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El hombre que cayó en la Tierra, Walter Tevis (Contra, 2016)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Iniciamos la rentrée literaria con ciencia ficción. No, no me refiero a la situación política en nuestro país. Por mucho que parezca una mala película de horror-ficción, es real —disfrutad de lo votado—. Sino al último lanzamiento de nuestra querida e imprescindible editorial Contra, El hombre que cayó en la Tierra del californiano Walter Tevis —ojo, hablamos del tipo que escribió El buscavidas—. Un clásico «diferente» del género, que no necesita de historias bombásticas y rocambolescas tramas para atrapar al lector. Y, además, una obra por siempre ligada a nuestro «marciano favorito», David Bowie. Porque el Gran Duque Blanco interpretaría a su personaje protagonista —imposible mejor elección— en la versión cinematográfica del libro, dirigida por Nicolas Roeg en 1976. Y, a finales de 2015, poco antes de regresar a su estrella, compondría el musical Lazarus, secuela de la novela.

El hombre que cayó en la Tierra es el relato, sosegado, elegante, conciso —Tevis necesita apenas 200 páginas—, melancólico y marcadamente existencialista, de la venida a nuestro planeta de un alienígena proveniente del imaginario y, sin embargo, sumamente familiar Anthea. El visitante, que adopta el nombre de Thomas Jerome Newton, se ha preparado a conciencia durante años para el viaje, estudiando y aprendiendo nuestras costumbres —incluyendo mucha televisión—. Porque en realidad tiene por delante una complejísima y desesperada misión. Construir un vehículo, un transbordador espacial, que permita trasladar a los suyos, apenas unos pocos supervivientes, antes de que su planeta, condenado por las guerras nucleares, acabe por extinguirlos.

La novela de Tevis, publicada originalmente en 1963, supuso un giro radical en una ciencia ficción acostumbrada a alienígenas invasores siempre beligerantes, ante los que la humanidad —o, mejor dicho, Estados Unidos— tenía que combatir denodadamente. Aquí, en cambio, la tradicional «amenaza» ya no es tal. Es evidente que Tevis jugó con el elemento del pánico nuclear propio de su época, en plena Guerra Fría, para armar su novela de abundantes paralelismos realistas o, afortunadamente, sólo de escenarios sumamente plausibles, en los que la Tierra de los años ochenta en los que sitúa la historia, por así decirlo, se aproxima peligrosamente a una espiral de autodestrucción garantizada. Una Anthea 2 en ciernes. Un lugar en el que Newton aterriza no como la vanguardia de la «contienda definitiva» por venir. Ni como un ente superior que, quizás, solo quizás, podría mejorar nuestra existencia —los inventos que lo convierten en archimillonario, fortuna necesaria para acometer su titánica empresa, no tienen desperdicio— o salvarnos del desastre. Ni Jesucristo, ni Superman, ni Predator —insertad aquí el villano interplanetario de vuestra elección—. Sólo un superviviente desesperado. Y un extraterrestre «demasiado humano».

Porque Newton posee rasgos y, lo que es peor, sentimientos, prácticamente iguales a los nuestros. Es frágil, enfermizo, afligido. Pero también hedonista, taciturno y pesaroso. De una sensibilidad e inteligencia extremas y, no obstante, su devenir en la Tierra está marcado por la culpa y la duda, así como la infinita soledad, factor capital que comparte con Betty Jo y el doctor Nathan Bryce —obsesionado primero con los inventos de Newton y luego por averiguar la verdad sobre la naturaleza «distinta», única, de su misterioso jefe—, los únicos personajes relevantes de la obra con los que Newton parece capaz de relacionarse. Y, sobre todo, traumatizado por el miedo a lo que le rodea. Un miedo profundo, atenazador… y perfectamente reconocible. Miedo al dolor físico. Miedo al fracaso de su empresa. Miedo al posible sinsentido de sus actos. Miedo al desarraigo, a que su identidad antheana se diluya a causa de su disfraz —tremendo el capítulo en el que la angustia le hace recobrar su forma antheana durante un momento— humano. Una careta en la que, probablemente, su carácter contemplativo se encuentra excesivamente cómodo.

En las antípodas de un «relato al uso» con intrépidos héroes y pérfidos malvados —lo más cercano aquí son la kafkianas CIA y FBI, con su burocracia inmisericorde y su retorcida lógica—, la novela nos habla de una desazón constante, que bordea el nihilismo y sume al alien en un estado de constante flirteo con la depresión y el alcoholismo. Y que cuarenta y tres años después, sobrecoge al lector, especialmente en los capítulos en los que la voz narrativa nos adentra en los pensamientos de su protagonista mientras la trama avanza. Luego, pensar que, como nos cuenta Contra en la sobrecubierta, el libro sea una suerte de «velada autobiografía» de la infancia del propio autor, simplemente aterra. No quiero spoilear nada más. Sólo recomendar efusivamente la lectura de esta triste, elegíaca, inquietante, profética y conmovedora El hombre que cayó en la Tierra. Vale muchísimo la pena conocer a este Ícaro incapaz de echar a volar, varado entre mundanos mortales, renunciando a alcanzar el sol, con las alas anegadas de ginebra. Tan parecido a nosotros…

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