La trinchera infinita

La mirada

En una metáfora perfecta del fascismo, Higinio (Antonio de la Torre) debe ocultarse en un hueco en su propia casa, tras perder su bando la Guerra Civil. Oculto, no podrá salir a la calle, ni asomarse por la puerta o la ventana, ni hablar demasiado alto con su mujer, Rosa (Belén Cuesta). Se verá obligado a dejar de existir, privado de todas sus libertades. La trinchera infinita nos cuenta de forma sorprendente y magnífica cómo se puede alargar esa situación imposible.

Sabiamente narrada por sus tres directores, Aitor ArregiJon Garaño -responsables estos de Handia (2017)- y Jose Mari Goenaga, la película pasa del drama histórico al thriller, con momentos de muchísima tensión cuando el escondite de Higinio corre peligro de ser descubierto. Es, además, un estudio profundo de sus personajes, del amor y las relaciones de pareja, una reflexión sobre el paso del tiempo, sobre la política y la lucha ideológica. En definitiva, una reflexión sobre la vida, claro. Es la historia de España vista desde una ventana con las cortinas cerradas, desde una puerta entreabierta. Con un trabajo impresionante de sus protagonistas -De la Torre y Cuesta estarán en los Goya- el desarrollo de sus personajes es interesantísimo, por lo humano y lo poco idealizado: son personas normales, con defectos y debilidades, ante una situación extraordinaria que les afecta y les cambia. Sobre Higinio planea una duda que sitúa la historia en una zona moralmente gris, tan incómoda como digna de aplauso, que evita que hablemos de ‘buenos’ y ‘malos’.

La reflexión en La trinchera infinita sobre si vale la pena o no sacrificarse por una idea, es probablemente necesaria en los tiempos que corren. Su última imagen, el contraplano de toda la película, desde el rencor y la penumbra, es de los mejores finales que he visto. Emotiva, terrorífica, muy entretenida y con la capacidad de hacer pensar al espectador, probablemente sea la cinta española del año.