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En busca de los discos perdidos, Eric Spitznagel (Contra, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Pop y hacerse mayor, esa demoledora pareja. Nuestra querida editorial Contra regresa a esta sección decidida a tocarnos la fibra sensible de la mano de En busca de los discos perdidos del periodista estadounidense Eric Spitznagel. Una lectura que, si tienes una cierta edad y una pasión afortunadamente incurable por la música va a recordarte «impepinablemente» a  Alta fidelidad —el libro de Nick Hornby y/o la posterior película de Stephen Frears—. Una versión 2.0. —lo siento Eric— cuasi cincuentona, bastante más rolliza, algo más ajada y en plena era millennial, cuando la música, desgraciadamente, apenas importa, de nuestro querido Rob Fleming. Por tanto, que íbamos a caer era un secreto a voces…

Porque Spitznagel también podría haber titulado su libro Recuperando la alta fidelidad, aunque debe decirse que estamos ante unas memorias y no una novela de ficción, por lo que otros referentes como la fantástica Fargo rock city de Chuck Klosterman o el Lost in music de Giles Smith también asoman en las comparaciones. De nuevo, un Peter Pan adulto, en este caso salido de Michigan y dedicado —el horror, el horror— al periodismo freelance Rolling Stone, Playboy, Vanity Fair, obras sobre el actor/director de cine porno Ron Jeremy, una parodia de Los vigilantes de la playa, la comida basura—… Alguien que creía que su vida iba a ser la más alucinante y cool y que, sin embargo, ahora que se acerca peligrosamente la mediana edad —y su indisociable crisis— se empieza a revelar como una combinación de pequeñas o considerables decepciones y frustraciones: envejeces, cuesta llegar a fin de mes, el matrimonio y la paternidad son amantes muy exigentes, gente a la que querías de verdad se aleja de tu vida o, lo que es aún peor, fallece… Y entonces —y aquí comienzan la diferencias—, y empujado definitivamente por Questlove, el batería de los Roots —¿setenta mil discos?—, miras al pasado no sólo con nostalgia, sino con algo parecido a la desesperación. Y como no puedes recuperar el tiempo perdido, nuestro protagonista intenta acometer el sucedáneo proustiano más próximo: ir en busca de los discos desaparecidos, vendidos, olvidados.  

Lo que convierte la idea de Spitznagel en novedosa, quijotesca y, por tanto, memorable, es la literalidad de su misión. Se trata de dar con el paradero de sus discos del pasado, exactamente los mismos que le pertenecieron en sus años de gloria de su juventud e inicio de la adultez. Aquellos vinilos que, con independencia de su condición actual, si es que todavía existen y es capaz de localizarlos, marcaron su existencia. Pedazos de su vida encapsulados en cartón y policloruro de vinilo. Una epopeya física y emocional en pleno reino de lo efímero, inmediato y obsolescente.  

Frente a ese planteamiento, uno piensa que En busca de los discos perdidos es una aventura que, seamos honestos, tiene bastante de ridículo. ¿Debería tratarse de las canciones y no del objeto? ¿Quién en su sano juicio querría recuperar una copia del Slippery when wet de Bon Jovi? Pero el lector pronto reconoce que no se trata tanto ni de los variopintos gustos del autor —Replacements y Pixies conviven con Stones, Van Morrison, Billy Joel o Kiss— ni de las canciones, sino de las vivencias indisociables, los recuerdos maridados por siempre a ellas. Por eso las notas en las portadas, las muescas, los arañazos, el deterioro, el olor, las rayadas en los surcos, son esenciales. Cada disco alberga una historia. SU historia. De nuevo la sorprendente literalidad extrema, Spitznagel nos está narrando su vida mediante su banda sonora… Y vale, para entonces este libro ya te está llegando al hueso.

Como si fuera un Greatest hits de lo más diverso, indispensable tanto para neófitos como para auténticos «completistas», En busca de los discos perdidos bascula entre diversos «tonos» y «ambientes». Por un lado, encontramos el muy necesario «no me toméis muy en serio, sé perfectamente que esto es absurdo» y tengo una mujer. Por otro, tenemos el humor, vivaz y socarrón, a costa de la música, que va de lo que escuchabas para ligar o «mojar» aunque lo odiases —¿única razón justificable para poseer el mencionado disco de Bon Jovi?—, pasando por el conocido «arte del postureo» —Captain Beefheart, Coltrane y Radiohead se llevan su merecida ración, brindo por ello—, a las andanadas graciosas y con mordiente respecto al deplorable estado actual de la música.

No obstante, hay otro «acento», otro «estado» que también persiste en el libro: el de una aflicción profunda que se cuela entre su periplo por el circuito de ferias de discos de segunda mano, coleccionistas hardcore, tiendas antediluvianas, eBay e Internet, su cadena de radio universitaria… Y que se hace particularmente evidente en los envites más íntimos del libro, básicamente esas reuniones forzadas que incluyen a su primera novia —tan buen rollo es sospechoso Eric—, y la panda de amigos/miembros de la «discoteca comunitaria» de su primer hogar. Ahí residen retazos trascendentales de su existencia, desde los clichés del despertar sexual y sentimental a los lazos familiares arrasados por el paso del tiempo y las visiones contrapuestas de la vida. Y aunque la mezcolanza de estilos a veces supera las habilidades narrativas del autor —Spitznagel no es Hornby— su lectura escuece.  

Porque es inevitable. Uno piensa fácilmente en sus propios discos —sean vinilos o CDs, mientras el formato sea físico no me importa demasiado— y la lista incluye discos que ahora crees detestar y, sin embargo, te emocionan, junto a los que adoras y adorarás mientras vivas. Sagrados. Y porque uno entiende a la perfección el momento más memorable de En busca de los discos perdidos. Ese inesperado concierto de los Replacements con la propia sangre —otra vez la extrema literalidad del autor—, fundiéndose con el LP en mano que disparatadamente Spitznagel lleva consigo. Porque la música quizás sea la vida. Pero la vida seguro que no se entiende sin música.

 

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