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El club de los mentirosos, Mary Karr (Errata Naturae y Periférica, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Hoy traemos un hype en toda regla a la sección literaria. Uno de esos libros definidos como «de la temporada», sobre los que no dejas de escuchar y leer parabienes pero que, ¡albricias!, nada tiene que ver con los regresos de los Ken Follet, Dan Brown y un largo —muy largo, deprimentemente largo— etc. Se trata de El club de los mentirosos, las memorias con bastante de novela de Mary Karr, que nos llegan no por medio de la mercadotecnia más deplorable, sino gracias al olfato de Errata Naturae y Periférica, dos editoriales independientes con un largo historial de buen hacer a sus espaldas. Así que nos toca viajar al «Estado de la estrella solitaria»…

Publicada originalmente en 1995 para convertirse en toda una sensación y fenómeno de ventas —entre los más vendidos en Estados Unidos, libro del año para el New York Times, New Yorker, People, Time, todo tipo de premios y reconocimientos…—, El club de los mentirosos es la obra más celebrada de Mary Karr, escritora tejana que actualmente ejerce como profesora de Literatura en la Universidad de Siracusa, Nueva York, además de popular conferenciante y, por lo que parece, también celebrity que se codea con personalidades como Lena Dunham de Girls, que firma el epílogo. ¿Qué tienen estas memorias para consensuar tanta admiración? Dos son, en mi opinión, sus elementos claves. Una narradora sorprendente, con una voz insólita en este género literario, junto a una extraordinaria capacidad para trasladar a la página escrita los claroscuros de la vida en toda su magnitud.

El eje narrativo de El club de los mentirosos son tan sólo un par de años, de 1961 a 1963, en los que Karr, apenas una cría, asistirá a la separación de sus padres, conocerá la pobreza y la riqueza, vivirá un traumático traslado forzoso de Texas a Colorado —dos personajes más, aunque el segundo, en mi opinión, tiene un exceso de caballos y sombreros de cowboy— junto a su hermana mayor Lecia y su volátil madre, así como la muerte de su abuela, y varios episodios lamentables, terribles, que ningún ser humano debería sufrir, menos aún una niña. Una niña miembro de una familia cuya situación habitual es la zozobra regada en alcohol que anticipa la quiebra con tendencia a las explosiones de violencia o, directamente, de aterradora y destructiva locura, a la que se añaden episodios ahora trágicos, luego más que turbios. Vamos, el decorado perfecto para lo que deberían ser unas memorias dramáticas, duras, onerosas… Sin embargo, la autora opta por un enfoque completamente diferente, donde predomina la mordacidad y una sensación de distanciamiento que, uno diría, busca la comicidad cómplice. Como si le dijera al lector, «Sí, todo esto me pasó a mí, querido. Menuda putada fue. Pero sobreviví».

Rebelde, aparentemente tan sólo apegada a su abatido padre —quien se lleva a Mary a las reuniones, men only, que dan título a la obra, donde su progenitor da rienda suelta a sus «batallitas» generosas en ficción—, siempre a la gresca con su hermana, que es al mismo tiempo su «ancla» y, posiblemente la única persona cuerda del libro, deslenguada, incluso insolente, la Mary Marlene de El club de los mentirosos se asemejaría a una versión «camorrista» de la gran Lucia Berlin, o a una suerte «barriobajera» de mi adorada Grace Paley. La escritura de Karr es dinámica, pícara —esos paréntesis son «oro puro»— y vívida, una testigo de excepción de trascendentales acontecimientos que, en cambio, ofrece una mirada que induce a la sonrisa sin renunciar a contar los aspectos más «ásperos» y malsanos de una existencia peliaguda. La excepción serían un par de fragmentos, sin duda los más espeluznantes, que le atañeron tan sólo a ella, fríos y algo herméticos en contraste con el tono general del libro, como si la narradora utilizarse un escalpelo en vez de una pluma y se reservase el derecho al silencio entre tanta revelación.

Porque Karr no tiene pelos en la lengua y lo que nos cuenta, apabulla. La demoledora franqueza disfrazada de falsa ligereza e hilaridad —algunas de las citas en la faja y la solapa son de «juzgado de guardia», este libro NO es una comedia— no pretende tanto hacer reír sino mostrar una resiliencia, un «lo que no te mata te hace más fuerte», que se tornará en fundamental aprendizaje para las pequeñas Mary y Lecia. Y, sobre todo, la posibilidad de tener una segunda oportunidad, de reconciliarse con el pasado, por mucho que los actos y, especialmente, sus actores parecieran imposibilitarlo. Ahí emergen las figuras de sus padres, que me atrevería a decir son los verdaderos protagonistas de El club de los mentirosos, con mención aparte para su madre, fascinante creación literaria y, claro está, también fascinante ser humano.

Como si estuviéramos ante una acerada creación de Joan Didion, primero nos encontramos a una mujer deprimida, cada vez más furibunda en su frustración matrimonial, que supera el ámbito doméstico para inferir unos anhelos —profesionales, de estatus, existenciales— tan lejanos en ser satisfechos en esa olvidada localidad petrolera que únicamente el alcohol y los envites de vitriólica ira consiguen apaciguar momentáneamente. Luego, nos topamos con una persona a punto de perder la cabeza —la escena clave del cuchillo—, psicótica, alterada definitivamente a raíz de la venida y posterior fallecimiento de la abuela —Mary necesita una sola frase para sentenciarla—, y que, aún después de liberarse del «grillete marital» y las penurias económicas, es incapaz de enderezar su rumbo y, por descontado, no debería tener a su cargo a sus hijas. Pero todavía queda un tercer capítulo…

Sin caer en el spoiler, ese desenlace encaja las piezas y resuelve, al menos parcialmente, muchos de los odios, rencores, razones y «lados oscuros» mostrados por los padres de Karr. Y, pese a que en un principio, ese giro más abiertamente dramático —el salto temporal de diecisiete años nos sitúa en el ocaso de los progenitores— puede restar cohesión al tono general del libro, dota a sus personajes de una dimensión humana más creíble, alejándolos de la amenaza de ser simplemente exageraciones literarias al servicio del escritor, adquiriendo en cambio una envergadura y una enjundia que logra conmover al lector. Porque detrás de las mentiras y los secretos que permanecían enterrados, hay dolorosas verdades. Y cuándo esta sale a luz, también lo hace el tiempo para sanar las heridas. El hype de El club de los mentirosos es más que merecido. 

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