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Blues. La música del Delta del Mississippi, Ted Gioia (Turner Libros, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Tras un mínimo parón vacacional, volvemos con «librazo» musical bajo el brazo. Se trata de la reedición a cargo de Turner Libros de Blues. La música del Delta del Mississippi, la segunda obra magna del pianista, compositor, productor, crítico, historiador y profesor Ted Gioia tras su celebrada Historia del jazz —considerada la referencia imprescindible sobre el género—. Un viaje, tan apasionante como concienzudo, tan antropológico como emocional, por esa región mítica comprendida entre Vicksburg, Mississippi, y Memphis, Tennessee, —con parada obligatoria en Chicago— y en la que, sin embargo, «germinaron» los sonidos más terrenales e influyentes en la historia de la música popular anglosajona moderna y contemporánea.  

Quinientas páginas que se hacen cortas, Blues se lee y disfruta casi como un «relato de relatos», un «puzle» en el que las «piezas» debieran resultar parciales, incompletas, difusas, cuando no enigmáticas —la leyenda y la historia oral alrededor de los icónicos bluesmen que desfilan por estas páginas afloran en todo su magnético esplendor sureño— pero, en cambio, conforman una suerte de recorrido estructurable. Y Gioia asume esa dualidad, la del ensayo divulgativo «serio» y exhaustivo, profusamente documentado, combinada con la narración, e incluso el análisis, tras la fábula, con pasmosa naturalidad. El resultado es una obra de alcance profundo a la par que entretenido, a la que, felizmente, el lector va a poder regresar y disfrutar en su totalidad o saboreando individualmente cada uno de sus capítulos. Preferiblemente mientras se acompaña la lectura con la escucha de la desbordante, capital, banda sonora comprendida en el volumen y sublimada en esos «Cien blues fundamentales» que sirven como incontestable corolario del libro —y que os ofrecemos al cierre de la reseña en un opíparo playlist, generosamente ampliado, gracias a la Biblioteca de Vallcarca i els Penitents—. 

Mapa geográfico, político, económico, social, sentimental, además de, obviamente, musical, en Blues, Ted Gioia nos invita a acompañarle en su recorrido, una suerte de cronología más que singular, incomparablemente heterodoxa, rebelde. Una en la que el puro azar —y con mayor frecuencia su reverso, el infortunio— tiene un papel a veces tan crucial como las coyunturas de las épocas, con el racismo y la draconiana estratificación social siempre en primer plano. El autor de Palo Alto, California, primero nos lleva a recorrer las plantaciones algodoneras del Mississippi, con significativos altos en el camino en Dockery o la célebre —e infame— prisión de Parchman. Enclaves nada casuales, donde el contexto, crudo y deprimente juega un papel fundamental en el nacimiento de una música surgida para «desahogar» el alma torturada.


Fotos: Charley Patton, Robert Johnson, Skip James y Son House

Sumario de una victoria sinuosa e inesperada, a partir de su origen reactivo frente al esclavismo y la represión constante, esa tristeza primaria e inconsolable acompañada de guitarras irá quemando paulatinamente etapas hasta encontrar su espacio y reconocimiento en el mundo. Gioia va enlazando minuciosamente los diversos períodos, a menudo difusos, con  sus artistas seminales, cimentándolos a la vez que humanizándolos. Así, W.C. Handy y, sobre todo, Charley Patton presiden el primer advenimiento del blues antes de que el crack del 29 dinamitase el todavía «en pañales» negocio discográfico —interesantísimo el perfil de Henry Speir, avispado y algo ladino empresario responsable de la mayoría de esas esenciales primeras grabaciones—. Luego llegará el turno del «enigma» Robert Johnson —memorable capítulo en el que nuestro cronista se pelea con la seductora ficción del músico que «vendió su alma al diablo»—, seguido de Skip James Son House —olvidados y posteriormente redescubiertos—, mientras que los bluesmen empiezan a trasladarse a Memphis, migración forzosa en busca de una oportunidad que los saque de la miseria —mayúsculas, sobrecogedoras, las páginas dedicadas a Howlin’ Wolf— y trampolín necesario que albira el destino final: Chicago.

Contrariamente al manido prejuicio acerca de su repetitividad, incluso anquilosamiento, que esta música suele concitar, el blues, siempre en tránsito, no dejó de evolucionar. Y, de paso, en el proceso, puso los cimientos del rock and roll —con papel destacado para Muddy Waters—, influyendo decisivamente en buena parte de sus tótems. Pero mientras Elvis Presley se apropiaría de esos sonidos y desplazaba a los genuinos creadores del todavía no alcanzado estrellato, grupos devotos del blues como los Rolling Stones, Cream o Canned Heat, entre otros, devolverían el favor reivindicando su legado, compartiendo giras, y prestándose gustosos a colaborar con bluesmen de la talla de John Lee Hooker o B.B. King, capaces de derribar las últimas barreras —aceptación, popularidad, ventas, reconocimiento— a las que el género parecía tener el acceso vedado.


Fotos: Howlin’ Wolf, Muddy Waters, John Lee Hooker, B.B. King

Precisamente, la cuestión del legado y la merecida vindicación de muchos de esos artistas brinda a Blues otro momento glorioso. La del último capítulo, dedicado al resurgimiento del género en los sesenta, gracias a ese puñado de freaks —uno no puede evitar pensar en el gran Steve Buscemi en su papel de Seymour en Ghost World—, coleccionistas entusiastas de esos discos de 78 rpm perdidos de los años treinta y cuarenta, convertidos en inverosímiles investigadores, en cierta forma replicando la labor pretérita del insigne folklorista e incansable viajero Alan Lomax —otro personaje central, con asombrosas luces pero también varias sombras—, siendo capaces de buscar, encontrar y rescatar a varios de esos artistas, semi o totalmente retirados —los mencionados Son House, Skip James o Bukka White—, y proporcionales una segunda oportunidad, además de abrir camino a nuevos bluesmen, casos de R. L. Burnside o Junior Kimbrough.

¿Qué podría faltarle a Blues? Quizás Gioia dejando algo a un lado sus excelsos conocimientos musicales desentrañando los entresijos de muchas canciones representativas del género —el aspecto más farragoso del libro, la única parte que puede resultar excesiva para neófitos o personas con oídos menos privilegiados— para, en cambio, adentrarse más en las conexiones e influencias del blues con el soul o el rap, intentando, al menos, acercarse al nuevo milenio con algo más sustancioso que una solitaria mención a los Black Keys. En cualquier caso, resultan detalles harto menores ante una obra mayor, poliédrica y fascinante. Lo dicho, «librazo». Ahora ya no tenéis excusa para zambulliros completamente en el sonido del Delta del Mississippi…

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