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En el corazón del corazón del país, William H. Gass (La Navaja Suiza, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Doble alegría literaria que traigo hoy a Indienauta con este En el corazón del corazón del país, obra de culto que supone el rescate —no es la primera publicación de un libro suyo en España, pero como si lo fuera—, del norteamericano William H. Gass, considerado uno de los mejores autores vivos de Estados Unidos. Una colección de cinco relatos —o una novela breve y cuatro cuentos, según se mire— que nos llega de la mano de La Navaja Suiza, una nueva editorial de lo más valiente —arrancar singladura con una colección de ficción breve, ¡bravo!— y prometedora.  

Nacido en Fargo, Dakota del Norte, el enorme prestigio de William H. Gass, escritor, crítico literario y profesor emérito de Filosofía de la Universidad de Washington, puede medirse a través de la cantidad de premios, entre ellos el American Book Award, el PEN/Faulkner, el Truman Capote Award for Literary Criticism o el National Book Critics Circle Award, con los que ha sido jalonada su carrera, tanto en su vertiente narrativa como en la de ensayista. Pero también por los elogios no solo de la crítica, sino de algunos de los mejores compañeros de oficio, como David Foster Wallace o Cynthia Ozick.

Publicado originalmente en 1968, En el corazón del corazón del país es un libro de relatos difícilmente comparable a ningún otro. William Faulkner, Gertrude Stein, Donald Barthelme, William Gaddis, Robert Coover… reza la contracubierta. Comparaciones tan diversas como a priori grandilocuentes que, no obstante, «caben» al vincularlos a la prosa de Gass. Porque en estas historias el autor muestra «las tripas» del mito de Estados Unidos, aquí situado en un Medio Oeste espeluznantemente real, mientras apuesta fuerte, muy fuerte, subvirtiendo las formas y estructuras de los cuentos. Retozando y jugando con el lenguaje a su antojo, lo que dicho sea de paso, convierte en magistral el complejo trabajo de traducción de Rebeca García Nieto, coronado con su entrañable epílogo —a su vez un breve relato sobre su labor—. Gass es un aventurero, un inventor literario que, me atrevería a decir, no piensa en demasía en sus posibles lectores al abordar sus experimentos narrativos. No soy un gran fan de este tipo de autores porque —aquí estoy «matando moscas a cañonazos», generalizando para abreviar— el estilo y la vanguardia suelen «acabar» con la substancia. Sin embargo, con Gass las piezas encajan, y sus relatos parecen tener la rara habilidad de indagar en terrenos de sobra conocidos, violencia, soledad e incomunicación, vidas quebradas, sordidez… con una nueva mirada.

En el corazón del corazón del país empieza con su texto más extenso, El chico de Pedersen, una bestia oscura y malsana en la nieve. Incluido en esa joya llamada Antología del cuento norteamericano compilada por Richard Ford, el relato nos sitúa ante una familia terriblemente avenida intentando salvar la vida de un niño que se ha congelado ante el inclemente temporal. La escena es grotesca, Harry Crews y Erskine Caldwell dándose la mano, y entre improperios, whisky y amenazas de violencia doméstica, también surgen las preguntas: ¿cómo ha llegado el crío hasta aquí? ¿por qué? ¿no deberíamos hacer algo? La respuesta está ahí fuera y, por supuesto, será tan escalofriante como fascinante… Brutalidad nivel Cormac McCarthy, mutada a través de una turbadora prosa en la que el gélido escenario puede respirarse y padecerse, un personaje vivo y fundamental que traspasa el papel. Soberbio.

Le sigue La señora Ruin, cuento en el que podríamos decir William H. Gass permite la entrada al sentido del humor, cáustico y mordaz a través de las observaciones de un amargado escritor, la soledad —y eso que vive con su esposa— y la senectud hecha carne y pretencioso verbo, a su anodino y  plomizo vecindario, con especial saña a su anónima vecina. A mi juicio, Gass alarga excesivamente el experimento solipsista, pero la cotidianidad fabulada, opresiva y biliosa, resulta al mismo tiempo hiriente y risible para el lector. Si a eso se le añade el surreal giro final, tenemos una loable y deformada versión literaria de La ventana indiscreta en el que el mirón «cruza la línea»…    

En tercer lugar encontramos Carámbanos, seguramente el más flojo del quinteto, otro nuevo estudio en profundidad de la psique humana, en el que el hogar es, literalmente, prisión y refugio para un vendedor de casas. Claustrofobia física y mental llevada al extremo. Más certero es, sin duda, El orden de los insectos, apenas una docena de páginas de obsesiva verborrea sobre el terror transformado en morbosa fascinación, kafkiano y revelador pasatiempo, de una mujer respecto a los insectos que asolan su casa. Descoloca, repugna e impacta a partes iguales. Brillante.

El relato encargado de cerrar el libro es también el que le brinda el título. En el corazón del corazón del país tiene varios elementos en común con La señora Ruin. Otro escritor en soledad, radicado en un grisáceo un pueblo de Indiana llamado B —B, ¿no es ese nombre una provocación al lector?—, en obstinado proceso de aislamiento del mundanal ruido. A solas con sus recuerdos, impresiones azarosas de su entorno y disquisiciones de índole más personal. William H. Gass arma el relato como si fuera un diario en construcción —cada fragmento posee un encabezamiento propio—. Un diario tan personal como vago, disgregado, aparentemente incoherente y frío, cuando no virulento. Y, sin embargo, en ellos se va filtrando un extraño tono poético, permeando las impasibles descripciones de sus avejentados conciudadanos, con los que comparte desamparo y decadencia. Y un pasado con un fracaso sentimental lacerante, tan reconocible como desarmante. Una vida deconstruida y reedificada ante nuestros ojos. Y un cierre magnífico a un libro que confirma las sospechas: nos estábamos perdiendo a un escritor de altura. Pero mejor tarde que nunca. Bienvenido —aunque técnicamente sea un regreso—, señor Gass.

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