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Alpha, Bravo, Charlie, Delta, Stephanie Vaughn (Sajalín, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

¿Por qué defiendo a ultranza los libros de relatos? Porque, a veces, te puedes encontrar «milagros» literarios en forma de historias extraordinarias, tan infinitamente satisfactorias individualmente como en su conjunto. Como si tuvieras una novela formada por varias novelas, breves, que pueden presentarse de maneras diversas o, al contrario, muy cohesiva. Pero, normalmente —a no ser que estemos ante un mero recopilatorio, un cajón de sastre— con un tono, un ritmo, una armonía y una dirección interna que permiten al lector implicarse mucho más que con la ficción más extensa. Porque, dada la limitada extensión del cuento, uno tiene que poner de su parte. Tiene que poner su imaginación a funcionar y «rellenar» los huecos. Es el caso de los diez milagros reunidos en Alpha, Bravo, Charlie, Delta, único libro publicado hasta la fecha por la norteamericana Stephanie Vaughn, que nos llega de la mano —cómo no, son los «cazatesoros» de las letras— de nuestra querida Sajalín.

Vaughn, nacida en Millersburg, Ohio, es profesora de literatura inglesa y escritura creativa en la Universidad de Cornell. Sus relatos fueron publicados en el New Yorker y antologías de cuentos durante los 70 y 80 antes de que, en 1990, aparecieran en este Alfa, Bravo, Charlie, Delta. Un libro que, en menos de doscientas páginas, consigue hablarte de vidas que, sobre el papel, parecen muy distantes, cuasi anómalas —caso de la existencia castrense que marca las historias narradas por Gemma Jackson, la mitad del volumen, de marcado acento autobiográfico— y, no obstante, resultan no solo del todo reconocibles, sino empáticas, emocionantes, duraderas. Varios son, a mi juicio, los motivos para alcanzar ese inusual nivel de conexión con el lector.     

El primero es que la voz narrativa en Alfa, Bravo, Charlie, Delta es absoluta, magistral, deliciosamente natural —lo que convierte en obligado hacer referencia también al fenomenal logro de Ana Crespo con la traducción, que fluye melodiosamente— a la vez que sumamente ágil, a un nivel que me ha hecho recordar Postales de invierno de Ann Beattie, es decir, palabras mayores. A renglón seguido, el tono de los relatos, que es uniformemente discreto, sobrio, para nada estridente, sin espacio para digresiones o «excursiones» literarias en busca de la descripción epatante del paisaje donde el autor demuestra su depurada técnica. Y es que Vaughn, como sólo los maestros saben hacer, prefiere dejar hablar a sus personajes mediante sus actos y reacciones ante los conflictos, cuitas y relaciones diarias. Como Bobbie Ann Mason o, por supuesto, Raymond Carver, aunque sin esa aridez tan propias de ambos. Familia, amistad, parejas, retratadas en su cotidianidad. Y así se produce el vínculo, indeleble, con el lector.

Porque es muy probable que conozcas a alguien como los Jackson, siempre en movimiento, incapaces de echar raíces en ningún sitio, con infancias y adolescencias singulares. Apuesto a que sabes de parejas en crisis que se embarcaron en viajes con la «espada de Damocles» bajo sus cabezas o cuyas maternidades-paternidades son extenuantes. Quizás tu abuela —metomentodo, ácida e hilarantemente entrañable con sus sentencias de vitriolo contenido— se parece a la de Gemma. Seguro que podrías contar múltiples «batallitas» acerca de ese tío vuestro tan particular, ya fallecido, que siempre recordáis en las reuniones familiares. O, mucho me temo, habrás visto a tus padres —o a ti mism@— ser noqueados por duros momentos laborales, o, aún peor, sufrido enfermedades que te tocan de pleno y ante las que resulta aterrador lidiar. Y fijo que el tiempo y las circunstancias engulleron a algunos de esos amigos inseparables de la infancia. O se llevaron para siempre a tu querida mascota… En definitiva, no, no necesitas a Hollywood, ni sus grandilocuentes efectos especiales, ni las ridículas gafas 3D para encontrar grandes historias. Están ahí. Lo que es muy complicado de hallar es a una autora tan brillante, dotada de un talento privilegiado para trasladar al papel la magia que reside detrás de los acontecimientos mundanos, incluso la rutina, y los lugares comunes. Esa es Stephanie Vaughn.

Destacar un relato por encima de otro resulta una tarea titánica en Alfa, Bravo, Charlie, Delta. Todos son excelentes y en cada uno de ellos hay momentos, escenas, de sencilla, reveladora y desarmante perfección, esculpidos en frases tan precisas como vivas. Quizás me decanto por aquellos en los que el drama, incluso la tragedia, asoma con claridad y, no obstante, jamás anega el cuento. Como el titular, encargado de abrir el libro, situar a la familia Jackson ante nuestros ojos, dibujar con implacable sutileza la compleja existencia del padre y, sobre todo, la relación con su hija, que está viendo a su héroe desmoronarse. O Mi madre exhala luz, introduciendo con lucidez el humor y el absurdo de la extrema confusión que produce el miedo a la enfermedad, al que me atrevo a situar a la altura del memorable Gente así es la única que hay por aquí: farfullar canónico en oncología pediátrica de la gran Lorrie Moore. Y, por supuesto, El paraíso de los perros, tan hermoso y poderoso desde la primera, increíble frase —«De vez en cuando vuelvo a la imaginación de ese perro muerto»— que va directo al canon personal de mejores relatos de un servidor. Y si no me creéis a mí, podéis fiaros de uno de los más grandes en el arte de escribir ficción breve, Tobias Wolff, probablemente el fan declarado más célebre de Vaughn y alguien con no pocos elementos en común con ella, que no dudó en leer y comentar el cuento para el New Yorker aquí el enlace. Y así podría continuar hasta enumerar los diez relatos que componen Alfa, Bravo, Charlie, Delta. Porque estamos ante una obra maestra.

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