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El cumpleaños de Kim Jong-il, Aurélien Ducoudray y Mélanie Allag (Astiberri, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Volvemos al cómic más comprometido gracias a Astiberri y El cumpleaños de Kim Jong-il, una durísima y, a la vez, hermosa denuncia desde la ficción a cargo del tándem francés formado por Aurélien Ducoudray —periodista, documentalista y aquí guionista— y Mélanie Allag —dibujante— contra uno de los regímenes dictatoriales más aterradores del planeta, y sin duda el más hermético, orwelliano y desconcertante que existe: Corea del Norte.

El ajuste de cuentas en toda regla a la «dinastía», mejor dicho, a la tiranía de la estirpe Kim, aquí centrada en los años noventa, cuando «reinaba» el padre de Kim Jon-un, Kim Jon-il, fallecido en 2011, lo contemplamos a través del «despertar» de nuestro pequeño protagonista, Jun Sang, un niño de ocho años que, como no puede ser de otra forma —no podría permitirse— adora su país y al padre de la patria. Hasta que los acontecimientos, la cruda, terrible, miserable, realidad, se interponen cruelmente en su camino.  

El cumpleaños de Kim Jong-il pasa de la ironía que apenas esconde —obviamente no lo pretende— el absurdo de un país en el que la manipulación y el control colectivos es un «arte» perfeccionado hasta su máxima y siniestra expresión, al más puro, diáfano horror. Arrancamos viendo como los críos liderados por Jun Sang, jefe de las juventudes patrióticas de su barrio,  juegan a imitar a sus héroes revolucionarios mientras presumen de su odio a Corea del Sur y Estados Unidos, y se chivan —convencidos de que lo hacen por el bien del Estado— de sus compañeros de travesuras cuando éstas «atentan» contra los amados líderes. Y asistimos a cómo su recuento del día a día va adquiriendo un cariz cada vez más dramático a medida que la pavorosa hambruna —tras las devastadoras inundaciones a las que siguió la sequía— que asoló el país a mediados de los noventa, unida al paro masivo, el desastre agrícola y el aislamiento internacional —tras el desmoronamiento de la U.R.S.S., su único aliado—. ¿Sabremos alguna vez las cifras reales? El régimen admitió la muerte de 240.000 personas. Fuentes internacionales hablan de 2.500.000 de personas, entre el 10-15% de la población.

Es entonces cuando el «mejor país del mundo» va revelando su cara más desagradable, primero al lector y, finalmente, al joven acólito Jun Sang. Escasez desesperante, corrupción sistemática, una ominosa cultura del delator ante la más nimia acusación o sospecha, ya no de disidencia, sino de mínima duda ante el régimen. Y, por supuesto, violencia pública —una de las escenas más turbadoras y atroces del cómic—, entendida como brutal escarmiento para acallar cualquier conato posible de resistencia o crítica. La situación es desesperada, dinamitando por completo a su familia —chocante secreto revelado incluido al pequeño—, que intentará la huida a China para llegar luego a Corea del Sur. Y Jun Sang tendrá que abrir finalmente los ojos…

El trabajo de Ducoudray, basado en los testimonios recogidos por él de norcoreanos que lograron escapar de su país, es contundente. Pero, sobre todo, hay que destacar la formidable labor de Allag con los lápices, con trazos sencillos que, no obstante, resultan siempre muy expresivos. Y muy en especial, con el color, vibrante y vital cuando Jun Sang nos habla de sus más que singulares pero infantiles peripecias. En cambio, mortecino, fúnebre blanco y negro, a partir de la llegada de la familia al campo de concentración de Yodok. Y revelador —toda una declaración de intenciones—, al aparecer, de nuevo, al final de la obra.

Sólo encuentro un par de «problemas» a El cumpleaños de Kim Jong-il, siempre aceptando que estamos ante una obra de ficción. El primero es el papel de los padres de Jun Sang, para nada unos adeptos al régimen como su hijo, lo que, a mi juicio, le resta algo de credibilidad a la historia. Y, en segundo lugar, la ausencia de información acerca de las fuentes utilizadas por Ducoudray y Allag en la elaboración del cómic.  En NINGÚN caso estoy insinuando que el relato armado por los autores sea inverosímil. Más de dos décadas de ayuda humanitaria internacional, pruebas fehacientes de la existencia de campos de trabajo —eufemismo muy cobarde— como el de Yodok, noticias alarmantes que llegan con cuentagotas —muchas deben cogerse con pinzas—, y suficiente material documental —aquí aún recordamos el rocambolesco episodio de Afers exteriors—, incluidas algunas obras muy recomendables, que oscilan entre lo chocante —Pyongyang de Guy Delisle continua siendo referencia fundamental—, lo escalofriante y lo directamente ridículo —como la película La entrevista, ejem—, demuestran que Corea del Norte es un estado desastroso, además de descabelladamente opaco. Pero precisamente, debido a ese oscurantismo convertido en norma suprema, no estaría de más que en el cómic hubiéramos dispuesto de alguna referencia o explicación acerca de las fuentes utilizadas para su creación. Pero son excepciones menores a un trabajo que, en líneas generales, aturde y sobrecoge. El cumpleaños de Kim Jon-il es cómic de denuncia en su máxima y visualmente poderosa expresión.

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