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El camino de la bestia, Flaviano Bianchini (Pepitas de calabaza, 2016)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Creo que nunca me había cabreado tanto leyendo un libro. Pero es que El camino de la bestia, del naturalista, defensor de derechos humanos y escritor italiano Flaviano Bianchini, que nos trae Pepitas de Calabaza —tercer encuentro con su estupenda colección Americalee tras el extraordinario Ver, oír y callar y el no menos recomendable Generación cochebomba— no es una obra cualquiera. Es un documental hiperrealista, por escrito, del drama de la inmigración en uno de sus ejemplos más actuales y sangrantes: el desesperado viaje desde la frontera entre México y Guatemala hasta los Estados Unidos.

En un brillante ejercicio de periodismo de «investigación kamikaze», a lo gonzo —eso sí, sin estimulantes ni enajenaciones como mi querido Hunter S.ThompsonBianchini, fundador y director de la ONG Source, cuyos estudios sobre los daños a la salud y el medio ambiente relacionados con las industrias extractivas han conseguido la modificación y aprobación de leyes o medidas cautelares en Honduras, Perú y Guatemala, decidió realizar la brutal ruta que cada año recorren cerca de 500.000 de migrantes en busca de la «tierra prometida». Y en sus mismas condiciones. Desembarazándose de su pasaporte de «primera clase», el de la Unión Europea. Adoptando una personalidad ficticia —Aymar Blanco, peruano—. Renunciando a cualquier privilegio o atenuante que su condición pudiera proporcionarle. Asumiendo los mismos riesgos que cualquier migrante. Para así hacer visible el infierno en vida. Un infierno que, de vez en cuando, los medios «tienen a bien» acercarnos por unos días… para después olvidarlo sistemáticamente, más preocupados por el nuevo peinado del futbolista de turno.

El periplo de Bianchini, de veintiún días, es simplemente aterrador. Y eso que lo cuenta todo con sumo aplomo, sin recrearse en la miseria de las situaciones vividas o en el heroísmo de quien logra completar una hazaña. Incluso, a veces, parece que el autor está claramente dispuesto a renunciar a un texto más impactante y de mayor calidad literaria, permitiéndose ciertos «desvíos» en la narración para exponernos cuestiones directamente vinculadas a las migraciones, por las que, básicamente, entendemos cómo y por qué alguna de la mayor escoria de la tierra, lo que incluye tanto a los narcos como a la policía y las autoridades mexicanas, ignora, permite y/o saca partido de la desgracia humana. Asimismo, también encontramos cierta repetición en determinadas frases y fragmentos, en los que se vislumbra de nuevo esa voluntad puramente informativa, de proporcionar y subrayar al lector datos y hechos significativos acerca del atroz viaje y las deplorables condiciones en las que se realiza.

El relato es desgarrador. Uno siente y, al mismo tiempo, es incapaz de asimilar el grado de angustia al que se ven sometidos centenares de miles de seres humanos pendientes de un tren, «la bestia» a la que hace referencia el título —también conocido como «el tren de la muerte»—, que los dejará a un paso de la frontera norteamericana… si son capaces de sobrevivir. Si logran lidiar con el calor, la escasez de agua y alimentos, o la extrema incomodidad del clandestino trayecto. Si tienen la suerte de no ser saqueados y vejados por las organizaciones criminales prestas a abordar la locomotora, siempre con la pasividad absoluta o total connivencia de las autoridades. Si son afortunados y el maquinista no los vende, literalmente hablando, al narco. Si consiguen permanecer despiertos, porque dormirse resulta demasiado peligroso.

Hay más, tristemente. Mucho más. Como las espeluznantes veinticuatro horas hacinado, con una única botella de agua, junto a cuarenta seis personas en el falso fondo de un pequeño camión camino a Tenosique y previo pago de 500 dólares. Como el demoledor tramo final, cruzando el desierto de Sonora para entrar en Estados Unidos por Nogales, extenuados por las caminatas diarias mientras intentan mantenerse invisibles a las patrullas policiales y los minutemen —neonazis que se creen con derecho a «proteger» la frontera de la llegada del migrante por todos los medios—. O, a mi juicio el peor de todos, el siniestro paso por la cárcel, encerrado con 40 personas en una celda de cuatro por cuatro metros por una policía absolutamente putrefacta, dispuesta no sólo a cometer los abusos de poder más viles —si el viaje de Bianchini es horrible, el de una mujer es sencillamente inenarrable—, sino incluso a sacar tajada de esas vidas ahora en sus manos.

«Esto es México, amigo mío. El primer país del mundo en el comercio de seres humanos y droga. ¡Bienvenido!»

Porque el migrante en México «compra un billete», sólo de ida, para convertirse en mercancía, susceptible de ser vendida, cambiada y explotada hasta la última gota. «Una de las mercancías más lucrativas, eficientes y con menos riesgo del mundo», en palabras del propio Bianchini. No tiene voz, no tiene voto y, al ser declarado ilegal, no tiene derechos. Una multitud silenciada y, por fuerza, silenciosa. Carnaza para la extorsión, explotación y el más abyecto juego político. Y ahí llega el cabreo, la indignación máxima. El camino de la bestia nos proporciona un testimonio que desmenuza, a mi juicio, una de las mayores vergüenzas de nuestras mal llamadas «sociedades avanzadas». Expone las consecuencias directas de nuestra inacción y decisiva responsabilidad: histórica, política, por intereses económicos, o por la imposición de un sistema neoliberal que esquilma recursos y mano de obra cada vez más «explotable» en el surgimiento y mantenimiento de países rotos. Los «estados fallidos» de manual —corrupción sistémica, estado inefectivo que no controla todo su territorio, violencia sostenida— como Somalia, Sudán, Guatemala, Honduras, El Salvador, Siria, Libia, y, entre un largo etc, sin duda México —uno de los más ricos, con más recursos e historia, por tanto, más bochornoso si cabe—. En definitiva, situaciones que existen y perviven porque algunos se benefician del narcotráfico, el comercio de armas o el esclavismo moderno… Por eso, cuando uno oye a hablar a Trump, Theresa May, Jean-Claude Juncker, Peña Nieto, Viktor Orbán, por citar unos cuantos, la palabra que le viene a la cabeza —entre infinidad de insultos— es HIPÓCRITAS.

Quiero acabar diciendo que sí, en el libro también hay momentos de esperanza. Gracias a personas anónimas y organizaciones dispuestas a socorrer al migrante, incluso arriesgando su propio pellejo, que se leen con emoción y alivio. Y es que, como siempre, la esperanza reside en la ciudadanía. Una ciudadanía que necesita de libros como El camino de la bestia. Ojalá fuera un best-seller. Entonces, seguramente los encorbatados del párrafo de arriba no nos gobernarían…

 

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