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“Energy Flash. Un viaje a través de la música rave y la cultura de baile”, Simon Reynolds (Contra, 2014)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Mira que encargarle la lectura y posterior reseña de este Energy Flash, algo así como la Biblia sobre música electrónica a alguien cuyos amigos definen como “tecnófobo”. A una persona que solo pisa las discotecas cuando se convierten en recinto de conciertos —los de “verdad”, los de personas gritándole a un micro y tocando instrumentos con mayor o menor pericia— y huye despavorido de los festivales cuando llegan las horas de los DJs. Gracias jefes y, sobre todo, gracias Contra. Ha sido toda una lección.

Porque Simon Reynolds y Contra Ediciones son una pareja perfecta, están hechos el uno para el otro. Y es que la editorial barcelonesa ya lleva unos cuantos “libros indispensables” en el terreno musical, habiendo publicado los referenciales Nuestro Grupo Podría Ser Tu Vida de Michael Azerrad y Mistery Train de Greil Marcus. Eso es exactamente el trabajo de Reynolds, una obra mayúscula, mitad mamotreto histórico, enciclopédico —rozando las 700 páginas sobre música “hecha por máquinas”, casi nada—, mitad declaración de amor por el género y sus infinitos hijos —deseados, bastardos, ilegítimos—. Sus caminos estaban destinados a encontrarse.

Entrando ya en los contenidos del libro, precisamente esa fusión del crítico musical con el fan la que hace de Energy Flash una obra atractiva no solo para los “entendidos” o muy interesados en la denominada música de baile, sino para cualquiera que guste en leer sobre la evolución de la música en general y sus porqués. Sin el vínculo personal, asistiríamos a un marasmo interminable de supuestos estilos, infinidad de ramificaciones y un batiburrillo infinito de nombres sobre los que Reynolds pontificaría su “buena nueva”: la música electrónica es la última revolución. Afortunadamente, el autor no solo “baja a la Tierra”, sino que nos explica que ha sido y es uno más de esos adictos. Que estuvo allí y lo sintió. Su ambiciosísimo ensayo tiene cara, ojos, oídos y corazón. Y gracias a eso, Energy Flash se convierte en una obra muy compleja y exigente para el lector, pero repleta de estimulantes recompensas. ¿La mayor de ellas? Ser un libro que fomenta el debate, que motiva hablar de música, uno de los mayores placeres que tenemos.

¿Evoluciones estilísticas o vampirismo musical? ¿Revolución o apropiación? ¿Subversión o huida hacia delante por la vía del hedonismo? ¿Negocio o alternativa a la industria? ¿Vehículo de transformación social o engaño “drogata”? ¿Arte o machacón ruido estimulado artificialmente? ¿Cultura o hueca y efímera evasión? Reynolds se adentra en todos y cada una de estas dicotomías, entre muchas y otras, y apoyada en su imperturbable prosa académica pero no distante, el relato histórico y las frecuentes entrevistas con los personajes clave —Carl Craig, Paul Oakenfold, Goldie, Tricky, Jeff Mills, Skrillex, Dj Shadow, por mencionar algunos— se posiciona sin demasiados ambages, pero sin caer en el habitual error del crítico de creerse en posesión de la verdad.

Para este “tecnófobo” servidor, no todos los capítulos funcionan o mantienen el mismo nivel de interés, especialmente a medida que el libro entra en su último tramo, donde la profusión de estilos y subgéneros agota. Tampoco acabo de entender, o quizá comulgar sea la palabra adecuada, con la apología del consumo de drogas para disfrutar de la experiencia “sensorial” de la música que Reynolds defiende —aunque es cierto que luego lo matiza—. He tenido la suerte de conocer a “tecnoadictos” completamente limpios —sí, han habido straight edge entre ravers y bakaladeros también— y que han disfrutado de “su” escena como nadie sin necesidad de “pastillas de la felicidad”. Pero en cualquier caso, el número de episodios soberbios gana por goleada como, entre otros, los dedicados al surgimiento del acid house y el movimiento rave, Madchester, las fiestas Spiral Tribe con sus perroflautas empastillados, las radios piratas y su descacharrante lenguaje propio con pretensiones universales, el Trip Hop, o el revelador Deslizándose hacia la Oscuridad, en el que los sueños, obviamente narcotizados, de empatía comunal neohippy, se vuelven negros negrísimos.

Pero sobre todo, me ha parecido absolutamente brillante como Reynolds señala, con pelos, muchas pastillas y señales, las constantes similitudes entre el mundo hipster, el de la llamada música alternativa, y el universo de la música electrónica. Los mismos errores —nace un estilo, se populariza, pasa a ser repudiado—, las estéticas y, en particular, las mismas ínfulas artísticas y aires de superioridad frente al resto. La necesidad de “querer ser diferente” mientras se busca ser parte de algo. Y un millón más de contradicciones demasiado familiares…

Manual de consulta, acicate para enzarzarse en apasionantes debates, libro de referencia, colección de atrevidos ensayos. Audaz revisión histórica de la música de baile. En definitiva, Energy Flash es lectura obligada. Os lo dice un tecnófobo.

 

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