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England’s dreaming. Los Sex Pistols y el punk rock, Jon Savage (Reservoir Books, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Amigos, hoy tenemos «libraco» en Indienauta. Ni más ni menos que la reedición del clásico de 1991 England’s dreaming, del periodista musical Jon Savage. La obra magna sobre el punk a través de su banda más iconoclasta e inmortal, los Sex Pistols, en una versión actualizada de la primera aparecida en nuestro país, en 2009 —traducción al castellano de Marc Viaplana— que nos llega vía Reservoir Books. 800 páginas de música, mercadotecnia, estética, historia, cultura, sociedad, política… mugre y furia.

¿Por qué semejante mamotreto para un grupo que apenas estuvo en activo tres años —las «óperas bufas» de sus posteriores reuniones «jubilares» no cuentan—? ¿Por qué una obra tan voluminosa para una escena con tan corta vida? De hecho, Savage apenas nos hablará de la evolución —otros dirían estertores finales— del punk una vez el gran «invento» de Malcolm McLaren se desmorone definitivamente, con estruendo y escándalo, por supuesto. La respuesta es tan sencilla como los apenas dos acordes y mucha bilis que necesitaban Rotten, Jones, Matlock/Vicious y Cook para crear sus «armas de destrucción masiva» de menos de cuatro minutos. Porque los Pistols fueron la eclosión y luego el «ojo del huracán» de un movimiento que trascendió, mejor dicho, desbordó por completo, lo estrictamente musical.

Savage, alguien que «estuvo allí» —fue una de sus plumas en fanzines y revistas— no esconde su intención de construir un ensayo con todas las de la ley, aunque vaya en contra de la siempre ágil, ligera escritura pop —su arranque nos es precisamente dinámico—. Primero, con una profundísima, sociológica, inmersión en los antecedentes y el contexto en los que germinará el punk. Del situacionismo al glam-rock, de la tortuosa última década victoriosa del laborismo inglés —Tony Blair es cualquier cosa menos laborista— a una tienda al final de King’s Road, la calle de la moda en el barrio de Chelsea. En esas coordenadas particulares destacará, por encima de todos, una figura, un personaje y un tipo inclasificable: Malcolm Robert Andrew McLaren.

Protagonista principal —ni siquiera cuando la banda está en su máximo apogeo Savage le hará pasar a un segundo plano— de England’s dreaming, McLaren fue Maquiavelo, Rasputín y un hombre del renacimiento con la cara y la expresión del Pájaro Loco. Empresario, artista, músico, diseñador de ropa, agitador cultural y, claro está, el manager más famoso de la historia de la música. A través de su infancia, adolescencia, formación artística y coqueteo con la subversión y la revuelta —un poco «de pacotilla», como su encierro en la Escuela de Arte de Croydon y su particular asunción del imaginario del Mayo del 68— vemos nacer y desarrollarse las ambiciones y objetivos de McLaren, que empezarán a cristalizarse —nunca de forma clara, no digamos ya transparente— primero con la puesta en marcha de SEX, la mítica tienda junto a su pareja Vivienne Westwood; luego con un fundamental viaje a la Gran Manzana donde conocerá a los New York Dolls y; a renglón seguido, con la decisión de crear una banda que sea la punta de lanza de su campaña publicitaria-estético-musical-agitadora.

A partir de aquí, cada concierto, cada encontronazo con los medios o sus discográficas, cada polémica, cada pelea interna, cada flirteo con el desastre de los Pistols está explicado con pasmosa minuciosidad por Jon Savage. Pero uno no puede dejar de pensar que su labor en England’s dreaming es mucho mayor que la de simplemente relatarnos cronológicamente las vicisitudes de un cuarteto de adolescentes convertidos, de la noche a la mañana, en un grupo de explosiva repercusión pero cortísima trayectoria. Es una tarea titánica.

Porque los Sex Pistols serán el estandarte no sólo de una escena musical, sino de toda una rebelión socio-cultural. Pero, al mismo tiempo, nunca dejarán de ser el juguete de la peculiarísima idiosincrasia, querencia por el desastre y el drama de McLaren, orquestrando cada uno de sus pasos o intentando sacar tajada de cada escándalo que les salpique o apunte. E, incluso más importante, a través de ellos, el periodista de Paddington nos radiografía, además del estado de la industria, con discográficas y medios en el punto de mira, a la sociedad británica —y especialmente a su juventud desencantada—, agrietada, deprimida, estancada, a punto de hacerse el harakiri y toparse con el punto de inflexión. Los Pistols serán los malcarados hijos de su tiempo, los dementes maquinistas de un tren sin frenos cuyo trágico e inminente destino tuvo terroríficos nombre y apellidos: Margaret Thatcher.

Porque, en mi opinión, ese aspecto es el que justifica la hipótesis del catedralicio ensayo de Jon Savage. La decisión de colocar el foco casi en exclusiva en los Pistols y McLaren —o viceversa— es para sentenciar que ellos fueron el factor clave, el detonante y el «pegamento» del punk, además de los desagradables advenedizos del apocalipsis por llegar a la Union Jack. Los motivos de ese rol fundamental pueden ser confusos o nada concluyentes. ¿Entretenimiento o carga colectiva? ¿Farsa o vanguardia? El grupo prefabricado, con ese batiburrillo de ideas contestatarias o desafiantes mezcladas con la versión más boba del anarquismo sin cabeza —¿esvásticas y una politización interesada mientras McLaren recolectaba libras por no hacer nada?— y las salidas de tono pelín ridículas —insultaban mucho, que rebeldes, se drogaban, que novedad—, pronto trocará la transgresión en declive y agrio final. Y cuándo ellos murieron, en opinión de Savage, también lo hizo el punk.

¿No hubo nada más que los Pistols? Umm, acaso ese sea el único punto débil del libro, aunque no es que Savage no se detenga en otros grupos esenciales del período —los Clash y los Buzzcocks están ahí—, ni que no nos introduzca en la new wave, las derivas del post-punk o el rock más comprometido —Rock contra el racismo, Crass— cuando los Sex Pistols se rompan. Pero su papel es, por un lado, testimonial, en el sentido literal de que sus testimonios aportan extrema autoridad a la obra y, por el otro, tangencial, ya que en cierto modo validan el argumento de su autor —¿hubieran existido el resto de grupos sin los Pistols? ¿qué hicieron una vez Rotten y compañía desaparecieron?—. Savage tiene claras las respuestas.

Por si todo esto fuera poco, Savage nos tiene una sorpresa reservada al final de England´s dreaming. Una abrumadora —no podía ser de otra forma— Discografía, donde el melómano tiene un segundo festín a añadir al de esta ingente lectura. Sí, hay que leer y escuchar mucho. Pero ojalá todas las lecturas obligatorias a las que uno se ve forzado en su vida fuesen una milésima parte de lo absorbente que resulta esta…   

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