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Cowboy song. La biografía autorizada de Philip Lynott, Graeme Thomson (Es Pop, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Uno nunca se cansa de regresar a Irlanda, aún menos si es para hablar de música y la propuesta llega cortesía de Es Pop ediciones. Aunque debo admitir que, de buenas a primeras, este Cowboy song del periodista musical Graeme Thomson se alejaba bastante de mis preferencias personales. ¿Thin Lizzy? ¿Un libro en el que salen nombres como Journey, Queen o Midge Ure, el de Ultravox? Ouch, esto va a ser duro. Simplemente digamos que el rock «clásico» y sus derivados igualmente «horteriles» —rock duro, glam rock, synth-pop— de los 70 y 80s no son precisamente santo de mi devoción…

Afortunadamente, no había nada que temer. Porque Cowboy song pronto se revela como una biografía bastante especial, que logra sostener ese más que complejo equilibrio entre intentar resumir una carrera musical —discos, composiciones de canciones, letras, giras, fracasos y éxitos, legados y ocasos— y, al mismo tiempo, permitirnos componer un retrato sobre la persona subida al escenario, adentrándose en las complejidades, contradicciones y abrumadoras turbulencias que asolaron a Phil Lynott. El resultado es infinitamente más interesante que una mera hagiografía —el libro se publicó originalmente el año pasado, a los treinta años de la muerte del icónico rockero, y además cuenta con la aprobación y participación de la familia Lynott, factores a priori sospechosos—, generosa en los «topicazos» más chabacanos del «macho rock» o el más que manido hilo argumental del «muere joven y deja un bonito cadáver» en nombre del rock’n’roll…

En cambio, Thomson —autor de obras sobre Kate Bush y George Harrison, además de articulista habitual en The Guardian, GQ, Mojo, Uncut o Rolling Stone— toma el camino del minucioso artesano en esta biografía, ofreciéndonos un trabajo concienzudo y mesurado sobre una «figura poliédrica», tan magnética como sombría. Apoyándose en una profusión de entrevistas con todas las personas relevantes del entorno de Lynott —tanto musical como personal— y una primorosa labor de documentación, Cowboy song es exhaustivo y casi siempre absorbente —me sigue costando ver el valor del músico como letrista, lo siento—. Se asemeja a uno de esos documentales musicales que, aunque no «controles» ni remotamente la trayectoria musical de sus protagonistas, te engancha sin remisión.

Y es que, en definitiva, Thomson es capaz de mostrarnos, acercarnos sorprendentemente, de hecho, el abismo de una existencia vivida en «el alambre». El de una infancia dominada por la provisionalidad, la incertidumbre y la otredad de ser un chico, de padres desaparecidos —la madre entrará y saldrá de su vida— de color viviendo en un barrio obrero de Dublín junto a sus abuelos. El de las serias estrecheces y la mentalidad grisácea, católica, de la época en la «Isla Esmeralda», contrapuesta a un joven decidido no solo a hacerse un nombre en la escena musical, sino a convertirse en una estrella. Y el más importante, el de un ser humano sensible, incluso retraído, por el contrario abocado, con fiera y pasmosa convicción, a transformarse en el epítome del rockero por antonomasia… aunque le costase la vida.        

La colisión entre los «dos Lynotts», el del poeta padre de familia que quizás podría haber tenido una carrera como solista folk, soul o nuevaolero, versus el del chulesco yonqui y depredador sexual, es en mi opinión el eje fundamental de Cowboy song y el motor de una biografía por la que, además, se filtran numerosos alicientes secundarios. Como el funcionamiento de una industria musical atrapada en la volatilidad de escenas que explosionan y desaparecen a toda velocidad —Thin Lizzy apenas habrán disfrutado de la esquiva fama cuando el punk «arrase con todo», y luego vendrán los «tecladitos ochenteros»—. Esa ambición desaforada que lleva a Lynott ejercer un draconiano control en todo lo que hace referencia al grupo. O la cuestión nacional, tamizada primero en rebuscadas letras que usan las referencias folklóricas y mitológicas irlandesas, luego rocambolesca —una bendición y una cruz— gracias al inesperado bombazo de su versión de Whiskey in the jar y, finalmente, visible en el surgimiento de un auténtico, muy peculiar, icono irlandés, trascendente para grupos —U2 llamando a la puerta— que estaban dando sus primeros pasos o aún consolidándose.

Cowboy song convence porque no engaña. Del mismo modo que Thompson habla de discos fallidos, canciones más que olvidables y agonías en forma de giras o sesiones de grabaciones que no iban a ninguna parte —los miembros de Thin Lizzy, Grand Slam y toda suerte de músicos involucrados en la carrera de Lynott opinan sin tapujos—, tampoco intenta embellecer la adicción descontrolada y el prematuro, trágico desenlace del músico nacido en West Bromwich, pero tan irlandés como «la patata». En última instancia, y pese a los ocasionales triunfos y la intensidad eufórica de ese «circo» que es el rock, el lector está ante un libro triste, doloroso. Porque dentro se narra la historia de un Ícaro que se quemó muy pronto. Y eso, cuando está tan bien contado como hace aquí Thomson, lo convierte en una lectura valiente, muy apetecible incluso para los que aborrecemos los guitar heroes

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