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El asco, Horacio Castellanos Moya (Literatura Random House, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Hoy, de la mano de Literatura Random House, empezamos a asomarnos —en breve habrá más— a la obra del salvadoreño Horacio Castellanos Moya, uno de los escritores más reputados, también controvertidos, de la Latinoamérica de posguerra. Y lo hacemos con El asco. Thomas Bernhard en San Salvador, su novela más polémica y contundente, por la que fue amenazado de muerte, obligándole a abandonar su país. Un breve pero intensísimo ejercicio de estilo literario —imitando lo que hizo el autor austríaco del subtítulo con su natal Salzburgo— convertido en vitriólico «ajuste de cuentas» a la realidad de su país. O la angustia y la náusea hecha ficción.

Nacido en 1957, Castellanos Moya, actualmente profesor en la Universidad de Iowa, es autor de doce novelas, varios libros de relatos y ensayos, además de haber sido editor de diarios, revistas y agencias de prensa, principalmente en Ciudad de México, donde vivió trece años —también ha residido en Costa Rica, Guatemala, Canadá, España y Japón—. Una trayectoria que motivó la concesión del Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas 2014 por el gobierno chileno. Pero fue este El asco, aparecido originalmente en 1997, el que le puso tanto «en el disparadero» como «en la picota», algo que el mismo Castellanos Moya desgrana en la sucinta pero jugosa —y pesarosa, también— «Nota del autor» que cierra el libro.

El asco es una «erupción narrativa» de primer orden, un exabrupto de apenas un centenar de páginas disfrazado de monólogo —bueno, técnicamente una conversación de bar con su antiguo compañero de colegio Moya, pero donde solo habla uno— sobre la sensación de desasosiego, extremo y constante, de Edgardo Vega, que tras dieciocho años de exilio voluntario en Canadá, se ha visto obligado a regresar a San Salvador a causa del sepelio de su madre. Moya reproduce ese encuentro tal y como haría un secretario de actas, registrando la incontenible, torrencial e interminable retahíla de desprecio, bilis y repulsión que su país le produce. Algo así como la versión extendida y centroamericana del memorable monólogo «Que se jodan» de Monty Brogan —interpretado por el gran Edward Norton— en La última noche de Spike Lee. O una suerte de Cinco horas con Mario de Miguel Delibes sin sutilezas ni «trotaconventos». Solo miedo y hastío.

Así, desde la comida —la inquina contra las papusas es de aúpa— a la política, pasando por la música, el sistema educativo y, muy significativamente, su propia familia, especialmente su hermano, con el que vive un episodio tan definitivo como definitorio, Vega embiste contra todo lo que odia de El Salvador, que valga la redundancia, es prácticamente todo. Pero más que el «despellejamiento», capa a capa, de su lugar de nacimiento, lo que arrastra irremisiblemente al lector en El asco es el estado de insostenible exasperación del protagonista, a quien uno imagina siempre a un paso del ataque al corazón, narrada por Horacio Castellanos Moya con una sabia mezcla de repetición desesperada —lo que, de paso, convierte en virtud la brevedad de la novela— e implacable desabrimiento.

Y eso que Vega no cae demasiado bien. Es pedante y egocéntrico hasta el paroxismo, tiene ínfulas intelectuales —cita a Thomas Bernhard y presume de su elevado oído porque escucha a Tchaikovski— insufribles y, en definitiva, se cree en posesión de la absoluta verdad acerca del deplorable pasado, violento presente e inexistente futuro de El Salvador. Y, sin embargo, es tan de carne y hueso en su despotricar que muestra sin ambages su angustia existencial, que uno no puede sino identificarse algo —y, de paso, asustarse— con Vega. ¿Cuántos de nosotros nos indignamos veinte veces al día entre nuestras redes sociales y el reguero de noticias aciagas? ¿Cuántos tenemos nuestro intransferible El asco en la cabeza? Quien escribe sabe que con cien páginas no tendría ni para empezar —ochenta años «por la gracia de Dios y el caudillo» dan para mucho—… Pero cuando las andanadas verbales sólo son destructivas, no propositivas, con frecuencia —gran— parte del problema reside en quien vive permanentemente indignado y no hace nada para remediarlo. Leer El asco en plena «era del trol» es, en cierta forma, sentarse en el diván. Pero también mirarse ante el espejo.

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