Publicidad

Drugstore cowboy, James Fogle (Sajalín, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

¿Opciones para combatir la canícula que no da tregua? ¿Qué tal «zambullirse» en una buena lectura? Además, hoy la propuesta viene con la infalible garantía de Sajalín, que nos invita a trasladamos a Portland, Oregón, de la mano de Drugstore cowboy, la única novela publicada por el ladrón y yonqui norteamericano James Fogle. Las andanzas, muy «basadas en hechos reales», de Bob Hughes y su banda de cuatreros farmacéuticos en una carrera contrarreloj contra la adversidad, la policía y… el abismo.

Nacido en Elcho, Wisconsin, James Fogle comenzó su andadura criminal muy pronto, ya que con doce años sustrajo su primer coche, aunque su temprana drogadicción le haría especializarse en el robo de apotecas. Carne de reformatorios y penitenciarias, en las que pasó más de la mitad de su vida, en ellas escribió una decena de novelas, pero solo Drugstore cowboy llegaría a publicarse, en 1990, un año después de que Gus Van Sant convirtiese su texto en una película de culto —¿su mejor film?— con Matt Dillon como protagonista principal y el mismísimo William S. Burroughs, el «yonqui primigenio», en un inolvidable papel. Fogle falleció en 2012 en la prisión de Monroe, Washington, a causa de un cáncer de pulmón. Tenía setenta y cinco años y cumplía una condena de quince por el atraco a una farmacia de Seattle en 2010.

Drugstore cowboy no se anda con rodeos. Te ubica «ahí», en la trama de la novela, desde la primera página, siendo ésta una sucesión de robos y cochambrosas habitaciones de hotel en las que Bob Hughes y sus tres compinches, su veterana compañera, sentimental y de fechorías, Diane, junto a los jóvenes aprendices —también pareja— Rick y Nadine, se reparten y chutan su botín —no trafican, sólo consumen—, pasan sus monos y urden el siguiente golpe. Y, pese a que Diane también es un personaje con notable enjundia —tan colgada como vehemente—, o que el drama de la frágil Nadine marcará decisivamente el devenir de los acontecimientos, Fogle apuesta todo su libro a su «héroe» central, una creación inolvidable.

Indiscutible «motor» de la obra, la personalidad de Bob es arrolladora. Adicto lenguaraz y socarrón, más bien inofensivo y con un inusual sentido de la responsabilidad —de entre el grupo, nadie se expone como él en los saqueos—, este treintañero ya curtido en mil atracos y otras tantas estancias en chirona se nos revela como un yonqui sin recato ni asomo de contrición. Un maleante de otra época que al lector le va a resultar casi entrañable, tan bufonesco como supersticioso —nada de sombreros—, orgulloso de su singular y arriesgado «oficio», una sufrida «labor» en la que ha forjado su leyenda.  

Tan adicto a los estupefacientes como especialmente al subidón adrenalínico de pergeñar y ejecutar el próximo robo, este bandido de la «vieja escuela» disfruta sobremanera dejando en evidencia a una policía de Portland que, sin embargo, les pisa seriamente los talones. Cuando el cerco se estrecha de forma harto preocupante, Bob Hughes ideará la venganza perfecta contra los detectives Gentry y Halamer, quienes lideran su persecución. La broma pesada versión hardcore obligará a la banda a un forzoso cambio de aires… y con éste vendrán los infortunios, las desgracias y la necesidad de tomar decisiones drásticas.

Es entonces, cuando Drugstore cowboy, siempre una lectura agilísima, todo ritmo y naturalidad —impulsada por una gran profusión de diálogos e impecablemente traducida al castellano por Juan Carlos Postigo— imposible de abandonar una vez iniciada, cambia de registro, adquiriendo un tono melancólico, vesperal, en el que Bob se replantea su vida. Es un envite narrativo arriesgado por parte de Fogle, uno en que asoma la valiente, muy loable voluntad del autor, para situar la hasta entonces constante acción en un cierto segundo plano, hablándonos a través de su ahora taciturno personaje central del agotamiento existencial, los dudosos vínculos humanos cuando los estupefacientes andan por en medio, así como aportarnos unas interesantes pinceladas sobre los centros de desintoxicación y las dificultades para reintegrarse en la sociedad. No hay héroes, ni villanos, ni moralina. Únicamente personas, sus decisiones y actos, sus errores… y sus consecuencias.  

Uno diría que James Fogle está narrando el ocaso de un modus vivendi extremadamente singular —ahí está el personaje del anciano Tom—, con la sabiduría de alguien que conoció ese mundo de primera mano. Y es capaz de transformar una novela grácil, liviana, cuasi equiparable a una obra picaresca acerca de un tema en principio escabroso, en una lectura elegíaca, luctuosa y profundamente humana. No es la primera vez que un Al margen «sajalinero» nos habla de drogadicción —sirvan de ejemplo Los reyes del jaco, La escena, o una de las obras magnas de la editorial, Réquiem por un sueño, recientemente reeditada, por cierto— pero Drugstore cowboy nos ofrece un enfoque distinto, menos agrio, pero igualmente fascinante.

To Top