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El escándalo del siglo, Gabriel García Márquez (Literatura Random House, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

No ha sido una decisión consciente, pero octubre se avecina como un mes de lecturas que nos van a situar en esa confusa, promiscua, tensa y apasionante relación entre periodismo y literatura. Y quién mejor para «abrir boca» que el mismísimo Gabriel García Márquez, aunque en su faceta —bastante menos conocida— de «gacetillero», gracias a El escándalo del siglo, que nos llega de la mano de Literatura Random House. Una antología que compila cincuenta de sus mejores textos, publicados entre 1950 y 1987, resumiendo así una dilatada trayectoria de articulista que desarrolló de forma previa y paralela a su obra literaria y que fue la principal pasión del autor colombiano. Porque con la que «está cayendo», ahora parecerá un chiste, pero para Gabo este era «el mejor oficio del mundo».

«Soy un periodista, fundamentalmente. Toda la vida he sido un periodista. Mis libros son libros de periodista, aunque se vea poco». La afirmación del propio García Márquez nos la brinda Cristóbal Porta, editor y responsable —además de amigo personal del escritor— de la selección de El Escándalo del siglo en la nota previa al compendio de artículos que, además cuenta con prólogo de otro cronista ilustre, Jon Lee Anderson. Ambos se encargan de contextualizar y destacar la relevancia de su obra reporteril, subrayando que, la «otrora noble» profesión, fue inicialmente su modus vivendi a la par que su escuela de formación, donde perfilaría un estilo que lo convertiría en un autor único. Algo que el lector va a poder certificar nada más empezar este volumen.

Y es que El escándalo del siglo nos muestra a un García Márquez exultante, vivaz, «travieso» tanto en la elección como en el enfoque narrativo de los temas, y con clara querencia por la socarronería. Es evidente que no era un periodista «al uso», y que el rigor, a veces, podía quedar en un segundo plano frente a la posibilidad de potenciar la narración o dar rienda suelta a la imaginación. No, no me refiero a la creación de fake news a lo Inda o a la bazofia sectaria a lo Marhuenda. Sino a la habilidad para encontrar material narrativo y «noticiable» de primera también en los ambientes que envuelven a los hechos, o en lo aparentemente trivial, mundano… y, sin embargo, real. ¿Periodismo mágico? 

Los hallazgos y momentos memorables abundan en El escándalo del siglo. Sin ir más lejos, la pieza que da título al volumen, extenso e implacable informe sobre un complejísimo caso alrededor de la muerte de la joven romana Wilma Montesi, en el que García Márquez supera la crónica de sucesos para mostrar un panorama de las élites del país. O, en «Literaturismo», y sin moverse de la nota roja, «disparar con bala» sobre qué convierte un asesinato en noticia. El lector encontrará también gozosos escritos, con sorna y una sutil mala leche, sobre las vacaciones de su Santidad Pío XII, o las vicisitudes que rodean al Premio Nobel.    

En mi opinión, los textos más suculentos de El escándalo del siglo tienen que ver con los acontecimientos políticos de los que fue testigo —¿y parte?—, como esa extraordinaria disección del asalto a la «Casa de los Chanchos», fundamental golpe de timón de la revolución sandinista en Nicaragua. O el estupendo «Los cubanos frente al bloqueo», con un demoledor primer párrafo, la mejor síntesis que servidor haya leído sobre qué significa ser una pequeña isla bloqueada comercialmente por el «despechado» gigante norteamericano. También hay cumbres de «alto copete» político en Ginebra, viajes por el «Telón de acero» y agudas reflexiones sobre el convulso devenir de su amada Colombia. García Márquez fue un analista político de alto alcance y singular mirada.

Como la gran mayoría de volúmenes antológicos, también hay algo de «cajón de sastre», textos que pueden calificarse como menores o, en el que caso que nos ocupa, meros divertimentos a la salud de la «garbosa» prosa de García Márquez. Es el caso de divagaciones como «Tema para un tema», un texto que juega con la construcción de un artículo a partir de la ausencia de un tema. O numerosas y personales disquisiciones sobre la escritura, ya sean sus «filias» —Hemingway, Faulkner, Rulfo o Lowry aparecen mucho por estas páginas— y «fobias»,  o acerca de la naturaleza peculiar del literato y su obra. Además de un par de esbozos precoces —y algo verdes— de los Buendía y Aracataca. Pero incluso en esos opúsculos algo más insustanciales en El escándalo del siglo siempre hay una voz absolutamente reconocible y una prosa exuberante. Un contador de historias, periodísticas, ficcionales, o ambas cosas, absolutamente único.

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