares, confusas y limitadas armas, contra la resignación ante el camino marcado por delante.

Las coordenadas de Del color de la leche nos sitúan en un territorio también muy explorado y, por qué no decirlo, nada halagüeño. Inglaterra rural, 1831. Una muchacha aún en su adolescencia —apenas quince años—, con un defecto en una pierna, condenada a una existencia de pobreza y trabajo duro en la granja en la que vive junto a sus hermanas, una estoica y pasiva madre, un padre tiránico y un abuelo lisiado, la única relación de verdadero afecto y vínculo emocional para la joven sumida en un universo muy reducido y una atmósfera viciada y opresiva. Una puesta en escena de drama rural con todas las peligrosas letras —lo siento, pero nunca comulgué con las lecturas obligatorias de la escuela— del que, afortunadamente, Nell Leyshon tiene un plan y recursos de sobra como autora para poder escaparse.

El primordial es, de nuevo, la voz narrativa de la novela. Como sucedía con El show de Gary, el protagonista cuenta su propia historia y Mary es igualmente deslumbrante como su propia biógrafa. Su texto, nuestro libro, está escrito desde la perspectiva de alguien que ha dejado de ser analfabeta hace bien poco, con una realidad muy compartimentada y limitada —la granja, las tareas, los castigos—. La economía de palabras y frases, las repeticiones sintácticas, de expresiones y vocablos, la falta de mayúsculas sirven a Leyshon a la perfección para perfilar a su personaje central y desgranar poco a poco la trama de la obra. Su envío —alguien diría venta— para servir en la casa del párroco local y cuidar de su muy enferma mujer y entrar en contacto con la escritura y la lectura, pero también con la podredumbre de los turbios acontecimientos que ocurrirán tras esas avejentadas puertas.

En Del color de la leche Leyshon se divierte subvirtiendo los cánones de ese tipo de novela decimonónica realista en favor de su creación. Mary es deslenguada, muy despierta, terca e inquisitiva para la época. La deshumanización de su figura para su padre —ella no es más que un trabajador deficiente debido a su impedimento físico— adquiere rasgos incluso más viles para el ilustrado vicario, dispuesto a tener su sórdida versión de Pigmalión a costa de su sirvienta. Y a medida que aprende a escribir y leer también aumenta su poder, descubriendo una capacidad de articular un discurso propio y, al ponerlo por escrito, dar testimonio de los hechos y sus actos. Gracias al poder de la palabra escrita, Mary se transforma a los ojos del lector en una suerte de pionera cuando, velozmente —en apenas 150 páginas—, alcanzamos el sorpresivo desenlace de la novela. Alguien que rehusó conformarse con el simple papel de víctima. Atentos a la última palabra del libro. Y muy atentos a la formidable narradora que es Nell Leyshon.

 

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