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Cuentos escogidos, Joy Williams (Seix Barral, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Servidor descubrió a la norteamericana Joy Williams a finales de 2015, de la mano de Alpha Decay y la recuperación de su primera, celebradísima novela, Estado de gracia. Fue el primer encuentro con una autora esquiva —tanto en la escritura como en su ermitaña, salingeriana vida pública—, con una voz potentísima y muy personal. Hasta entonces desconocida en España pese al estatus de figura de culto en su país —apunte, apunte, señor Marías—, la verdad es que nos quedamos con ganas de más. Algo que ahora hemos podido solucionar con Cuentos escogidos, completísima antología con lo mejor de su ficción breve, que acaba de publicar Seix Barral.

Con una dilatada pero no excesivamente prolífica carrera, Joy Williams ha escrito cuatro novelas, siendo la mencionada Estado de gracia —finalista del National Book Award en 1973— y la más reciente, Los vivos y los muertos —nominada al Pulitzer en el 2000— las más reconocidas. Miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras, y galardonada, entre otros, con el PEN/Malamud Award, Williams también ha destacado en su labor como ensayista y, lo que nos ocupa hoy, su labor como cuentista. Cuentos escogidos reúne cuarenta y seis historias de la escritora de Chelmsford, Massachusetts, treinta y tres de ellas extraídas de sus tres libros de cuentos hasta la fecha —Taking care, Escapes y Honored guest, a los que debemos sumar sus microrrelatos compilados en Ninety-nice stories of God, de próxima aparición en España—, más trece relatos inéditos hasta ahora. Un opíparo banquete literario que supera las setecientas páginas, ofreciéndonos una panorámica exhaustiva de la faceta como narradora breve de Williams.   

Lo primero que sorprende al adentrarse en estos Cuentos escogidos son, precisamente, los arranques de sus historias. Me cuesta pensar en otros autores que logren descolocar e intrigar tanto al lector con su primera frase —¿John Cheever?, ¿Flannery O’Connor?—. Pongamos tres ejemplos, aunque podrían ser varias docenas:

«Está Jane, está Jackson y está David. Está el perro. David está enterrando a un pájaro.» Preparativos para un collie

«Mi madre empezó las clases de tiro en febrero. Dejó de ir a yoga. Según lo veo yo, el yoga es concentración.» Anodino

«Lilian le estaba hablando a su hija de una fase de su vida en la que le dio por matar gatos.» Gatos y perros

Se antoja difícil ser capaz de decir tanto con, en apariencia, tan poco, pero Joy Williams logra que las primera páginas de cada relato sean un ejemplo imbatible de condensación, precisión —incluso una cierta frialdad, el necesario distanciamiento del autor frente a sus creaciones— y, algo básico en el arte del cuento, planteamiento del misterio. No en el sentido de enigmas que necesitan ser desvelados. Sino en cuanto a la presentación de las cuitas, obsesiones y zozobras de unos personajes perfectamente reconocibles, mundanos, varados ante los acontecimientos o a la espera de que éstos se produzcan.   

La diferencia, de hecho uno de los talentos más destacables de Joy Williams, verdadero don, estriba en lograr que dicha comezón interna, digamos existencial, nunca necesite de ejercicios introspectivos o derivas narrativas —otro notable escritor, Charles Baxter, tituló inmejorablemente su artículo acerca de la publicación de este volumen Nunca un momento aburrido—. Sus personajes hacen cosas, muchas veces por impulso, dialogan y dialogan —aunque en la mayoría de las ocasiones no se entiendan—, van a sitios, se mueven, padecen, se lamen la heridas y vuelven a la carga. Las acciones hablan, con naturalidad, por sí solas. Hay turbulencias, por supuesto, errores cruciales y ocasiones fallidas. Pero mientras Estado de gracia era angustiosa, opresiva, dada la temática(s) inquietante de la novela, en sus relatos siempre existe un evidente sentido del humor, que va desde la puya amable pero siempre certera —de nuevo ese inicio, maravillosamente caústico de El mozo jardinero— a lo más negro y demoledor. Joy, además de Flannery, Lorrie Moore, Lucia Berlin y Joan Didion —anote, señor Marías, anote— te saludan…  

Como si leyéramos una sucesión constante de episodios falsamente cómicos, que van enseñando su verdadera naturaleza a medida que avanzamos —la tragedia siempre está allí, a la vuelta de la esquina—, la sensación que deja Cuentos escogidos es que hay una única dirección, pese a las variopintas situaciones y personalidades surgidas de la pluma de la estadounidense. Son «partes» de una única narración en la que el ser humano, en manos de Joy Williams un personaje con múltiples rostros y percepciones, se las ve y se las desea para seguir en pie e intentar entender tanto lo que le ocurre como lo que le rodea. En la apasionante entrevista —un hito per se, dada la huraña naturaleza de la autora— concedida a Inés Martín Rodrigo, recientemente publicada en el diario ABC, Williams habla de nuestra incapacidad para «mantener el interés» y profundizar en «esa imagen reflejada ante el espejo» —la literatura, en este caso—, muy probablemente porque además de irresponsables, efímeramente banales, más aún en esta era digital, lo que vemos nos provoca pavor. Eso es exactamente lo que les sucede a buena parte de sus personajes. Son elocuentes, inteligentes, tienen momentos de auténtica iluminación… pero ¿están preparados para pasar a la «siguiente pantalla»? Para averiguarlo tendréis que leer estas cuarenta y seis «cargas de profundidad» —mejor degustarlas poco a poco, sin dejarse avasallar por la extensión del volumen— con forma de relato creadas no solo por una maestra del género, sino por alguien con una privilegiada clarividencia para trasladar al papel «eso» tan complejo, insondable, que es la aflicción humana ante la existencia. 

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