Joker

Tiempos modernos

En 1936, Charlie Chaplin -gran autor que alguno critica por ser, supuestamente, ‘sensiblero’- hacía reír a golpe de gags perfectos, y al mismo tiempo dibujaba una devastadora crítica del capitalismo, en la obra maestra Tiempos Modernos.

Chaplin, cuyo personaje del vagabundo fue siempre perseguido por la policía, proponía en ella varias formas de opresión: la alienación laboral consecuencia de la revolución industrial, el alcohol, las drogas, y por supuesto la cárcel, donde acaban los buscavidas que se atreven a rebelarse contra su condición de pobres.

Poco después de Tiempos Modernos, en 1939, nacía Batman -creado por Bob Kane y Bill Finger– siguiendo la estela de Superman, pero oscureciendo su labor justiciera. Si el hombre de acero luchaba por los oprimidos, el caballero oscuro, en misión de venganza, hacía pagar caro a los criminales a pie de calle. Nadie pensó nunca que aquellos primeros enemigos de Batman podían ser también víctimas de las circunstancias, pobres excluidos sin otra opción que dedicarse al crimen. El héroe de Gotham representaba el bien y sus contrincantes, el mal. Que Todd Phillips cite -en 2019- el film de Chaplin en Joker -ganadora del Festival de Venecia y, digámoslo ya, una de las películas del año- no puede ser solo un capricho cinéfilo.

Veamos. La película protagonizada por el conflictivo Arthur Fleck, un Joaquin Phoenix desbordante en la interpretación del año, plantea un relato superheroico en toda regla, pero despojado de su superhéroe. Esto nos deja tan desorientados como cuando Hitchcock mató a Janet Leight en Psicosis (1960) obligándonos a identificarnos con Norman Bates.

Para sostener su historia, Phillips roba de Martin Scorsese y convierte a su protagonista en un cruce entre el torturado Travis Bickle de Taxi Driver (1976) -hay varios guiños muy evidentes- y el fantasioso Rupert Pupkin de El rey de la comedia (1982), cuyo clímax prácticamente recrea esta cinta. Esta operación queda legitimada por la presencia de Robert De Niro, como el cómico Murray Franklin, que parece una extensión amarga del mencionado Pupkin.

Este presentador de un ficticio Late Night representa aquí el status quo, el sistema, la comedia blanca despojada de cualquier elemento desestabilizador que además impone lo que es ‘normal’, lo aceptado, y se ríe de todo lo marginal, lo raro, lo diferente. Se ríe el otro. Justo lo contrario de Tiempos Modernos.

Todd Phillips, que de comedia algo sabe -dirigió la exitosa Resacón en las Vegas (2009)- traza en Joker la fina línea entre drama y risa: la que desarrolla Phoenix para su personaje es todo un hallazgo y resulta verdaderamente perturbadora. Y no es casualidad tampoco que se recree en la película el escenario del Late Night para una entrevista incómoda en el momento clave del argumento: buscad en YouTube la que ofreció el propio Phoenix a David Letterman cuando intentaba reírse de todos con el falso documental I´m Still Here (2010).

Además de todo esto, Joker establece un sorprendente diálogo con el mito de Batman. Si en el cine hemos visto casi siempre al Bruce Wayne más ‘de derechas’ según la interpretación de Frank Miller, Phillips se fija más en el antisistema de Alan Moore -autor de la obra cumbre Watchmen– inspirándose en el origen del payaso del crimen narrado en el álbum La broma asesina, pero también sacando ideas de la provocadora V de Vendetta.

Así, Phillips crea un relato rabioso en el que es fácil ver al Joker como un líder revolucionario. Nada más lejos de la verdad: en un momento de la película, Arthur Fleck confiesa que no cree en nada. Su ascensión como símbolo -en una soberbia escena en el metro- debería leerse igual que cuando el vagabundo Charlot se apuntaba por error a una protesta proletaria en una secuencia magistral de Tiempos Modernos -y aunque Chaplin fuese acusado más tarde de comunista-. Este Joker sigue, en realidad, la línea del villano planteado por Christopher Nolan e interpretado por el recordado Heath Ledger: un agente del caos cuyo objetivo es poner a prueba al héroe -es decir, al sistema-.

Por lo tanto, lo que nos dice realmente Phillips con su película es bastante antipático: que como sociedad no merecemos a un héroe salvador como Batman, sino a un psicópata asesino como el Joker.