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Al final de la mañana, Michael Frayn (Impedimenta, 2018)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Humor británico entre máquinas de escribir y pintas de pub. Eso es lo que nos propone la imprescindible Impedimenta en Al final de la mañana, una de sus más recientes publicaciones, a cargo del laureado novelista y dramaturgo londinense Michael Frayn. Una socarrona, aunque no por ello exenta de «cargas de profundidad», novela acerca de unos periodistas capitalinos sumidos en una peculiar, aletargada vorágine de artículos, reportajes… y cuitas existenciales tan divertidas como terrenales. Y muy reconocibles.

Inédito hasta la fecha en nuestro país, Frayn nació en «la City» en 1933 y, tras estudiar filosofía, durante los años sesenta se labraría una carrera periodística en el Guardian y el Observer como reportero y fino columnista satírico, al mismo tiempo que iniciaba su trayectoria como autor. Polifacético —se le considera uno de los mejores traductores del ruso al inglés, «habiéndoselas visto» con Tolstói y Chéjov— y prolífico, en su vasta obra como dramaturgo destacan obras como la celebérrima Qué desastre de función —siempre en los rankings de mejores comedias de todos los tiempos— o Copenhague —Premio Tony a la Mejor Obra en el 2000—, mientras que algunas de sus novelas más populares, junto a esta Al final de la mañana que nos ocupa, son The Tin Men —ganadora del Premio Somerset Maugham—, Una vida muy privada, La trampa maestra —finalista del Premio Booker— o Juego de espías —Premio Whitbread de novela—.

Publicada originalmente en 1967, Al final de la mañana nos sitúa en la mítica Fleet Street, calle dickensiana, también de Sweeney Todd y, por encima de todo, de los periodistas. Pero en vez del glamour y la efervescencia del lugar que una vez fue el «epicentro de la actualidad», —en su época de plena ebullición durante el siglo pasado en el libro—, lo que tenemos es la planta más peculiar de la redacción de un indeterminado diario. Una sumida en una especie de sopor permanente —somnolencia a la que contribuyen decisivamente las cervezas con las que se riegan las extendidas pausas en el bar—, y rutinariamente ocupada en secciones tan «estimulantes» como los crucigramas, las disquisiciones religiosas o la vida campestre. El «hábitat» de nuestros dos inolvidables protagonistas, en una suerte de reverso urbanita y más reposado de la gran ¡Noticia bomba! de Evelyn Waugh.

Porque entre esas cuatro paredes nos encontramos con John Dyson, un granado, locuaz y algo —bastante— cascarrabias editor jefe, evidentemente frustrado con una carrera que no avanza y una vida doméstica menos elevada de lo esperado —un conformista matrimonio con dos hijos con quienes no empatiza en una barriada que nunca será hip—, pero con demasiadas ínfulas y mundanos delirios de grandeza acerca de una fama y un prestigio social que asegura inminente para reconocerlo. Y junto a él, su subalterno Bob, algo así como la reencarnación redactora y siglo XX del Bartleby de Melville. Un joven con una ligerísima pátina de artista e idealismo —otro «estupendo» escritor que aún no ha escrito nada—, pero con un miedo patológico a dar cualquier paso, ya sea en el terreno laboral o en el sentimental, como para intentar realizar sus sueños… o simplemente tomar las riendas de su vida. Procrastinación, monotonía y plañiderismo para dos personajes redondos, extraordinariamente certeros en su desesperante humanidad, absolutos pilares de Al final de la mañana.

La vida parece seguir su predecible curso para Dyson y Bob hasta que una sucesión de hechos y oportunidades tienen lugar. Al primero se le invita a participar en una tertulia de la BBC sobre el conflicto racial, despertando todo su ego… al igual que sus nervios y tribulaciones. Mientras que al segundo se le presenta en casa Tessa, su obnubilada y bisoña novia —aunque a medida que avanza la novela el lector descubrirá que la inexperiencia y la escasa autoestima no significan falta de lucidez—. Si a ello le añadimos «las batallitas» del anciano y achacoso compañero de oficina Eddy Moulton, el avinagrado editor de imágenes Mounce, o su esposa, casera y acosadora —lo que hace el aburrimiento— de Bob. O el ambicioso becario, hipster a más no poder, Erskine Morris, dispuesto a dinamitar la tranquila existencia del dúo protagonista, el resultado está claro. Tenemos un vodevil literario «regado» con generosa flema británica, ante nuestros ojos.

Pese a que Frayn no desarrolla todo el potencial de algunos de sus secundarios, particularmente en los casos de Jannie, esposa de Dyson y, sobre todo Tessa, que merecía mucho más, Al final de la mañana fluye con admirable ligereza y constante comicidad —fielmente traducido al castellano por la escritora Olalla García—, apuntalado en diálogos de pura y «cachazosa» causticidad. Hay momentos realmente hilarantes, especialmente los protagonizados —mejor dicho, sufridos— por el pobre Dyson, como el descacharrante debate en el programa El ángulo humano sobre la «fascinante» cuestión racial, que uno podría perfectamente imaginar como inacabable sketch de los Monty Python. O como ese viaje por los aeropuertos de media Europa cortesía de Viajes Alfombra Mágica —inolvidable el asistente Starlite—. Pero incluso en ellos, Frayn está usando el humor como recurso para hablar al lector de un descontento vital que llega a tornarse angustia existencial.

De este modo, entre risas y una trama liviana, aparentemente trivial, el londinense está relatando todo tipo de neurosis sociales, ambiciones infundadas, difícilmente realizables, acerca del estatus y la clase social, «sacar» mortificantes parálisis que conllevan tremendas frustraciones. El trasfondo de Al final de la mañana es más amargo, revelador y, lo que resulta más punzante, familiar, de lo que uno podía vislumbrar al adrentrarse en las medrosas vidas de Dyson, Bob y compañía. Y ahí reside el mayor mérito de Frayn, ser capaz de reflejar los sinsabores y conflictos humanos al mismo tiempo que logra sacar una sonrisa al lector  ¿Además, contar la verdad no era precisamente el objetivo del periodismo?

Al final de la mañana, Michael Frayn

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