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Delincuentes de medio pelo, Gene Kerrigan (Sajalín, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Nuestro primer Al margen del 2017 supone el reencuentro con un viejo conocido, el irlandés Gene Kerrigan, que regresa con Delincuentes de medio pelo —aunque en realidad se trata de la novela con la que el periodista dublinés debutó, allá en 2005—, segunda aparición en nuestro país tras la excelente La furia que Sajalín nos trajera hace un par de años. Además, la reseña casi ha coincidido con la celebración de San Patricio. Todo encaja. ¿No es genial cuándo los planes salen bien? Ahora, cuando estos salen mal, rematadamente mal incluso, si hay un autor de primer nivel para trasladarlo al papel, el resultado puede ser aún más satisfactorio para el lector. Así que toca, felizmente, volver a la «Isla Esmeralda».  

Delincuentes de medio pelo es una novela criminal impecable. Vigorosa, dinámica, urgente. Con acción y ritmo desde la primera página, impelidos por el dominio maestro de la frase corta que posee Kerrigan. Con esos escuetos, lacónicos diálogos, y esas frases en cursiva simulando los pensamientos condensados y escupidos a borbotones de sus protagonistas. Y con una trama que se desarrolla a 130 pulsaciones por minuto y que incluye asesinatos, robos y secuestros pero, sin embargo, no sólo es perfectamente creíble, sino excepcionalmente «humana». Permítidme explicarme.

Ya era un rasgo capital en La furia y vuelve a serlo en Delincuentes de medio pelo. Kerrigan es realmente hábil a la hora de ahondar en la psicología de sus personajes, mostrándonos sus motivaciones, sus obsesiones, sus demonios internos, creando de este modo caracteres enteramente plausibles, mucho más completos y complejos que la eterna dicotomía simplista de «malos y buenos» que suele dominar el género negro. Sin duda, en la novela hay policías y ladrones. Inocentes y criminales. Pero unos y otros «vienen» con su propia historia a cuestas, así como con unas expectativas de futuro inmediato. Kerrigan nos introduce en las vidas de los Martin Paxton, Dolly Finn, Brenda Sweetman, etc., la banda que Frankie Crowe reúne para dar el «golpe definitivo» —falsamente sencillo y «limpio», por supuesto— que los sitúe en otro nivel, y los aleje definitivamente de estrecheces económicas. Personas varadas en trabajos de mierda con salarios de mierda, o que no han sabido/podido salir de la espiral del trapicheo y la delincuencia de baja estofa —de hecho, el libro arranca con un atraco de 200 euros a un pub—. A estos los contrasta con las futuras víctimas, Justin y Angela Kennedy, adinerada pareja gracias, como no, al «ladrillo» y la especulación bursátil. Y, sobre todo, nos presenta a Frankie Crowe no solo como «carne de presidio», violento y vitriólico, un tipo capaz de orquestar un secuestro y matar a sangre fría a quien considera un obstáculo. Sino también como un padre en apuros —el lector no tarda en tener la certeza de que ese vínculo afectivo está condenado—, que anteriormente dinamitó cualquier posibilidad de reconciliación con su familia. Y alguien devorado por un orgullo monstruoso, que se considera mucho mejor «profesional» del hampa de lo que es…         

Y directamente ligado al excelso trabajo en el desarrollo de los personajes y una de las «marcas de la casa» en mi opinión más fascinantes de la narrativa de Gene Kerrigan, tenemos la sutil y, sin embargo, más que jugosa perspectiva socio-histórica del país. Si en La furia Irlanda estaba sumido en la crisis económica que aquí conocemos tan bien, en Delincuentes de medio pelo nos hallamos en los años inmediatamente anteriores. Los del llamado «Tigre Celta»  —¿no es bonito cuándo el hipercapitalismo salvaje se adjudica nombres de depredadores sin atisbo alguno de vergüenza?—. Sin duda, años inolvidables —porque deberíamos recordarlos a ver si aprendemos algo de una vez, ¿no?—, especialmente para los ladrones de «guante blanco» amparados en el dogma neoliberal, en los que se creó un ambiente de euforia irreal y ridículo, en el que el dinero parecía inagotable y fácil de conseguir… Tanto que hasta un frustrado criminal de poca monta demanda su «trozo del pastel» por la vía más expeditiva posible. Kerrigan, es evidente, hace colisionar estratos sociales antitéticos, esa clase media propulsada a nuevos ricos de la noche a la mañana, como los Kennedy, gracias a términos  —eufemismos del nuevo milenio para decir estafa— como ingeniería fiscal o jurídica, frente a quienes han quedado al margen y viven la inusual y volátil bonanza económica con insidiosa frustración. El «caldo de cultivo» del desastre…

No soy capaz de ponerle pero alguno a Delincuentes de medio pelo. Como thriller, funciona de forma admirable, con una intensidad permanente y unas explosiones de ferocidad tan terroríficas como calculadas. La tensión es siempre palpable, ya sea en el caso de las víctimas, cuyas estables, afortunadas vidas saltan por los aires; en el de la policía, un compendio de actitudes y métodos dispares frente a un caso de gran magnitud, especialmente una vez este alcanza repercusión mediática; y, claro está, en el de la tropa de criminales, cuya retahíla de reveses y fracasos los va abocando a una situación cada vez más límite. Y todo ello sin que Kerrigan pierda de vista, ni por un instante, el contexto y pulso de los tiempos en los que sitúa su novela. O que sus personajes ni son héroes ni tampoco la encarnación del mal en la Tierra pese a los actos abominables que algunos cometen. Incluso el retorno final de «Sir Galahad» —os tocará leer para entenderlo—, apenas la única licencia poética que el autor se permite en el libro, resulta verosímil, además de un cierre absolutamente brillante. Los criminales quizá sean de medio pelo, pero el talento de Gene Kerrigan es superlativo.

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