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Cómo dejamos de pagar por la música, Stephen Witt (Contra, 2016)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Crimen —y su organización—, ciencia, gigantes corporativos, conspiraciones, industria, muchísimo dinero, corrupción, egos megalomaníacos… y música. No, no es un thriller a lo Michael Clayton, sino Cómo dejamos de pagar la música, un increíble libro con forma de investigación periodística escrito por el periodista Stephen Witt que Contra —claro, ¿quién podría ser?— nos trae para enseñarnos qué había detrás de nuestras «inocentes» primeras descargas de mp3, cuando Audiogalaxy, Napster y otros pocos etc, nos hacían desperdiciar preciosas horas embobados ante una rudimentaria pantalla azul a la espera a que la canción estuviera completa.

Bajo el explicativo subtítulo de El fin de una industria, el cambio de siglo y el paciente cero de la piratería, Witt desgrana con minucioso y profundo conocimiento —tras cinco años de investigación— una historia inesperada. En primer y primordial lugar, porque no sabíamos que hubiera una. Y es que, en mi opinión, una de las falacias más peligrosas de Internet es su «apariencia de espontaneidad». De que ésta es neutral y sus contenidos están ahí, a nuestra disposición, sin responsabilidades ni consecuencias. Y en segundo lugar, porque el relato del surgimiento y vertiginosa proliferación de las descargas tiene nombres y apellidos. Tres, aunque obviamente fueron muchos más, son los fundamentales, con los que el autor construye un puzle tan apasionante como complejo, entrando de lleno en el análisis de una industria musical que entonces parecía un coloso inexpugnable y que, sin embargo, pronto iba a enseñar su extrema fragilidad ante un rival negligentemente menospreciado: el intercambio de archivos.

Primero, la ciencia, con el inventor del mp3, el físico y matemático alemán Karlheinz Brandenburg cuyo equipo en el instituto de investigación Fraunhofer, desarrolló un sistema de compresión de ficheros de audio a comienzos de los años 90. Nacía el mp3 —efectivamente melómanos musicales, una manera de eliminar los sonidos «prescindibles» para el oído de una grabación de alta fidelidad para que los archivos ocupen un espacio menor— cuyos inicios serían realmente complicados, siendo denostado en repetidas reuniones tanto de los más elevados comités técnicos como empresariales de alto nivel en favor de otros formatos objetivamente peores —¡ah!, los caminos del capitalismo salvaje son inescrutables—, pero que el Internauta abrazará sin denuedo, haciendo que Brandenburg pase de erudito científico a empresario de éxito.

Luego, la industria discográfica, centrada en Doug Morris, el tipo que desde su posición de «jefazo» de Universal Music Group llevó a la industria musical a su cúspide económica, al comprender que el rap y el hip hop eran la nueva «gallina de los huevos de oro». Hablamos de —[sic]— Eminem, Limp Bizkit o Jay-Z como motores de ventas de un negocio que facturó más de 15.000 millones en el 2.000, justo el mismo año en que programas de intercambio de archivos liderado sobre todo por Napster hicieron tambalearse y luego derrumbarse a gigantes que hasta entonces parecían intocables. Entonces Morris estuvo a punto de pegársela al infravalorar o directamente ignorar la dimensión de la piratería —generada «en su propia casa»— pero, en cambio, fue capaz de reaccionar, realizando lo que puede calificarse como la transición a un modelo industrial digital centrado en —[sic]— iTunes, YouTube o Vevo, pese a sus innegables contradicciones y limitaciones —¿y los artistas?—.

Y, finalmente, el universo pirata, con la figura, hasta este libro absolutamente anónima, de Bennie Lydell Glover, un operario de la planta de fabricación y montaje de discos que PolyGram —propiedad de la multinacional Philips, luego parte de Universal— tenía en Carolina del Norte. Glover, en busca de un extra para sus triviales caprichos, se convierte en vendedor de todo tipo de material pirata, especialmente películas y videojuegos, que encuentra en las llamadas topsites, páginas web exclusivas donde descargarse «antes que nadie» —y esa es parte de la clave, la necesidad de poseer la novedad lo más inmediatamente posible—, toda clase de material filtrado. Esas webs, controladas por un reducido y selectivo grupúsculo de piratas —al leerlas se asemejan casi a sectas virtuales— le exigían algo a cambio. Filtrarles los discos que pasaban, literalmente, por sus manos, antes de que salieran al mercado. En Cómo dejamos de pagar por la música, Witt nos cuenta que Glover llegaría a pasar más de 20.000 novedades en seis años a Kali, «capo» del grupo de ripeo de CDs por excelencia, Rabid Neurosis (RNS). Millones de descargas, gratis, facilitadas para satisfacer el ego del exclusivo grupo de ser siempre los primeros. Alucinante.

Junto a otras personalidades, algunas ciertamente increíbles, que van surgiendo a medida que avanza la lectura, Witt consigue enlazar impecablemente los tres relatos centrales para, a partir de ellos, desmenuzar 15 años, entre 2000 y 2015, en los que la música y su comercialización entraron en una dimensión completamente diferente. Otro paradigma, digital, en streaming y móvil, para una industria cuya transformación, aún incompleta, aún de dudosa viabilidad —me atrevo a decir que emprendida solo «a base de hostias»— que no se explica sin RNS, Napster, LimeWire, canales de chat, servidores de FTP, Oink’s Pink Palace —imperdible lectura—, The Pirate Bay, Apple, Bittorrent, Spotify, YouTube... Que no se entiende sin pesquisas policiales, pleitos muy discutibles, colosales meteduras de pata del sector, sentencias judiciales pioneras, airados debates… El mundo tras nuestra actual reproducción de vídeo, CD, vinilo o descarga —legal o ilegal— expuesto elocuentemente por un libro que descoloca, atrapa, revela y plantea no pocas preguntas, muy vigentes, al lector y, claro, pirata. Una parte nada desdeñable de «nuestra historia» reciente que hasta ahora nadie nos había contado. Fascinante.

 

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